El maestro Walfredo Piñera

Por: Armando Núñez Chiong

Gustavo Andujar, Emilio Moscoso (Perú), Card. Jaime Ortega, Walfredo Piñera, Robert Molhant (Bélgica, Secretario General de SIGNIS en el 2002), Joaquín Estrada-Montalván, Gina Preval Fotos/Blog Gaspar, El Lugareño
Gustavo Andujar, Emilio Moscoso (Perú), Card. Jaime Ortega, Walfredo Piñera, Robert Molhant (Bélgica, Secretario General de SIGNIS en el 2002), Joaquín Estrada-Montalván, Gina Preval Fotos/Blog Gaspar, El Lugareño

Sirva este texto todo como merecido homenaje a Carlos León y Gina Preval.

 

Si en algo había consenso entre el heterogéneo grupo de cinéfilos que integraban la Oficina Católica Internacional de Cine (OCIC, hoy parte de Signis) a mediados de los años noventa del siglo pasado, era en llamar maestro a Walfredo Piñera.

El colectivo (Raúl Rodríguez, Caridad Abascal, Pablo Ramos, Rosa Notario, Mayra Taty Álvarez, Caridad Cumaná, Gladys Castresana, Carmen Rivero, Concepción Conchita Valdés, Carlos León, Alberto Ramos, Oscar Alonso, Jorge Villa, Francisco Paquito Yagües…), apoyado por Arístides O′Farrill y dirigido por Gustavo Andújar, junto a Gina Preval –esta última como presidenta de honor– sabía que, por la confianza que inspiraba, el viejo era algo así como un talismán y un sello de autenticidad.

Podíamos atrevernos, porque él venía de andar largos y tortuosos caminos, siempre leal a su brújula: desde hacía tiempo era el decano de la crítica cinematográfica en Cuba, con inalterable fe cristiana. Tener su aprobación –como la de Gina– era garantía de que lo que estuviéramos haciendo andaba bien encauzado.

Por entonces, Walfredo estaba recién jubilado de la Universidad de La Habana, donde había trabajado durante veintiocho años como especialista cinematográfico, primero en el Departamento de Medios Audiovisuales (1965-1977) y más tarde en la Dirección de Extensión Universitaria (1977-1993).

Antes había puesto sus conocimientos de cine al servicio del Departamento de Bellas Artes del Municipio de La Habana y –desde mediados de los cincuenta– de la División Industrial del Banco de Fomento Agrícola e Industrial de Cuba (BANFAIC).

A nosotros, o a algunos de nosotros, lo que más nos encandilaba era su itinerario periodístico, la forma escrita que le había dado a sus conocimientos y los sitios en que había publicado. Aquel hombre venía de mostrar armas en El País-Excélsior (1951); de apagar fuegos en La Quincena (1960-1961); de dirigir Cine Guía en momentos difíciles para la Iglesia (1960-1961)…

Sobre todo, él había sido crítico de teatro y cine en el Diario de la Marina, entre 1952 y 1960. Es decir, de una publicación muy conservadora, hispanófila, a veces errática… y todo lo que se quiera, pero también uno de los paradigmas del periodismo en Cuba, con una larga hoja de servicios a la cultura de la Isla.

Más de una vez algunos de nosotros le escuchamos narrar sus recuerdos de los últimos días del Diario…, y era fascinante oírle historias donde tirios y troyanos se comportaban como uno sabe que lo hacen en la vida misma, y no en versiones plagadas de sesgos y compromisos… de todos los colores.

Hablaba con orgullo de su aprendizaje allí, al pie del cañón, con la guía de otro gran periodista cubano: Francisco Ichazo. Y se nos antojaba que de alguna manera Walfredo nos estaba “conectando” así con nombres emblemáticos de la prensa –y la vanguardia literaria– cubana.

Era el mismo orgullo que sentíamos al coincidir en algún evento o proyecto de trabajo con aquel maestro del periodismo que fue Juan Emilio Friguls, también católico. Fueron amigos; Dios había querido que ambos, Friguls y Piñera, mostraran su obra y su fe, como una insignia, en aquellos finales del siglo xx cubano. Y a José Manuel Valdés Rodríguez siempre lo consideró el hombre que lo había encaminado en los secretos del cine.

Muchas de las páginas que escribió están aún por recoger en libros. Algunas de sus mejores ideas las volcó en ensayos –él hubiera preferido llamarlas artículos de fondo– que entregó a Ecos, publicación de Signis que confió siempre en su mirada crítica.

Afortunadamente, una iniciativa de OCIC-Mundial, interesada en divulgar los logros de diversas cinematografías, permitió que hoy contemos con una versión historiográfica de nuestro cine, que Walfredo escribió junto a Caridad Cumaná: Mirada al cine cubano, de 1999. Haber asistido a aquel parto como editor, me convenció de toda su sabiduría y la lucidez que aún le acompañaba.

Un rasgo menos conocido del veterano especialista fue su entusiasmo con el ecumenismo. Resultó una grata sorpresa “descubrirlo”, por aquellos mismos años, en un evento realizado en la Primera Iglesia Presbiteriana Reformada de La Habana, y además constatar que allí estaba como el pez en el agua, rodeado de viejos conocidos.

Luego corroboramos su experiencia al respecto, cuando nos invitó (a Eduardo Mesa y a un servidor) a una jornada de tres días para analizar el impacto de la visita a Cuba de su santidad Juan Pablo II, celebrada en la filial cardenense del Seminario Evangélico de Teología de Matanzas. Allí había también estudiosos de instituciones gubernamentales. En medio de un clima de absoluto respeto, Walfredo se mostró como un hombre firme en su fe, pero convencido del poder que tenían la reflexión y el diálogo.

Fue aquella, una de las tantas experiencias que nos dejaron la convicción de que el maestro fue un hombre que apuntó –apostó– siempre al futuro.

Por eso el segmento seleccionado para cerrar esta evocación habla precisamente de futuro. Se trata de dos párrafos tomados de la introducción que él colocó al inicio de su mencionado libro. Allí, después de realizar un lúcido diagnóstico de lo que sucedía con el cine nacional hacia finales de los años noventa, Walfredo Piñera se atrevía a recomendar temas e ideas que seguramente el lector familiarizado con la producción cinematográfica del siglo xxi cubano reconocerá como acertadas, e incluso vigentes:

“Un inmenso abanico tiene ante sí el cine cubano, en la delicada coyuntura histórica que estamos enfrentando. En la perspectiva de las futuras realizaciones –generalmente apoyadas en la coproducción– surgirán películas de la más diversa índole. Pero tendrán particular significación las que continúen en el camino abierto por los filmes que han trascendido nuestras fronteras, y entre otras cosas, han justificado el interés de la OCIC por conocer y divulgar nuestro pasado cinematográfico. En esas películas los espectadores verán reflejados nuestros afanes, tristezas y alegrías. Los problemas de la juventud cubana, los traumas derivados de la emigración, el análisis de las contradicciones generacionales… son canteras fructíferas de temas abordables y de potencial rentabilidad, siempre que se les trate espontáneamente y sin prejuicios. En particular, considero importante la aparición de filmes relacionados con el imprescindible reencuentro, y con la reconciliación de la gran familia cubana.

”Tal es mi deseo, a las puertas del tercer milenio, luego de tantos años y vivencias, casi todas fruto de una pasión cinematográfica raigalmente fundida al amor patrio y a la fe cristiana”.1

 

Nota

1 Walfredo Piñera y Caridad Cumaná: Mirada al cine cubano, Bruselas, Ed. OCIC, 1999, p. 19.

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