Tradición mariana occidental (sigloXIII) II

Por: hermano Jesús Bayo Mayor, FMS

virgen-maria

Vimos anteriormente la doctrina mariana de algunos santos emblemáticos del siglo xiii, pertenecientes a las corrientes espirituales principales de la época: san Francisco, santo Domingo, san Antonio de Padua, Alejandro de Hales y san Alberto Magno. A continuación, presentaremos algunos discípulos destacados de aquellos maestros, fieles representantes de la teología escolástica: santo Tomás de Aquino, san Buenaventura de Bagnoregio y el beato Juan Duns Scoto. En ellos podemos encontrar el fruto maduro de la mariología medieval, cuyos aportes incidieron en la ulterior elaboración de los dogmas marianos, en la espiritualidad cristiana y en la devoción popular.

Santo Tomás de Aquino, Doctor Angélico

Tomás de Aquino nació en Roccasecca, Italia, en 1224/1225, y murió en la abadía de Fossanova, el 7 de marzo de 1274. Es el gran filósofo y teólogo de la escolástica en el siglo xiii. Perteneció a la Orden de Predicadores y es conocido como Doctor Angélico, Doctor Común y Doctor de la Humanidad. Fue canonizado en el año 1323, declarado doctor de la Iglesia en 1567 por el Papa Pío V, y declarado patrón de las universidades católicas y de los centros de estudio superior. Su fiesta litúrgica se celebra el 28 de enero.
Sus obras más conocidas son los Comentarios a las Sentencias de Pedro Lombardo (compendio de filosofía escolástica), Suma Teológica (compendio de teología cristiana) y Suma contra gentiles (apología filosófica de la fe cristiana). También escribió muchos sermones y comentarios bíblicos.
La mariología tomista es eminentemente cristológica y trinitaria. El punto central de la doctrina mariana de santo Tomás es su maternidad divina (María, Dei Genitrix). De este dogma derivan su eminente dignidad, sus gracias abundantes y sus grandes privilegios. Todo el pueblo contempló que ella dio a luz al Salvador; las palabras del ángel Gabriel lo confirman cuando dice a José que ha concebido del Espíritu Santo; y el profeta Isaías lo anuncia: “He aquí que la Virgen concebirá y dará a luz un hijo” (Is 7.14).
La maternidad divina guarda estrecha relación con el misterio de la redención. El Verbo se encarnó en el seno de una virgen por obra del Espíritu Santo, sin colaboración de varón. “Dios envió a su hijo al mundo nacido de mujer” (Gal 4.4). La naturaleza humana de Cristo existe unida inseparablemente a la naturaleza del Verbo divino.
Por su maternidad divina, María está unida a la Santísima Trinidad. Con razón el arcángel Gabriel le dice: “Llena de Gracia, colmada de santidad divina por la misericordia y el amor de Dios”. Por eso la Iglesia le saluda como “Madre de la divina Gracia”. No significa esto que María sea la fuente de la gracia, que solo nos viene del Padre, por Cristo, en el Espíritu Santo. Pero podemos deducir que, si la gracia divina ha sido derramada en nuestros corazones por el Espíritu, cuánto más plenamente sería colmada María del divino Amor (cf. Rn 5.5). En esto radica también la dignidad y la santidad de la Madre de Dios: en función del Hijo y por obra del Espíritu Santo.
La santidad de María, según santo Tomás, requiere ausencia de pecado. En sus escritos el Doctor Angélico defiende la redención universal de Cristo. Este argumento básico le impidió sostener, como era común en su tiempo, la exención de María del pecado original y su inmaculada concepción. Reconoce que como hija de Adán estuvo sometida a la ley del pecado, pero que, como Madre de Dios, nada tuvo que ver con el pecado. Salva el escollo contradictorio reconociendo una purificación peculiar antes de nacer y una santificación extraordinaria antes de concebir al Redentor, pero no considera una redención preventiva, como después propondrá Duns Escoto. Santo Tomás subraya la necesidad que ella tuvo de redención por pertenecer a nuestra raza.
Santo Tomás defiende la virginidad perpetua de la Madre de Dios (Dei Genitrix et Semper Virgo). Jesús es el hijo de María: el Hijo de Dios es hijo de la Virgen. La Madre siempre Virgen concibe y da a luz al Salvador, el Hijo de Dios. Era menester el seno inviolable de María para que germinase la flor y el fruto redentor. “Saldrá un renuevo de la vara de Jesé, y una flor nacerá de su raíz, y sobre esta flor reposará el Espíritu del Señor” (Is 11.1). La Madre-Virgen en razón del Padre eterno que engendra al Hijo, en razón del Verbo que existía antes del tiempo, en razón de la santa humanidad de Cristo, el Cordero inmaculado que quita el pecado del mundo; en razón del misterio de la encarnación, por el cual Dios se hace hombre para que lleguemos a ser hijos de Dios.
En relación con los dogmas de la Inmaculada y de la Asunción, santo Tomás de Aquino sigue la tradición teológica de su tiempo y la celebración de la liturgia. Si María es toda santa y llena de gracia, hemos de venerar su nombre. Si colaboró siempre con el Hijo en la obra de la salvación, con él reinará en la gloria eterna. Como en la Escritura no encuentra argumentos para estos dogmas, reconoce sencillamente la santidad de María y su presencia en la gloria junto al Hijo, aunque no llegue a explicar la exención del pecado original (dogma proclamado por Pío IX en 1854), ni se detenga a reconocer la asunción en cuerpo y alma de María a los cielos (dogma proclamado por Pío XII en 1950). No obstante, la santidad plena de María y su Tránsito al cielo junto al Hijo, eran misterios celebrados por la Iglesia relacionados con la redención de Cristo.

San Buenaventura, Doctor Seráfico

San Buenaventura de Bagnoregio es el nombre religioso que adoptó Giovanni de Fidanza cuando ingresó a la Orden de Frailes Menores. Nació en Bagnoregio, Italia, hacia 1217/1218/1221, y murió al concluir el segundo concilio de Lyon, el 15 de julio de 1274. Fue un teólogo y místico franciscano, ministro general de su Orden, obispo de Albano y cardenal que participó en la elección del Papa Gregorio X. Fue discípulo de Alejandro de Hales en la universidad de París. Sería proclamado doctor de la Iglesia por Sixto V en 1588 y es conocido como Doctor Seráfico.
Estudió y enseñó en París de 1248 a 1258. Fue elegido Ministro General en 1257 y procuró ser signo de unidad y caridad en medio de sus hermanos. También fue propuesto como arzobispo de York, privilegio que rechazó. Después debió aceptar la diócesis de Albano y fue nombrado cardenal. Participó en el concilio II de Lyon.
Su teología se inspira en san Agustín y es el correlato complementario de santo Tomás de Aquino, eminentemente aristotélico. El Doctor Seráfico acepta el uso de la filosofía y de la razón humana como caminos para conducir el alma a Dios. Fue un gran teólogo lleno de espiritualidad. Entre sus obras encontramos el Comentario sobre las Sentencias de Pedro Lombardo y el Itinerario del alma hacia Dios (sobre teología y mística). También escribió una Vida de san Francisco.
La mariología de san Buenaventura es de índole bíblica y cristológica para alimentar la devoción de los fieles hacia María, Madre del divino Salvador. Por eso le llama Madre de Cristo, cooperadora del Redentor, mediadora de todas las gracias que brotan de la redención de Cristo. Considera a María como Madre de Cristo Salvador porque colaboró libremente para que se realizara este misterio y por eso podemos decir que es “sacramento de salvación”. En este sentido se establece también una similitud de analogía con la Iglesia.1
A partir de este servicio en la obra de la redención junto al Hijo, se deriva la santidad de la Virgen-Madre y el culto que le corresponde. Ella está a nuestro lado y es de nuestra raza humana, pero por ser la Madre de Jesús es la criatura más cercana de Dios. Su maternidad divina la hace superior a los ángeles y a los hombres. Ella concibió a quien murió por la expiación de toda culpa, y por eso fue redimida antes del nacimiento del Redentor; única entre los hijos de Adán, concibió primero a Cristo en su corazón virginal y colaboró libremente en la encarnación del Verbo.
San Buenaventura sigue a san Anselmo y es favorable a la concepción inmaculada de María porque convenía que la Virgen-Madre fuese purísima y sin mancha de pecado. En consecuencia, defiende que María estuvo libre de la concupiscencia para concebir al Hijo de Dios sin corrupción alguna de pecado.
Siguiendo la escolástica tradicional de su tiempo, Buenaventura considera que solo Cristo estuvo exento de todo tipo de pecado. María no fue inmune al pecado original, sino que fue pre-santificada después de ser concebida en el seno de su madre, objeto de redención liberadora y no preservadora; también fue santificada en el momento de la concepción del Hijo, por lo cual el pecado original no le causó perjuicio, ni estuvo inclinada al pecado por la concupiscencia. María tampoco fue inmune al castigo del pecado, la muerte, sino que sufrió con Cristo por nuestra redención. Sin embargo, terminó aceptando la fiesta de la Inmaculada Concepción y la introdujo en la Orden Franciscana en 1269, cuando fue su ministro general.
Buenaventura considera la virginidad perfecta y perpetua de María como un privilegio singular, signo de santidad y de entrega exclusiva a Dios, como símbolo de las relaciones entre la Iglesia y Cristo.
El Doctor Seráfico defiende la intercesión de María ante Dios y la mediación ante Cristo porque concibió y dio a luz al Redentor. Siguiendo la tradición patrística, considera que lo mismo que Eva participó de la destrucción, así María participa de la construcción y de la nueva creación. Ve a María como protectora y bienhechora de la humanidad; su mediación de las gracias otorgadas por el Espíritu es superior a todos los santos intercesores. Por ello, es también madre y modelo de la Iglesia, y contribuye a su crecimiento con la distribución de gracias. Como Madre de todos los hombres, nos ayuda y orienta en nuestro caminar hacia la Patria celestial.

Beato Juan Duns Escoto, Doctor Sutil

John Duns Scotus nació en Duns, Escocia, en 1266 y murió en Colonia, Alemania, el 8 de noviembre de 1308. Fue un teólogo de la escuela franciscana que estudió en Oxford, Cambridge y París, donde también fue profesor. La sutileza de sus análisis le valió el título de Doctor Sutil. Es considerado santo y venerado como tal, sin mediar una canonización, pero el 20 de marzo de 1993, Juan Pablo II confirmó su culto como beato.
Como era costumbre en su época, enseñó y comentó las Sentencias de Pedro Lombardo. Como teólogo defendió la humanidad de Cristo. Después de enseñar varios años en la universidad de París debió trasladarse al Estudio franciscano Colonia, donde murió en 1308. Entre sus obras se distinguen: Ordinatio y Opus parisiense. Con gran sutiliza demuestra que el Primer Principio (Causa eficiente incausada), por su propia naturaleza está dotado no solo de inteligencia sino de voluntad, con lo cual la Creación no es un acto de necesidad metafísica, sino de plena libertad y amor divino. Considera que el entendimiento capta por abstracción lo universal, pero intuitivamente lo individual. Mantiene la prioridad de la voluntad sobre el entendimiento.
Tal vez, su aporte principal y más específico en la teología fue su argumentación a favor de la Inmaculada Concepción de María, basado en la redención preventiva de Cristo, quien siendo Dios pudo, quiso y lo hizo en favor de su Madre santísima.
Con relación a la maternidad divina de María, Duns Escoto, al igual que Buenaventura, sigue la tradición patrística y utiliza los mismos argumentos de los Padres contra Nestorio, para garantizar la unión hipostática (unidad de las dos naturalezas, humana y divina) en la única persona divina de Nuestro Dios y Señor Jesucristo. María concibe a Jesús, su Hijo, y se encarnó el Verbo, la segunda persona de la Trinidad. María participa en el misterio de la Encarnación y por eso es la Madre de Dios, el Verbo encarnado.
Duns Escoto realizó un gran aporte a la mariología en relación con la Inmaculada Concepción de María. La tradición patrística antigua y la teología medieval habían considerado que María era toda santa (panagía), pero nadie podía explicar que no fuese preservada inmune del pecado original. Sin embargo, a partir del siglo viii surgió en Oriente una fiesta para conmemorar la Concepción Santa y Pura de la Madre de Dios. Desde el siglo ix se difundió en Occidente la celebración de la fiesta en honor de la Purísima Concepción de María.
Desde la perspectiva teológica, san Juan Damasceno había defendido la liberación de María del pecado original, antes de su nacimiento, pero sin precisar el momento. San Anselmo consideraba que solo Cristo, el Redentor, estuvo libre del pecado original, por lo que hubo de ser concebido virginalmente por María. Se creía que por la pasión y la concupiscencia en la concepción, propia del acto sexual conyugal, se trasmitía el pecado original.
Los teólogos consideraban que María no estuvo exenta del pecado original en su concepción (por sus padres Joaquín y Ana), pero que fue liberada después de la concepción y antes de su nacimiento en previsión a los méritos de Cristo para ser la Madre de Dios. En general, los escolásticos del siglo xiii aceptaban esta doctrina, que permitía conciliar la redención universal de Cristo y la pertenencia de María a nuestra raza humana, sometida al pecado y necesitada de la redención. Los argumentos contra la Inmaculada Concepción se fundamentaban en tres principios: la concepción de un ser humano, dentro o fuera del matrimonio, obra de un hombre y una mujer, transmite a la prole el pecado original (teoría física); el ser humano llega a la existencia en pecado y después es redimido y santificado (teoría ontológica); el pecado original afecta a todo el género humano, y todos tienen necesidad de redención (redención universal).
Duns Escoto defendió la Inmaculada Concepción de María sin negar la redención universal de Cristo, por tratarse de una acción salvífica perfecta del único redentor, en previsión a la misión excepcional de María como Madre del Redentor. De este modo, el Doctor Sutil sembraba el germen para las futuras definiciones dogmáticas de la Inmaculada Concepción en 1854 y de la Asunción en 1950.
Sobre la base y argumentación de Duns Escoto prosiguió la reflexión franciscana que defendió hasta su proclamación los dogmas de la Inmaculada y de la Asunción, que se apoya en el argumento filosófico que destaca más la intuición, la voluntad y el afecto que la inteligencia y la abstracción para llegar al conocimiento de las verdades. Ω

Nota
1 Cf. F. Martínez Fresneda: Manual de teología franciscana, Madrid, 2004, pp. 272-285.

Deje su comentario

Comparta su respuesta

Su dirección de correo no será publicada.


*