Hoy y mañana de una pandemia (8)

Por: José Antonio Michelena y Yarelis Rico Hernández

El 2020, año bisiesto que comenzó un miércoles, estará marcado a fuego en la historia de la humanidad por la transmisión incontenible, hacia los cinco continentes, del virus SARS-CoV-2, causante de la Covid-19, propagación iniciada en China durante 2019.

La Covid-19 ha cobrado muchísimas vidas y puesto a prueba, en el manejo de la crisis, a gobiernos y estados de sociedades muy diversas: desde las más democráticas y abiertas, hasta las más autoritarias y cerradas.

Pero también nos ha puesto a prueba a nosotros, que estamos viviendo una experiencia inédita, inimaginada, y no sabemos con exactitud cuándo y cómo va a terminar esta pesadilla. Tampoco qué vendrá después que concluya.

Mucho se ha especulado al respecto, al punto de llegar a la (casi) saturación del tema, pero no por mirar hacia otro lado la pandemia dejará de estar ahí, como el dinosaurio de Monterroso. Cada día nos levantamos y acostamos junto a su sombra.

Como han hecho otras publicaciones, hemos querido consultar el parecer de un grupo de intelectuales, al que hemos sumado la opinión de algunos católicos, entre ellos sacerdotes, religiosas, religiosos y jóvenes laicos, para inquirir sobre sus experiencias particulares durante todo este tiempo, saber cómo lo han empleado, cómo han transcurrido sus días, qué piensan sobre este presente, y qué esperan del futuro, cómo lo imaginan.

 

DIOS ESPERA DE NOSOTROS Y CUENTA CON NOSOTROS

Sor Nadieska Almeida Miguel (Hija de la Caridad)Sor Nadieska Almeida Miguel (Hija de la Caridad)

Sor Nadieska, ¿cómo ha vivido estos meses de encierro?

“Es muy fuerte cuando pronuncias o escuchas la palabra encierro. Aunque es una realidad, me resulta difícil el término, pero creo que aún no he escuchado otro mejor. Muchos prefieren llamarle protección, estar  al  cuidado, a mí me gustaría decir ‘en casa con otros’ o ‘al abrigo y abrigando’. Creo que como muchos he experimentado la sensación de tener sentimientos encontrados: protección, inseguridad, miedos, deseos de riesgo, sensación de comodidad, llamada a salir de mí misma, Iglesia en casa, gritos de mi pueblo…

”Ha sido tocar el límite humano, experimentar el ‘no podemos’. Es algo que no está en nuestras manos y sientes con fuerza la fragilidad, la pequeñez  y a la vez la confianza, la  llamada fuerte al abandono en sus manos, porque ÉL y solo ÉL puede ‘convertir el agua en vino’. Solo Jesús puede sacar bien de todo esto, y desde esa mirada de fe, nosotros, seres humanos, creyentes o no, podemos intentar Ver qué tenemos que hacer, qué aprender, qué revisar y qué comenzar.

”Ha sido posible retomar lo que es esencial en mi vida dejando pasar lo que no es imprescindible, lo que no me plenifica como consagrada y buscando abrazar lo mejor y lo peor que me habita, acogiendo también lo mejor y lo peor que habita en  esta realidad.

”Como mujer de fe puedo respirar y creer que hay un algo nuevo gestándose por debajo de esta realidad y espera a que llegue el momento preciso para brotar. En palabras del apóstol Pedro: ‘Nosotros, confiados en la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva, donde habite la justicia’  (2Pe 3,12ss). Vivo convencida de que Dios tiene una nueva palabra para todos, y se irá develando poco a poco, y prefiero atreverme a usar un pequeño fragmento del salmo de un sacerdote jesuita, amigo, que recoge mi sentir: ‘(…) Tú eres el Señor de la justa cercanía, del sacramento necesario que nos permite irnos haciendo, sin tanto frío y noche que quede crudo nuestro barro, ni tanto sol y mediodía que tu fuego nos calcine’” (Benjamín González Buelta).

¿Le ha sacado provecho a esta etapa de aislamiento físico?

“Sí, en dos vertientes. La primera ha sido detenerme a pensar más, a rezar insistente y confiadamente. Creo que este ha sido un tiempo de encuentro profundo conmigo misma y con Dios, de una manera diferente. Paradójicamente, el ir hacia dentro de ti misma, te capacita para sacarte de ti y poner la vida junto a otros. Buscando maneras creativas de llegar a los demás, he descubierto otros modos de comunicación y expresiones de cercanía. En verdad también he tenido la posibilidad de vivir una vez más este regalo de ‘intercongregacionalidad’ que se da en nuestra vida de consagrados, he podido acercarme a algunas congregaciones para compartir algo de alimentos o medicinas, que otros, a su vez, me han compartido.

”Para mí ha sido una gran inquietud las comunidades que tienen miembros mayores. Si algo he aprendido en mi vida de Hija de la Caridad es el respeto hacia ellos, porque han dado su vida aquí, sean cubanos o no, han dado todo por Dios y por este pueblo nuestro del que formamos parte. Hoy nos toca salir al paso y protegerlos como podamos y con los recursos que tenemos. He disfrutado mucho en cada visita, todas desde los portales y con las protecciones posibles; en cada una he recibido una bendición, una gratitud, una promesa de oración y, sobre todo, en mi corazón quedan grabadas sonrisas que expresan la seguridad porque estamos con ellos, y no se sienten olvidados ni desprotegidos. Pero  lo más hermoso de esto es el regalo de trabajar con otros, y eso es una bendición que disfruto y me hace mucho bien. Y en este tiempo también ha sido posible.

”Hemos podido  re-crear modos de ser familia comunitaria, ser hermanas. Parar algunas cosas y cuestionar el sentido de otras a nivel personal, comunitario, eclesial, social. Clarificar llamadas o al menos descubrir qué se impone buscar, preguntarnos por dónde vamos a continuar y de qué modo. Sentirme parte de una Iglesia que busca maneras de mantener la comunión, oración, presencia, a través de cada uno de sus agentes”.

¿Hay alguna conclusión que haya hecho, en términos existenciales, que quiera compartir?

“Confirmo como certeza interior, mi pequeñez y la dependencia de Dios conjugada con la experiencia de un Dios que asume toda mi fragilidad, la nuestra, la de todos… Ese Dios que está también con hambre, en las colas…, que se resiste a la inexpresión de sus derechos, porque está en cada ser humano, especialmente en los más débiles o ignorados, un Dios grande que cree en nosotros, espera de nosotros y cuenta con nosotros. Confirmo, además, la necesidad profunda de alimentarme del encuentro con Jesucristo cada vez más, encuentro que sostiene mi vida y la de otros también.

”He concluido que somos una humanidad necesitada y con la que Dios cuenta, aunque hay realidades que olvidan a muchos (nosotros mismos tristemente olvidamos a muchos). Que hay un modo de comunicación, comunión, presencia y abrazo que nada ni nadie nos lo puede quitar. Que dejar brotar lo mejor o lo peor es decisión personal y que solo en la medida que tomemos conciencia de ello podremos construir un mundo y una Cuba mejor, entre todos y para todos. Que nuestra Voz como Iglesia, tiene peso, y no podemos ni debemos callar. Siento un grito inmenso que emerge de la vida de muchos hermanos nuestros y no pueden hacerse oír, ellos tienen el derecho de que su voz se oiga a través de la nuestra, de los que sí pueden alzarla, porque creo firmemente que el camino es con otros, solos no podemos. Y es momento urgente de discernir, de preguntar a  Dios y a los que tienen ‘poder para decidir’ por dónde y cómo podemos mirar  y soñar el futuro”.

¿Qué enseñanzas pudiera dejarnos, como seres sociales, este tiempo de aislamiento?

“Que lo fuerte y lo difícil, pero hermoso de la finitud, la fragilidad y la interdependencia, nos ayude a tomar conciencia de que la duración de la vida no está en nuestras manos. Que somos seres frágiles y necesitados. Que todos somos importantes y nadie es imprescindible. Que ante el límite y ante la experiencia del amor de Dios, no hay distinciones: todos somos igual de frágiles, igual amados. Que tenemos responsabilidad con la vida de mi hermano, quien sea, donde sea, y que estamos llamados a vivir la universalidad e interdependencia con todos. Que se puede estar muy cerca aunque no haya maneras físicas de estar. Que hay muchas situaciones que las veníamos incubando y esta realidad solo las ha hecho salir, les ha puesto nombre y rostro”.

¿Cómo avizora el futuro pospandemia?

“Ya es bueno de por sí pensar en el futuro, porque eso me lleva a soñar, a vislumbrar una salida. Felizmente me rehace mirar más allá de lo inmediato y lo que puedo humildemente sugerir para que ese futuro no sea volver a la normalidad, sino recomenzar como una nueva creación sintiéndonos co-creadores y no dueños.

”Creo que tenemos que vivir más como Jesús de Nazaret, Él es el camino, el único camino y de ahí podemos decir que es desde Él que podemos caminar hacia el amor de caridad que ha de ir abrazado de la verdad y la justicia.

”Dar y compartir  lo más grande que tenemos que es Jesús y su buena noticia, porque es lo que sostiene la Vida, lo que nos toca entregar y nos permite reconocerle en medio de nuestra realidad.

”Puedo pensar en un futuro para todos, velando por los que tienen menos, estando con ellos y ayudándolos a sostener su voz.

”Creo que es posible hacer camino con otros, donde cada uno aporte lo que puede y lo que le corresponde según su misión, responsabilidad, función, vocación.

”Creo que tenemos que hacer un camino de humildad, una Iglesia más parecida a la Iglesia primitiva, menos autorreferencial, quizás pudiendo menos pero con la fuerza de haber convivido con Él, de haberle visto Resucitado y apoyada en la fuerza del testimonio… Este tiempo nos ha permitido volver a Galilea. Ojalá que como creyentes sintamos la Fuerza del Espíritu y nos pongamos en Pie para retomar el camino en pos del Maestro”.

 

Sor Nadieska Almeida Miguel (Hija de la Caridad). Superiora de las Hijas de la Caridad en Cuba. Actualmente preside la Conferencia de Religiosos de Cuba (CONCUR). Es cubana y tiene veintiocho años de Vida Consagrada. Manifiesta sentirse feliz por “ser hija de esta Iglesia, de este pueblo, feliz de ser mujer y consagrada”.

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