La hora cero

Por: José Antonio Michelena

Me dicen que los salarios y jubilaciones serán multiplicados por cinco, y hasta tanto eso no suceda, los servicios y productos a la venta conservarán sus precios, pero la realidad que estoy viendo me dice otra cosa; a menos que esté viviendo en el futuro, el día cero ya está aquí.

Realmente el proceso hace rato que echó a andar. En los últimos siete, ocho meses de este año, en la medida que los productos iban escaseando, los precios se iban elevando; en la medida en que se agotaban, aparecían en otras manos, a costos cada vez más elevados.

A estas alturas, justo con el Día de los Fieles Difuntos, noviembre inició con un signo de interrogación gigantesco y nuestro débil invierno no acaba de llegar, quien encuentre un carretillero con un aguacate deberá pagarlo a 20, 25, 30 pesos; quien quiera comer pepino, deberá abonar no menos de seis pesos por libra. Y lo mismo le ocurrirá con la yuca, el boniato, la calabaza, el plátano, o la malanga. Y ni qué decir de la incapturable carne de cerdo, o los granos.

Para colmo, otros productos que siempre habían conservado su precio, como el pan, también han experimentado un alza, bajo otros ropajes. Por ejemplo, el popularmente llamado “desmayado”, que antes costaba a tres pesos la flauta, ahora reaparece con un tamaño un poco mayor, “con frutas”, al precio de siete pesos. Y el panecito que valía un peso, ahora cuesta 2,50 porque tiene guayaba.

Nos parece que todo ha llegado de repente, pero no, ha sido un proceso, y el dinero se nos va entre las manos, casi sin darnos cuenta. Quienes no somos “de gama alta” (la gran mayoría), cada vez podemos comprar menos, aun lo poco que hay en los mercados.

Por otra parte, como sucedió hace tres décadas, nuestros hogares expresan el rostro de la crisis, como metáfora perfecta: un día se nos funde un tubo de luz fría, luego otro, y otro, y no podemos sustituirlos, y nuestros casas van siendo más oscuras. Y un día se nos rompe un efecto electrodoméstico y tampoco podemos sustituirlo. Terminamos cocinando en ollas que ya casi no usábamos, para lo cual necesitamos más tiempo de cocción y gastamos más combustible.

Por mi casa pasa una anciana que cada vez veo más delgada, se ha vuelto casi traslúcida. Me duele ver a esa señora que no sé hasta cuándo tendrá fuerzas para andar, para resistir el durísimo reto de la existencia. Antes intercambiábamos algunas frases, pero ya sus palabras no obdedecen al presente, si no que parecen brotar de un pasado que le debe resultar más amable, quizás encontró allí una zona de confort que se le extravió en el tiempo.

Hace tres décadas nos hablaron de una posible opción cero, un regreso a la comunidad primitiva que nos haría abandonar las ciudades en busca de sustento en el medio rural. Ahora estamos esperando el día cero, cuando el dinero, los precios, las finanzas, la economía, el costo de la vida, sufrirán un cambio drástico.

La incertidumbre, los estados mentales, establecen paralelos entre ambos, la opción y el día, dos entidades que no se intersectan, si no que viajan así cercanos, a igual distancia, y ese denominador común, el cero, es lo que prevalece, lo que anula y borra, en ese punto, cualquier opción.

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