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Por: Daniel Céspedes Góngora

Rising Phoenix
Rising Phoenix

De las Olimpiadas surgen héroes. A las paralimpiadas van los héroes.

Xavi González

(Miembro del Comité Olímpico Internacional)

 

Al dúo creativo compuesto por el productor y director Ian Bonhôte (Blackout, 2009; Alleycats, 2016…) y al, sobre todo, guionista Peter Ettedgui (Vigo, 1998; Todo o nada, 2012; George Best: all by hymself, 2016…), les va muy bien. Con McQueen (2018) conformaron un documental biográfico, bien repleto de testimonios e imágenes, del afamado e influyente ídolo de la pantalla grande Steve McQueen. Se abarcó del hombre al actor y de éste al piloto de motocicletas y automóviles de carreras. Para el 2020 ambos vuelven a unirse y sorprenden con Rising Phoenix. Historia de los juegos paralímpicos, material que ya integra el catálogo de la impetuosa Netflix.

La notable visualidad de Rising Phoenix no desmerece sus propósitos ideoestéticos elementales. Por el contrario, la estética está en función de instruir, pero con el manifiesto objetivo de amenizar. El entretenimiento parte desde la seducción de la puesta en pantalla. Justamente su dramaturgia depende de cómo se han organizado las imágenes en el texto audiovisual. Qué poner primero y qué después es básico para cualquier película documental o de ficción.

Aquí resalta una finalidad estética preconcebida, que favorece mucho la ética de lo expuesto. Su estructura pudo iniciar con el frecuente contenido histórico, donde las imágenes de archivo acompañarían lo que los entrevistados van confesando. Esto es lo que acaso algunos esperaron. Sin embargo, los realizadores van a intercalar el peso de la Historia en un momento preciso: cuando la mayoría de los entrevistados (deportistas y organizadores de los juegos paralímpicos) han contado sus vivencias. De manera que se va de lo particular a lo general para lograr la cercanía inmediata del espectador; cercanía mediada por el impacto de lo que le cuentan y antes de lo que ve. La idea del documental está sustentada por su guion. Quizás desde el mismo se advertía el tipo de montaje buscado. Un montaje al parecer lineal y cronológico, cuando a decir verdad, se desea transcurra de manera sincrónica. Aunque el pasado determina el presente, este último es tan meritorio como el primero. No se extrañe entonces el orden circular: el punto de llegada es semejante al de origen. Ahora, tanto las historias de vida como los anales de los juegos paralímpicos cambiarán por completo la visión del espectador hacia estos acontecimientos de proeza humana cercanos a los Juegos Olímpicos, realizados cada cuatro años. Es importante que la hija del neurólogo Ludwig Guttmann, creador de los Juegos Paralímpicos en la Inglaterra de 1960, lo aclare en un momento: si bien han participado y participan personas con parálisis o paraplejía, el término paralímpico incluye el prefijo para, que viene del griego παρα y significa próximo o similar a los habituales Juegos Olímpicos. La adrenalina de uno y otro se comparte de igual forma o, tal vez los segundos, con mayores incidencias que los eventos iniciales.

El propio montaje representa con toda intención desafíos individuales: la violencia y el dolor, la discriminación y la aceptación, la trasformación y esa supervivencia avivada por la voluntad de superarse y motivar, con hazañas competitivas. Es el influjo hacia muchas personas para seguir adelante. Es el derecho a los regocijos de estar en y para el mundo.

Rising Phoenix reproduce lo que estos deportistas incorporan: esa suerte de alianza armónica con el avance médico y la tecnología. Bebe Vio, Ellie Cole, Jean-Baptiste Alaize, Matt Stutzman, Jonnie Peacock, Cui Zhe, Ryley Batt, Ntando Mahlangu y Tatyana McFadden son seres humanos repuestos física y espiritualmente. Son más que mujeres y hombres máquinas. Encarnan otro canon de belleza con el añadido del valor de la resistencia. ¿Hasta qué punto logran sacarle ventaja física y emocional a su discapacidad? Por eso asistimos a un trayecto de conjunto, donde no asoma la duda y menos la lástima. Bonhôte como Ettedgui son muy cuidadosos al respecto. No en balde, erigen retratos de modelos humanos inspiradores: “Todos somos superhéroes porque atravesamos sucesos trágicos. Todos vivimos algo que no nos dejó triunfar. Y ahí reside nuestra fortaleza. La vida es una pelea. Intentamos salvar al mundo”, dice uno de los entrevistados.

La armonía de las proporciones corporales para los griegos era fundamental. Sus estatuas lo evidencian, incluso aquellas que han sobrevivido con una privación (brazos, piernas…) al paso del tiempo. El arte cumplía en aquel tiempo otras funciones alejadas de la estética. El atleta desnudo, admirado en su entrega a las olimpiadas o el héroe que daría nombre a su ciudad y hasta el político valioso, eran esculpidos con miras a remarcar un orden de conocimiento asociado a la religión y a lo ético-existencial. El ser humano podía recordar a esos ejemplos de la cortesía o conquista civilizatoria. Era preciso estar al tanto del conocimiento de los límites personales. Pero excitar la audacia estaba a la orden del día. ¿Qué pensarían los antiguos griegos de estos atletas modernos? No creo pudieran imaginarse que cuanto enfrentó Demóstenes para llegar a ser el orador que fue, podía ser equiparado con lo que los atletas paralímpicos realizarían en nuestros días. El triunfo ha tenido muchas caras anónimas. He ahora la oportunidad de apreciar las de algunos de sus actuales protagonistas.

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