Loas a la ignorancia

Por: Antonio López Sánchez

Una buena parte de la población cubana todavía no accede de modo pleno y sistemático a las bondades y utilidades de la tecnología digital, cuyos precios siguen duros para muchos. De todas formas, incluso gota a gota, es perceptible un auge de la presencia criolla en los espacios utilitarios de la Internet y en sus predios de opinión y entretenimiento. Muchos asuntos derivan de esta presencia.

Un tema de permanente debate es la ortografía. Aunque en múltiples espacios se publican materiales audiovisuales o solo de audio, la comunicación por escrito sigue teniendo gran protagonismo en todo el entramado web. De ahí que los llamados a escribir bien, a expresarse del modo más correcto posible y hasta la existencia de sitios donde se muestran reglas ortográficas y palabras, verbos, conjugaciones y otras orientaciones, abundan en las redes.

Huelga decir que un idioma como el que compartimos, disfrutamos, o hasta sufren algunos, posee un nivel de complejidad muy elevado en no pocos de sus aspectos. Hasta los profesionales, y a este escriba no le avergüenza un ápice decirlo (todo lo contrario), necesitamos con frecuencia acudir al “mataburros” para aclarar un significado, afinar un sinónimo o ajustar la sintaxis y coherencia de una frase. Para quienes trabajamos de modo directo con la lengua castiza como herramienta y, en general, para todo el que se comunica por escrito a través de su idioma, resulta imprescindible tener un dominio, al menos elemental, de sus reglas principales. No se trata solo de respetar la profesión o a ese mismo idioma, sino de respetar al prójimo que nos lee.

Por eso me resultó muy llamativo un texto que vi en redes sociales. Una persona criticaba, con algo de exaltación y hasta agresividad, a quienes critican a su vez la mala ortografía de muchos usuarios de la web.

Por un lado, y a veces olvidamos eso en nuestro país, no todo el que escribe en un sitio de Internet tiene el suficiente nivel de instrucción. En Cuba, sin casi analfabetos y con una población que en buena medida supera el duodécimo grado escolar, debiera haber mucho mejor dominio del idioma. Sabido es que no lo hay, pero falta ortográfica más o menos, el común de los mortales se “defiende” y se comunica. No obstante, tanto aquí como en otros lugares, donde la educación tiene diferentes características a la criolla, hay todavía personas que acceden a las redes y por desgracia no tienen ni idea de lo que escriben.

Esto, por supuesto, no es motivo para burlas o para los crueles enconos que a veces vemos en determinadas páginas y comentarios. Sin embargo, tampoco es motivo de elogio. Mucho menos, en nombre de alguna extraña defensa o de esa bautizada como sensibilidad de cristal (esos personajes cuya sensibilidad resulta ofendida por todo y por todos en predios digitales), debe tomarse tal suceso como plataforma para criticar a los que escriben bien o a los que, de modo correcto y sin ofensas, llaman la atención sobre determinadas faltas ortográficas y errores. Por obra y gracia de esos raros vericuetos de pensamiento que a veces toman inusitada fuerza en las redes, ahora el saber es como una suerte de pecado y los instruidos son los equivocados. Estudiar está mal. Escribir bien es una petulancia y llamar al orden y buen uso del idioma resulta una impertinencia. Por ende, los ignorantes son una suerte de infelices a lo que debemos permitir cualquier desmán.

Porque, bajo esa égida, habría que empezar a perdonar también las horribles traducciones de algunos de los subtítulos de nuestra televisión (muchas veces generados por máquinas que hablan peor que Tarzán y que son incapaces de conjugar un verbo). Habría que permitir que los periodistas, y por mimetismo otros muchos después (presentadores, dirigentes, oradores ocasionales), sigan usando, hasta inventando, verbos inexistentes como “aperturar” o “intencionar” o los consabidos y gastados sintagmas referidos a la “dulce gramínea” o al “aromático grano”, entre otros. Así ya no solo se maltrata el idioma, sino el conocimiento y la inteligencia de los espectadores. Para no hablar de la posible influencia negativa al, aquí sí, infeliz ignorante que asume que, si lo dice la televisión, está bien dicho. Y lo aprenderá o repetirá mal.

No creo que ninguna ignorancia sea aplaudible, ni sea muestra de cualidades apreciables o deba generar respeto al que la sufra (hay que respetar al ser humano justo por ser, pero no por ser ignorante). No se sanan tales carencias criticando a los críticos, aunque sí la posible mala forma de criticar, y mucho menos haciendo loas a la falta de saber. De tal modo, de pronto el ignorante es entonces un pobre incomprendido por los crueles sabihondos altaneros y hay que perdonárselo todo.

Si bien muchas veces una persona sin instrucción no es culpable de sus limitaciones, también hoy hay diversos modos de articular un texto decente. No es tan complejo acudir al uso de los correctores digitales (que no tienen todas las soluciones, pero son un paliativo) o simplemente usar un diccionario. Si una persona escribe en las redes, algún dominio y acceso tiene a tales herramientas. Si es un profesional cuya labor impacta a miles o millones de personas, pues, que se supere o que expulsen al jefe que lo revisa antes de publicar.

El no saber, repetimos, no es motivo para burlarse o para humillar a otro ser humano, pero tampoco es motivo para el aplauso y la actitud en exceso indulgente hacia el que no sabe o agresiva hacia quien señala y corrige un desliz. No es, ni será nunca, elogiable la ignorancia. Ω

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