Palabras de agradecimientos de Lázaro Cánovas Amador

Por: diácono Lázaro Cánovas Amador

Palabras del recién ordenado diácono
Palabras del recién ordenado diácono

“Estén siempre alegres en el Señor” (Flp 4,4). Hoy es un día en el que les puedo asegurar que experimento sentimientos encontrados, pero estoy ciertamente alegre en el Señor y te doy gracias, Señor, por llamarme a servirte en la Iglesia, en tu Iglesia y confirmarme hoy tu llamada. Pero, sobre todo, doy gracias por tu paciencia conmigo, por animarme y ayudarme a sostener firme mi sí hasta hoy, seguro de que seguiré contando con tu presencia en mi vida para poderte decir sí hasta el final.

Gracias por hacerte presente en mi camino a través de tantas personas en mi proceso vocacional, mis dos obispos: el cardenal Jaime, quien me envió al Seminario y aun estando fuera nunca me cerró las puertas y al cardenal Juan por confiar en mí y por recibir hoy por su imposición de manos y oración el orden sagrado en el grado del diaconado.

Sacerdotes como el padre Ariel, que me ha acompañado en mi camino de crecimiento en la fe, me recibió en El Ángel como estudiante de la CUJAE y me envió al Seminario en el 2011 desde aquí, desde Los Pinos, con una fe más madura y probada. Otros sacerdotes como el padre Mario Delgado, el padre Pablo Álvarez, el padre Juan Carlos Fuentes, en especial, al padre Félix Hernández, a quien tengo mucho que agradecer y aún no he podido ni he sabido corresponder. También a monseñor Rodolfo, monseñor Polcari, padre Formoso, padre Yosvani, padre Israel y a todos mis sacerdotes, profesores, amigos y hermanos: padre Luciano, los padres Jorge Luis Gil y Pérez Soto, aquí presente. A usted, padre Dariel, tengo mucho que agradecerle, gracias a usted y al padre Rolando por animarme siempre.

A todos mis compañeros del seminario, hoy sacerdotes, gracias. Al padre Emilito que hoy está de aniversario de ordenación sacerdotal, Rubido, Kenny, Elixander, Eduardo.

En muchos diáconos también te hiciste presente en mi vida, Señor: Abraham, Máximo Orlando y Juan. Gracias, Juan, por el ejemplo de fe de tu familia y la de Leticia, mi madrina, a través de la cual me hice parte de tu familia.

Lejos de mi casa nunca permitiste que estuviera solo, Señor. Hiciste de tu Iglesia mi casa y de tus hijos, mi familia. Gracias a las familias aquí presentes: Verde-Valdés, Suaréz-Jáuregui, Mejías-Pérez y Puga-Lamas, por hacerme sentir en su casa como la mía propia.

Gracias, Señor, por mi familia. Me entristece constatar que no están físicamente presentes, pero los que no me acompañan desde el cielo como mis abuelos, mi tía Anita y José, mi querida abuela Eda, lo hacen hoy a través de las tecnologías. Mami y papi están aquí, gracias por decir sí a la vida, tenerme y educarme. Gracias por todo el amor que de ustedes he recibido y recibo. A mi hermana y su esposo, a mi sobrino y a mi niña y el gran regalo que me hizo mi sobrino nieto, a quien no he podido apretar en mis brazos, pero espero Dios me conceda la alegría de bautizar. Gracias a toda mi familia por su apoyo y alegría.

En la familia alargada, como nos enseñó el padre Ariel, la Iglesia, me ha mostrado siempre tu rostro, Señor: El Ángel, San Antonio de los Baños cuando trabajé en la UCI, Los Pinos y la Isla, claro, Nuestra Señora de los Dolores, Santa Marta, Santa Bárbara.
Soy pinero, pero me ordené en la parroquia de Los Pinos. Solo Dios, solo tú lo sabes, Señor. En esta familia te hiciste muy cercano a mí a través de muchas religiosas: las Hermanas Misioneras del Corazón de Jesús, las Misioneras de la Caridad, las Hermanas Carmelitas de San José, de Jesús María de Alta Habana y las Cruzadas. Todas, mis hermanas. Gracias por tu presencia en mi vida a través de ellas, Señor.

Gracias a mis hermanos del seminario, a los de mi curso, y, sobre todo, aquellos que fueron testigos de que estos años han sido un tiempo fecundo de configuración con Cristo crucificado, pero también y, sobre todo, con Cristo resucitado. Si el Cristo de la Capilla, los Vitrales de San Carlos y San Ambrosio, las imágenes de José y María Santísima, San Juan María Vianney, incluso, las del viacrucis pudieran expresarse verbalmente, darían fe de todo lo que tengo que agradecer y por todas las veces que venciste en mí, Señor.

A todos los trabajadores, profesores y formadores agradezco porque de alguna manera misteriosa también te has valido de ellos para hacer de mí este Lázaro que se presentó ante el altar y te dijo: “Presente, aquí estoy, Señor”.

Gracias comunidad de Los Pinos, a los que están y a los que quisieron estar y me acompañen con la oración.

Me recibiste en el 2008, me acogiste, me reafirmaste en el 2014 que era tu hijo y en cada uno de los abuelos de la residencia de ancianos, Dios se las ingenió para poner un ungüento en mi corazón, sanar las heridas, devolverme la alegría y confírmame en mi vocación, que no es mía sino tuya, Señor.

Gracias al coro que ensayó en su casa, gracias a los que limpiaron y embellecieron y prepararon esta bella liturgia y el compartir que al finalizar tendremos.

Gracias, Los Pinos, esta comunidad donde hay pocos santos en las paredes, pero muchos en los bancos y hoy se han unido conmigo desde sus casas en oración. Gracias también a la familia de Los Pinos que están en el exterior, a quienes, mediante la tecnología en estos días, si Dios quiere, agradeceré personalmente.

Gracias, Señor, por todo, por todos y por este día. Te confieso que me entristecía porque desde hace nueve años soñé este día distinto, pero tú no dejas de sorprenderme con tu pedagogía divina, me enseñas cada día que solo una cosa permanece, solo una cosa es para siempre: solo Dios, solo tú. Por eso nunca te cansas de repetirme: “Gaudete in dominus Semper”.

Que Santa María Reina, madre del único Rey, me acompañe y me lleve de su mano hoy y siempre, amén.

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