Del prescolar a la vida

Por: Antonio López Sánchez

Prescolar Cuba
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Una persona cercana, madre de una niña que cursa el preescolar, nos comenta sobre una situación muy singular. En el aula de la chiquilla, la maestra pretende montar una obra de teatro infantil para celebrar una fecha equis y, de paso, motivar a sus alumnos a pasarla bien en la escuela. Hay que anotar que la pequeña, tan inofensiva y tranquila como el azogue, tiene como lema personal su participación en todo lo posible. De tal modo, su entusiasmo no tiene límites ante la posibilidad de debutar como actriz.

Sin embargo, la maestra se queja de que, en un aula con un par de decenas de estudiantes, casi nunca logra el quorum necesario para poder ensayar y presentar la obrita prevista. Por razones obvias, el espectáculo involucra a la casi totalidad de los fiñes del grupo. La razón de este hecho es muy simple, pero roza lo escalofriante. Hay un buen número de las madres y padres de sus alumnos que considera que el preescolar no es algo tan importante. De tal modo, el porciento de ausencias diarias, y la frecuencia de estas por cualquier motivo, se registran sobre altísimos guarismos. La más visible de las consecuencias de este asunto es que, para infelicidad de los que sí asisten con regularidad, la maestra nunca ha logrado llevar adelante la ejecución de su estimulante proyecto teatral.

No hay que ser un experto en pedagogía para asustarse ante un hecho como este. El temor viene, no tanto porque alguna carrera actoral se retrase o bajen un par de gramos las dosis de entusiasmo por la cultura, sino porque no es un suceso aislado lo de las faltas a clase por cualquier motivo, ni ocurre solo en esos niveles preescolares. Hay un par de amigos y colegas de mi generación que recuerdan que ausentarse de la escuela, en cualquier grado, pero sobre todo en nuestros años de estudiantes de primaria, ocurría relativamente poco. Por supuesto, además de que se nos enseñaba que el ausentismo no era un comportamiento positivo, la influencia de los padres era vital para crear en sus hijos la conciencia de que estar en el aula a diario era más importante que todo. Podría gustarnos más o menos, podría ser más o menos atractiva, pero era un deber. La escuela era necesaria, obligatoria, y había que cumplir con ella bajo cualquier circunstancia.

Por otro lado, el preescolar, aparentemente fácil y hasta intrascendente para algunos, es un estadio muy importante para los niños. Es justo el sitio donde empieza a gestarse esa complicada amalgama de mostrar y formar los comportamientos que luego serán imprescindibles en un aula y en la vida. Más que los juegos, ya se inculcan los primeros valores, las reglas y la disciplina necesarios para ejercer los muchos aprendizajes de esta etapa. Quizás, a la vista ignorante de algunos padres, los conocimientos que sus hijos adquieren en este grado no resulten gran cosa. En realidad, ocurre todo lo contrario.

El preescolar es el preludio, el vital primer paso de ese recorrido que concluirá con el proceso, ya más complejo, de aprender a leer y escribir. Los programas educativos de este grado se diseñan en función de acentuar en los infantes las habilidades psicomotoras, el control muscular, la práctica diaria de cada vez más largos períodos de atención y concentración en aras de un objetivo. Tal vez, desde los adultos, no se perciba de modo evidente que se adquieren conocimientos puros y duros, pero sí se forma, se moldea, se preparan los escaños fundacionales de un viaje mayor. En suma, el preescolar es un entrenamiento imprescindible para ejercitar y fijar todos y cada uno de los procesos mentales y físicos, que se requieren para el aprendizaje siguiente. Dicho mal y rápido, esos meses son un cimiento ineludible que sostendrá, tan bien o mal según se forje, todo lo que viene luego.

Por otro lado, ausentismo mediante, otras actitudes y pensamientos negativos se fijan en la siempre despierta y ávida mente de los infantes. Esos niños que hoy faltan en el preescolar, perciben que lo hacen por la dejadez y comportamiento de sus parientes responsables. Ellos saben que sus padres no los llevan a la escuela por el motivo que sea. Entonces, también asumirán que la escuela no es algo importante.

Los niños son como pequeñas máquinas, programadas desde la fábrica para aprender, fijar y, muy importante, repetir todo lo que ocurre en su entorno. Hablamos de indetenibles y muy inteligentes autómatas, de energía sin par, dotados con una increíble y veloz capacidad de absorción y asimilación de la realidad que los rodea. Cada infante tiene también sus intereses, sus deseos propios y muy pronto desarrollan el modo de luchar y de alcanzar tales objetivos. Que me corrija algún psicólogo o alguna madre o abuela implicada, pero entre los intereses de un niño pequeño el ir a la escuela, regresar a la casa y abandonar los juegos porque oscurece o está por llover, apagar la televisión, comer, bañarse y dormir a su hora, casi nunca serán las prioridades. Ahí entra a desmpeñar su papel vital la educación, la formación de hábitos y deberes. Si no se le inculca al niño la disciplina y el rigor, si no se le muestra desde temprana edad que en la vida existen también las responsabilidades, los deberes y los límites, pues, no los aprenderán ni ejercerán nunca. No hace falta recalcar que lo malo, vaya usted a saber por qué oscuros motivos de atracción, es lo que más fácil y rápido se aprende.

Esos pequeños dejados de hoy son los que van a faltar mañana a sus trabajos por cualquier motivo, sin remordimientos ni desasosiegos por lo que dejan detrás. Si hoy, en la edad de forjar hábitos, faltar y preocuparse es un juego más, un acápite lejano en la lista de las prioridades vitales; mañana en la adultez, y tanto para con los jefes como hacia los subordinados, trabajar, ser disciplinado y eficiente, será un hecho por completo baladí.

En la historia de marras, además, hay otro hecho de fuertes connotaciones e influencias sobre las percepciones infantiles sobre el mundo y los correspondientes comportamientos. El premio a los que sí asisten es que no pueden representar y disfrutar de su obra, justo por culpa de los que faltan. Las recompensas a lo correcto, a hacer lo debido, no se cumplen y en su lugar ocupa espacio la frustración. Hacer el bien, lo que toca, lo establecido, no importa, pues, por culpa del mal, no se reciben frutos ni beneficios. Pierden los buenos, pero no se castiga a los malos. Las consecuencias que este tipo de sentimientos pueden desatar desde la mente de un infante, hasta su adultez de mañana, pudieran ser de proporciones épicas. De facto, a escala social, ya vivimos a diario algunas de ellas.

Recuerdo una condiscípula en años universitarios, que compartía con este escriba el gusto por las novelas policiacas y de asuntos de espionaje. Cierta vez, reflexionaba sobre dos libros del escritor cubano Luis Rogelio Nogueras. Quien conozca la obra de Wichy (cuya lectura, igual en narrativa como en poesía, recomendamos), sabrá que, tanto en Nosotros, los sobrevivientes como en Y si muero mañana, destaca un terrible factor común. En ambas novelas, los protagonistas mueren en el desesperado intento de cumplir con sus deberes, sin importar riesgos o consecuencias. Las preguntas que se hacía la colega sobre el mensaje de estos textos, ¿hacer el bien se premia o se castiga; cuánto cuesta hacer el bien?, adquiere inusitada vigencia en el tema que analizamos.

Puede que sí, que hacer el bien sea siempre lo más difícil y costoso. Sin embargo, quizás no tanto para responder a la pregunta, pero sí para asumir posturas, queda una clara evidencia. Los dos personajes literarios, a pesar de todo, incluso de la pérdida de sus vidas, hacían el bien, cumplían sus responsabilidades y deberes. En esa determinación, que va desde el mínimo aporte a la educación, y a la formación personal, de no faltar a clases, hasta intentar arreglar lo torcido de un país, está la respuesta que hoy debemos asumir en plural. El bien hay que hacerlo siempre, pues, incluso si fuera para otros, siempre dejará frutos. Además, y de seguro, en ese intento no todos vamos a morirnos. Ω

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