La imposible clausura: ética y coronavirus en Cuba

Por: Teresa Díaz Canals

Cuba-Covid 19
Cuba-Covid 19

Y la gente se quedaba en casa

Y leía libros y escuchaba

Y descansó e hizo ejercicios

E hizo arte y jugó

Y aprendió nuevas formas de ser

Y se detuvo

Y escuchó más profundamente

Alguien meditó

Alguien rezó

Alguien estaba bailando,

Alguien se encontró con su sombra

Y la gente comenzó a pensar diferente

Y la gente sanó.

Y hubo ausencia de personas

que vivían en una peligrosa ignorancia

Sin sentido, sin corazón,

Incluso la tierra comenzó a sanar

Y cuando el peligro terminó

Y las personas se encontraron

Lloraron por los muertos

Y tomaron nuevas decisiones…

Y soñaron con nuevas visiones

Y crearon nuevas formas de vida.

Y curaron completamente la tierra.

Justo cuando fueron sanados.

Grace Ramsay

“La Historia de Iza”

 

“Probablemente de todos nuestros sentimientos el único que no es verdaderamente nuestro es la esperanza. La esperanza le pertenece a la vida,

es la vida misma defendiéndose.”

Julio Cortázar

 Rayuela

 

“La ética es la respuesta que doy aquí y ahora al sufrimiento del otro”, escribe Joan-Carles Mèlich en su libro La ética de la compasión. La etapa pospandemia, de radical excepcionalidad, implicaría cambios esenciales en la vida de la nación en el caso cubano.

Las normas caducas, las consignas, la demagogia, el espectáculo trivial, el discurso vacío, no funcionarán en una sociedad urgida de bienestar. La clave del éxito en los tiempos venideros se llama integridad, perseverancia, respeto a uno mismo y a los otros con el fin de edificar un modelo nuevo de conciliación nacional. Cuba debe ser patria para todos y no feudo de alguien.

Por lo general, todo escrito se hace en casa, pero no en peculiares circunstancias como estas que el mundo vive, en confinamiento inducido por la aparición del pavoroso virus que ya ha cobrado millones de contagiados y miles de fallecidos en este año 2020.

Vivencias… propias, oídas, leídas y vistas

El 14 de mayo de 2020, se declaró oficialmente por el Dr. Francisco Durán García, director de Epidemiología del Ministerio de Salud Pública de Cuba (MINSAP), que esta enfermedad sería endémica en nuestro país. Fue una noticia preocupante, en particular para los que tenemos “cierta edad” y somos de alto riesgo debido a determinadas enfermedades de base (hipertensión, asma, diabetes, etc.). Pero el 5 de junio, el reconocido especialista indicó que no debía hablarse de endemia porque se trabajaba para que eso no llegara a concretarse.

Con este giro imprevisto de la vida a nivel mundial en tiempos de pandemia, hemos podido constatar gestos de solidaridad impresionantes, desbordamiento de comunicaciones, de inquietud por la vida de otros, nobleza de jóvenes que, al ser supuestamente los menos afectados, asumen tareas concretas de auxilio y acciones para mantener activo el automatismo que exige la vida misma.

Con beneplácito recibimos la sorpresa de que, como resultado del intenso trabajo de investigadores, Cuba ha elaborado medicinas que han salvado la vida de pacientes en estado grave e incluso críticos.

Otro aspecto sorprendente en estos días extraordinarios es la aparición de ciertos egoísmos, incomprensiones, irrespetos en el ciberespacio. Me enteré de algún héroe no homenajeado en su deceso como resultado del ninguneo presente desde siempre. Conocemos del desprecio y la violencia con que aún se trata a personas que no coinciden con el proyecto social. Supe de la ejecución de juicios “ejemplarizantes” –cuando se ha permitido desde hace décadas el desvío de recursos– a los que se han dedicado a la compraventa ilícita. A ello se unió la exhibición en la televisión de esos supuestos transgresores de la ley, pero merecedores –como cualquier ser humano– de un trato justo, equilibrado, entre otras cosas, porque esos que fueron presentados en los medios tienen familias, y descargar sobre ellos “todo el peso de la ley” constituye una violación de sus derechos civiles.

La gente espera y, sobre todo, disfruta los casos presentados, entrevistas a vecinos que denuncian a los próximos encarcelados… una especie de circo romano. Una cosa es el orden social y otra el estímulo exacerbado al espíritu de vigilancia policiaca y delación.

Me sorprendió escuchar en el programa televisivo Hacemos Cuba la pregunta de si existen disposiciones legales para que las personas mayores de edad y las embarazadas no salgan a la calle. Es decir, detrás de la interrogante se encontraba la intención de que existieran, aunque esas personas no contaran con una ayuda que resolviera sus necesidades de adquisición de alimentos y productos de aseo.

En mis escasas salidas a la calle, he observado a algunos policías recordándoles en tono autoritario a los ancianos que no pueden estar en la calle; a mí me lo han expresado. No obstante, lo he sentido no como una ética de la compasión, sino como una medida que pone en peligro la estadística del país, como una orgullosa y soberbia disposición desde el poder.

Algo que me llamó la atención en el mencionado programa fue otra pregunta sobre si era legal tirarles fotos a las autoridades policiales. “Sí”, contestó el abogado, “pero no difundirlas en las redes”. Si eso se hiciera en EE.UU., jamás el mundo se hubiera enterado del asesinato del afronorteamericano George Floyd. Estimo que una autoridad o agente policial de cualquier país puede cometer errores, hacer cosas indebidas, incluso ofender a cualquier ciudadano/a.

El civismo en Cuba

Las siguientes palabras del apóstol cubano José Martí (1853-1895) anuncian con claridad la significación del civismo en el caso cubano:

“La independencia de un pueblo consiste en el respeto que los poderes públicos demuestren a cada uno de sus hijos […] Tan ultrajados hemos vivido los cubanos que en mí es locura el deseo, y roca de determinación, de ver guiadas las cosas de mi tierra de manera que se respete como la persona sagrada la persona de cada cubano…”.

La aspiración a un funcionamiento adecuado de la sociedad no va unida a la represión. La solución de la corrupción radicaría en atender las sugerencias, entre otras, de desarrollo económico que explican muy bien algunos de nuestros economistas con respecto al libre desempeño de pequeñas y medianas empresas (Pymes) y otras iniciativas inteligentes que mejorarían nuestra maltrecha vida nacional.

¿Y por qué no se informa acerca de los asesinatos de mujeres que han tenido lugar en estos meses? ¿Del abuso animal que de manera sistemática sucede en cualquier parte de la geografía cubana? ¿De las contradicciones raciales que permanecen y se manifiestan en suelo cubano? Solo a través de las redes supimos que, en abril del presente año, en plena pandemia, fueron asesinadas una mujer y sus dos hijas de dos y cinco años de edad por un hombre que era su pareja. El hecho ocurrió en la comunidad rural El Indio, en la parte oriental del país. ¿Qué impide informar o alertar sobre estos crímenes sin un sentido sensacionalista? Sin embargo, la ley, que supone la base de eliminación de estos desmanes fue rechazada, pues lo que importa ahora –según algunas expertas– es trabajar “indefinidamente” en las comunidades. Esta propuesta es excelente, pero no exime de la necesidad de una legislación contra la violencia de género en el ámbito nacional.

“Cuba debe ser patria para todos y no feudo de alguien”

Mientras el pueblo padece por el desabastecimiento alimenticio y meten presos a infractores de la ley, urge que las ciencias sociales se ocupen del análisis de las tramas corruptas no visibles a cualquier nivel que ya sentimos. Un orden que se hace ante nosotros y en nosotros, exige participación. Compruebo la verdad de esa idea del crítico literario estadounidense Harold Bloom (1930-2019) acerca de que “la realidad es un término muy equívoco. ¡La palabra realidad quiere decir tantas cosas para cada ser humano!”. En este encierro compruebo que tratar con lo Otro es simplemente tratar con el entorno.

Ha resultado un espectáculo impresionante y algo contradictorio presenciar, por un lado, la atinada campaña “quédate en casa” y, por otro, las filas o largas colas como nosotros las nombramos, para acceder a cualquier cosa, reflejo de la fuerte crisis económica estructural que padecemos hace mucho tiempo. En tales circunstancias, encontramos una parte significativa de la población con una “baja percepción de riesgo”, que llamaría mejor, un gran sentido de irresponsabilidad.

Cuando conversé de estos hechos con una socióloga me dijo algo digno de destacar: en determinados barrios “salir a la calle” a conversar es parte esencial de la vida de personas que viven extremadamente hacinadas. No es lo mismo el “quédate en casa” para seres humanos que viven muy cómodos, que para los que viven en un cuarto estrecho, en condiciones nada agradables para ver transcurrir el tiempo.

Y dentro de esa supuesta “baja percepción de riesgo” está –como en mi barrio– la de mantener activas determinadas casas destinadas al apunte de “la bolita”, pero de eso no se habla. Todos sabemos que existe una significativa participación de la población en el asunto de la lotería, aunque no está permitido el juego, como aparentemente no están permitidas las peleas de gallos ni las de perros.

Me pregunto por qué no controlan de manera racional ese persistente juego de azar (la bolita) y el dinero recaudado destinarlo a la producción de alimentos. Una parte de la población cubana no trabaja para el Estado. Sabemos que el trabajo, en muchos casos, perdió la capacidad de absorber mucha energía disponible, también conocemos que en muchos oficios los salarios son poco atractivos. La gente “vive al día” y cuando eso ocurre los juegos de azar adquieren mayor importancia. Tan es así que se convierten en costumbre, en regla y en segunda naturaleza.

Tuve una impresión muy fuerte cuando decidí hacer una de las mencionadas colas en la zona del Vedado. Un policía era el encargado de organizar a las personas amontonadas para acceder a una de las tiendas de la cadena Agua y Jabón. El organizador, con un plumón azul, escribió en nuestros cuerpos los números que nos tocaron. Fue alucinante sentirse un animalito, una res.

Para tener una idea del nivel de escasez predominante en el país, baste decir que recientemente un grupo de personas se lanzó a recoger detergente líquido derramado accidentalmente por un camión en una calle del municipio de San Miguel del Padrón, en La Habana. Describir algunos de estos hechos nos convierte en testigos incómodos.

Número estampado por un policía sobre el brazo de la autora, para fijar así el orden en una cola.
Número estampado por un policía sobre el brazo de la autora, para fijar así el orden en una cola.

Pospandemia

Hay noticias alentadoras. La curva supuestamente disminuye y el virus parece ser que se acorrala. Para los que han perdido a seres queridos, este episodio continuará en la memoria, aunque el resto de los habitantes de la ciudad festeje la reanudación de la infinita normalidad.

Cuando todo termine, para una gran parte de la población significará restaurar la rutina diaria, volver a sus centros de trabajos y escuelas. Para otros, buscar alternativas de vida que complementen en algo sus magros sueldos o pensiones. Otra evidencia más de que donde existe lo humano, surge la ambivalencia, la selección, el recuerdo, el olvido, la reinterpretación, la reubicación.

Experimenté en carne propia el recibimiento de un correo, estocada profunda a mis treinta y nueve años de trabajo en una única institución:

“Estimadas: […] Les informo que teniendo en cuenta la situación actual y las nuevas medidas tomadas por el país […] en mayo pueden realizar el cobro por el contrato, ya no así en lo adelante. Cuando todo vuelva a la normalidad veremos la estrategia a seguir […] Un abrazo y cuídense mucho”.

Ese “abrazo” y ese “cuídense mucho” me pareció de una hipocresía total. Comprendí enseguida la necesidad de replantearnos nuestra situación en el mundo, de que no somos plenamente presentes, también somos ausentes, somos lo que nos puede pasar, lo que sucede sin querer.

Vislumbré de manera plena que no era necesaria, que la inexistencia es tan posible como la existencia, que la sorpresa es condición de la experiencia. En un instante me pregunté lo mismo que el personaje de Kafka en La metamorfosis (1915): “¿Qué me ha ocurrido?”. Ese día, otra institución para la que trabajo también de profesora, pero solo desde hace relativamente poco –la Iglesia católica– me hizo llegar mi salario.

Recordé entonces una anécdota de George Steiner, quien se introdujo en un grupo de terapia gestual donde le propusieron que se dejara caer hacia atrás, sin tener miedo, porque alguien lo sostendría cuando hiciera ese movimiento. Steiner no pudo, eso significaría confiar, estar en paz. “Leer es estar dispuesto a recibir a un invitado en casa cuando cae la noche”, afirmó este teórico de la literatura y de la cultura. Mientras tanto, leo.

Lo importante no es ¿quién es mi prójimo?, sino ¿de quién soy prójimo yo? Para ser sujeto ético hay que partir del dolor del otro y responder compasivamente a este dolor. La compasión no significa una visión del mundo desde la fortaleza, sino cuando se comprende y se acompaña verdaderamente lo frágil y lo vulnerable. Ω

Este artículo se publicó originalmente en el sitio web de IPS

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