Notas del año de la Covid (6)  

Por: José Antonio Michelena y Yarelis Rico Hernández

Ilustración: Ángel Alonso
Ilustración: Ángel Alonso

Transitamos por el octavo mes del año lidiando con la Covid-19. Hubiéramos querido vivir todo este tiempo en una cápsula, en una cámara hiperbárica, en hibernación, y salir afuera solo cuando todo pasara. Pero han sucedido tantas cosas en la aldea global en estos siete meses… Y qué es la vida sin la experiencia del día a día, de lo que acontece y nos acontece.

Por muy aislados que estuviéramos, no podíamos estar sin escuchar el latir del mundo, las múltiples historias, desde el origen y la propagación del nuevo coronavirus y el seguimiento a la crisis sanitaria, hasta los efectos sociales por la asfixia de un afroamericano por un policía en Minneapolis. ¿Acaso no es todo un solo relato?

En la Isla no hemos estado ajenos a los sucesos de afuera, pero también adentro han pasado cosas. Y para todo hay criterios y posicionamientos que provocan desencuentros y choques cuando aflora la intolerancia, las voces que gritan más alto porque quieren ser las únicas escuchadas, las que se creen portadoras de la verdad.

Palabra Nueva ha querido compartir las expresiones de un grupo de voces diversas para ofrecerlas a sus lectores como una muestra de las experiencias personales y colectivas que se han vivido en este año bisiesto tan peculiar y asombroso, este veinte-veinte convertido en cuarent(en)a.

Hemos solicitado a esas personas que nos narren sus vivencias en estos meses, cómo han transcurrido sus días, de qué manera han enfrentado los desafíos y qué lectura hacen de lo acaecido, cuáles son sus ideas al respecto.

 

Osvaldo Gallardo González: Dios y Amor, los mejores síntomas de nuestra verdadera humanidad

En esta ocasión, el texto, a solicitud de nuestro protagonista, lo presentamos como entrevista. Responde un cubano, de los pies a la cabeza; un católico, igual, desde que empieza y hasta que termina; camagüeyano orgulloso de su tierra y de su comunidad eclesial en esa arquidiócesis. Su mayor fortuna en la tierra es la numerosa familia que ha constituido, los padres que tuvo… Desde hace cinco años, este católico cubano emigró a Estados Unidos.

La mayor fortuna de Osvaldo Gallardo es la numerosa familia que ha constituido

¿Osvaldo, cómo ha sido, a grandes rasgos, tu itinerario por este tiempo de obligado aislamiento?

“Ha sido insólito, sobre todo eso. Luego de cinco años de actividad febril de una nueva vida, caótica y un poco accidentada como casi todos los comienzos, una parada obligatoria es difícil de asimilar. Como itinerario: las primeras noticias que sientes lejanas y no entiendes bien, y de pronto la cercanía del problema (pandemia); más tarde, mi esposa pierde el empleo, casi inmediatamente lo pierdo yo; llegan malas noticias desde casa (Cuba)… luego, escuela virtual para tres niños en mi hogar, y tener un tiempo para cosas a las que ya no estás acostumbrado y otras como ir a misa se vuelven una ausencia. Ha sido un proceso de acomodo mental y vital. Y ahora mismo, cuando todo debía ser más tranquilo, la enfermedad parece un volcán en erupción y los pasos que debemos dar siguen siendo inciertos”.

En tu caso, ¿era necesario este alto en el camino, alto que ya supera cualquier expectativa al respecto?

“Desde que comencé a trabajar en los Estados Unidos no he tenido un domingo libre para ir a misa, y ¡cómo se lo he pedido a Dios! Hubo momentos que usaba el tiempo de descanso en el trabajo para asistir a misa, cuando podía hacerlos coincidir, en la capilla del Aeropuerto Internacional de Miami, los sábados a las siete de la noche, a veces solo podía estar en media misa e irme corriendo. Les daba el saludo de la paz a personas que no volvería a ver, y eso me mostró parte del misterio de la Iglesia. En una ocasión, tuve que pedirle perdón al sacerdote, pues yo era el único fiel y tenía que dejarlo solo. Ahora he tenido los domingos, y una Semana Santa en casa, pero no las misas presenciales. Gracias a Dios e Internet, he tenido en la sala a Francisco, a Mons. Dionisio y La Caridad, y, por supuesto, al arzobispo camagüeyano.

”Sí, me hacía falta parar, ¿a quién no? Otro detalle, es que mi esposa y yo prácticamente nunca despertábamos juntos en la cama. Cuando yo llegaba ella dormía, y cuando ella se iba al trabajo quien dormía era yo. Para poder ocuparnos de los niños, siempre procuramos tener turnos opuestos en el trabajo de ambos en el aeropuerto. Te imaginas lo que es colar café en la mañana para mí solo. Eso en Cuba es impensable, siempre hay con quien compartir el café. A veces, le mandaba una foto de dos tazas de café, pues este era antes nuestro momento preciado del día. Incluso un día, escribí un poemita sobre el café y el acto de compartirlo. Un alto siempre es necesario, pero las causas de este han sido muy dolorosas”.

Al distanciamiento perenne que vive el emigrado de sus seres queridos en Cuba, se le suma ahora la imposibilidad de viajar a verlos. ¿Tenías, o tuvo tu familia, algún viaje planificado a la Isla? ¿Cómo sopesan la distancia?

“Esta es una pregunta especialmente triste para mí. El día 15 de abril perdí a mi papá con ochenta y un años cumplidos. Y yo esperaba poder viajar a Cuba a verlo en la primera mitad del año. Hacía casi dos años no lo veía. En el mismo mes, hacía cinco años, ya había muerto mi madre, aún joven, solo a dos meses de haber yo emigrado. Como entenderás, para un padre de familia amplia como yo, por responsabilidades y cuestión económica, es difícil poder viajar a Cuba. Yo mismo lo he hecho pocas veces y con muy poco tiempo. Estuve con mi padre por última vez, cuando asistí a Camagüey para presentar la compilación de textos Monseñor Adolfo: Es bueno confiar en el Señor, gracias a la invitación de Mons. Willy Pino, en junio de 2018. Luego viajé, en septiembre de 2019, pero solo a La Habana, para estar en el IX Encuentro Nacional de Historia Iglesia Católica y Nacionalidad Cubana, ese evento tan preciado para mí.

Último encuentro con su padre, el cual, asegura, “fue especial”.
Último encuentro con su padre, el cual, asegura, “fue especial”.

”Sé que mi papá se quedó con deseos de verme, y yo de verlo a él, de abrazarlo esa última vez que presentía… Pero tengo a pesar de ese sentimiento, la satisfacción de haber podido hacer especial nuestro último encuentro. Pude mimarlo y decirle que él había sido un gran padre, que lo había hecho todo bien, que siempre había estado ahí para mí, que le agradecía mucho… Cuando besé su frente, y le dije ‘Papi, que Dios te cuide’, él que casi no podía hablar ya, me respondió con fuerza: ‘¡qué te cuide a ti!’. Mi papá pasó sus últimos días bajo el amparo de la Iglesia, cuidado en el Hogar Padre Olallo, por los hermanos de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios y el personal de Salud, a quienes por supuesto agradezco tanta generosidad y solicitud. Luego, me queda el consuelo de que ya mi padre no extrañará a mi madre, quien fue todo para él. Me queda la certeza de las Bienaventuranzas y la convicción de que el amor nunca muere, junto a una lección de vida que me hace sentir infinito agradecimiento.

”Sopesar la distancia, equilibrarla, para mí es casi imposible. La distancia es una herida que no puedo restañar. Una herida a la que le aplico ‘pañitos tibios’: llamadas por teléfono, correos, mensajes, el milagroso chat que trae a mi suegra todas las tardes a casa, ¿te imaginas? (tocan sonrisas ahora); el mismo que me permitió ver a mi hermana en vísperas de su cumpleaños… y que me regala en ocasiones la presencia virtual de los amigos, y de la comunidad eclesial que amamos”.

¿Qué has hecho para ocupar tu tiempo? ¿Cómo has aprovechado creativamente la etapa de la Covid?

“Quisiera poder decir que he participado de algún programa de servicio apasionante, pero no. Con toda sinceridad, debo decir que mi vida comunitaria aquí ha estado sesgada por la realidad que te he descrito líneas arriba. En este tiempo, he disfrutado a mi familia, mi Iglesia doméstica. He podido darles las buenas noches a mis hijos y pedir para ellos la bendición de Dios. Laura María, la más pequeña, no se duerme sin antes pedirme que hable con Adiós, como se refiere ella al Padre, confundida en su spanglish con la oración del Ángel de la Guarda, que dice en su última línea: ‘ruega a Dios por mí’.

”Desconecto la Internet para sentarnos a ver una película juntos y conversar. Hemos vuelto a comer en la mesa casi siempre y compartir en ese momento la Palabra. Tomo café todos los días en la mañana como Dios manda. Me he hecho una oficina en un extremo del cuarto, esperando encontrar un trabajo en el futuro que demande de mí un poco de esfuerzo intelectual; he colgado fotos familiares, arreglado los pocos libros que he ido reuniendo, instalado una impresora guardada en su caja durante varios años. He ‘matado un enano’ de la infancia, y me he comprado una pequeña pecera, ya que en el apartamento donde vivimos no podemos tener otra clase de mascotas. Pagado cuentas atrasadas, puesto al día los papeles, esta familia de seis lleva tantos papeles y detalles como cualquier pequeño emprendimiento familiar. Y esas cosas casi siempre estaban pendientes, ahora las tengo al día.

”He rezado el rosario con una devoción nueva, luego de mucho, consternado por la enfermedad de una amiga y por la realidad en Cuba y el mundo. Me he dado el gusto enorme de volver a leer poesía, y como novedades la última novela de Vargas Llosa y las memorias de Carlos Alberto Montaner, junto al privilegio que me ha dado mi querida amiga Uva de Aragón (escritora cubana a quien conocí en 2011 en La Habana gracias a la revista Palabra Nueva) de leer el manuscrito de sus memorias aún inacabadas. Y en medio de todo esto, he comenzado a editar un libro con textos del blog de mi hijo Pepe, mi primogénito, con el sueño de publicarlo pronto; y escribo mis ‘descarguitas’ en Facebook, donde tengo el gusto de que personas como tú me lean, y a veces le den un like, descarguitas que van desde temas íntimos, familiares, hasta eclesiales sobre Cuba, o impresiones sobre algún artista o hecho determinado. Ah, también he fracasado aparatosamente con la dieta y el ejercicio, pero sigo intentándolo”.

¿Qué te va dejando este tiempo? ¿Has cambiado en algo? ¿Ha cambiado en algo tu familia?

“Para ser honesto, debo decir que he tenido mucho miedo, cuando fui despedido del aeropuerto ya lo deseaba, pues es un lugar muy peligroso en cuanto al posible contagio. He sufrido mucha ansiedad, y me ha sido difícil lidiar con las noticias, al punto de escoger no ver noticieros. He comprendido como nunca antes la fragilidad propia y la de mi prójimo. Cuando he llegado a la cima del desconcierto, he encontrado a Dios y la certeza de su voluntad. En casa, hemos aprendido a disfrutar cada día con intensidad, y eso es algo que se puede decir fácil, pero es difícil hacerlo. Cada momento juntos es invaluable, eso trato de enseñarle a mis hijos. Estamos teniendo una lección única de cuáles son las cosas imprescindibles en esta vida, y esas pocas cosas pueden resumirse en el amor fraterno. Ojalá la lección no sea baldía”.

¿Qué reflexión haces de esta etapa? ¿Cómo avizoras el futuro?

“Es la pregunta más difícil. Pienso en mis dos escenarios: Cuba y ahora los Estados Unidos.

”Los Estados Unidos en medio de una campaña electoral donde se han acentuado los extremos políticos y, mientras, estamos siendo golpeados por la pandemia de modo brutal. Aunque lejos de Cuba, físicamente, muy atento a su realidad que es ahora mismo mucho más compleja y angustiante, que en 2015 cuando emigré. Me duele mi patria, donde sobrevivir dignamente es cada vez más difícil y la esperanza parece esfumarse allende el mar.

”Me espanta que el ser humano en muchas ocasiones, especialmente en esta, no puede o no es capaz de ver lo esencial y suele pasar de largo frente a injusticias y ataques a la dignidad humana. No sé si el vértigo de este tiempo se parece al de 1918 cuando la gripe española. Del futuro no sé qué decirte. Solo espero poder seguir viviendo este presente y ver ese futuro. Y que en ese futuro las palabras Dios y Amor sean los mejores síntomas de nuestra verdadera humanidad”.

Osvaldo Gallardo González
Osvaldo Gallardo González

Osvaldo Gallardo González (Vertientes, 1975), profesor de Literatura, escritor y editor, sirvió a la Iglesia en Cuba en varios proyectos culturales y comunicacionales. Desde 2015, vive en Estados Unidos.

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