Notas del año de la Covid (1)

Por José Antonio Michelena y Yarelis Rico Hernández

Cortesía de: Ángel Alonso Blanco
Cortesía de: Ángel Alonso Blanco

Nos encaminamos al octavo mes del año lidiando con la Covid-19. Hubiéramos querido vivir todo este tiempo en una cápsula, en una cámara hiperbárica, en hibernación, y salir afuera solo cuando todo pasara. Pero han sucedido tantas cosas en la aldea global en estos siete meses. Y qué es la vida sin la experiencia del día a día, de lo que acontece y nos acontece.

Por muy aislados que estuviéramos, no podíamos estar sin escuchar el latir del mundo, las múltiples historias, desde el origen y la propagación del nuevo coronavirus y el seguimiento a la crisis sanitaria, hasta los efectos sociales por la asfixia de un afroamericano por un policía en Minneapolis. ¿Acaso no es todo un solo relato?

En la isla no hemos estado ajenos a los sucesos de afuera, pero también adentro han pasado cosas. Y para todo hay criterios y posicionamientos que provocan desencuentros y choques cuando aflora la intolerancia, las voces que gritan más alto porque quieren ser las únicas escuchadas, las que se creen portadoras de la verdad.

Palabra Nueva ha querido compartir las expresiones de un grupo de voces diversas para ofrecerlas a sus lectores como una muestra de las experiencias personales y colectivas que se han vivido en este año bisiesto tan peculiar y asombroso, este veinte-veinte convertido en cuarent(en)a.

Hemos solicitado a algunas personas que nos narren sus vivencias en estos siete meses, cómo han transcurrido sus días, de qué manera han enfrentado los desafíos y qué lectura hacen de lo acaecido, cuáles son sus ideas al respecto.

¡A menos de dos metros disparo!

Por Ángel Alonso

Ilustración: Ángel Alonso
Ilustración: Ángel Alonso

El título de este texto, tomado de alguna vieja película del oeste, define la actitud que asumí ante el peligro de contaminarme con la Covid-19 durante estos meses en que la pandemia ha transformado al mundo de una manera rápida e inesperada.

Tengo que confesar que estos tiempos han sido para mí muy gratificantes en el plano personal, y eso no significa que me alegre de la desgracia, se trata más bien de sacar lo positivo a cada momento de la vida, de hacer realidad aquellos versos de Tagore, en los que manifestaba que si lloras en la noche por la ausencia del sol entonces te pierdes las estrellas.

Cada momento de nuestras vidas, por mal que anden las cosas, puede utilizarse de manera positiva. Y esto no es conformismo; Papillón no renunció a fugarse, pero no enloqueció durante el tiempo que estuvo en la cárcel. Nosotros estamos padeciendo limitaciones en nuestras vidas a causa de esta enfermedad, pero además de salvar nuestro cuerpo hemos de salvar nuestra mente.

Tuve la suerte de pasar el estado de alarma muy bien acompañado de mi novia, en un pueblito de Cataluña de unos 3500 habitantes, en una casa agradable, vieja y amplia, con patio y huerto. Esto no hubiera sido placentero ni en un pequeño apartamento en Barcelona ni en una ciudad superpoblada como La Habana. En las grandes ciudades, sobre todo si utilizas el transporte público, te cruzas con tantas personas al día que las posibilidades de enfermarte se multiplican enormemente.

Vivir en un pueblo pequeño reduce las posibilidades de contagio aunque también de comprar hasta lo más elemental por Internet. Una vez cada quince días íbamos al mercado y descontaminábamos los envases de comida al llegar a casa. A pesar de pequeñas incomodidades como esta —y de echar de menos el contacto cercano con los amigos y familiares— nosotros tuvimos una experiencia bastante desestresante: podíamos vernos siempre y conversar sin prisa, sin límite de tiempo.

Nuestros familiares en Cuba nos preocupaban más que nosotros mismos, ya que las condiciones de vida juegan un papel importante para protegerse del virus. El acceso a artículos de higiene es vital en esta batalla y escasean en nuestro país. Lo que no comprendía era cómo muchos aquí en España sufrían tanto teniendo resuelta la supervivencia.

No comprendía yo el desespero en que cayeron muchos amigos que, aburridos, no paraban de quejarse en el teléfono. Puedo decir que no hubo un minuto que se me fuese en quejas o depresiones. El confinamiento nunca fue total, uno podía salir a tirar la basura, por ejemplo, y así estiraba las piernas. Durante la primavera me iba al patio cuando salía el sol y, reclinado en una silla metía la cabeza entre las flores del jardín para oír zumbar las abejas en medio del silencio. Como me dedico a escribir y a pintar pude aprovechar esta situación en desarrollar mi obra.

El tiempo normal de vigilia que utilizamos durante un día suele ser unas 16 o 18 horas; aunque tengamos los horarios cambiados, el resto de las 24 horas lo pasamos durmiendo. Si uno dedica unas 4 horas cada día a escribir o a pintar; si hace cada día ejercicios físicos; si está bien acompañado y dedica unas horas a jugar ajedrez u otros juegos de mesa, a hacerse con paciencia una comida, a hacer el amor o a leer un libro… el día se va, el tiempo fluye de manera enriquecedora y activa.

Sí, los días no me alcanzaban para hacer todo lo que quería hacer en casa. Las posibles actividades que podemos realizar en el hogar son infinitas. Siempre hay algo que reparar, alguna pared que pintar. Y en medio del silencio que daba el confinamiento, sin ruidos de coches ni trenes, la meditación salía de manera natural. El aislamiento me permitió, como nunca antes, gozar de la contemplación. Y cuando empezaron a permitir salir al campo disfruté, también como nunca antes, de las montañas que rodean el pueblo.

Comprendí, sobre todo, que no necesito para nada ir a un bar ni a un restaurante. Duele más no poder ir a las exposiciones o al cine, pero tampoco es algo que hiciese cada día antes del estado de alarma. Y con la política de no acercarme a menos de dos metros de las personas que encontraba en el mercado o en la calle, me sentía muy seguro de que no me enfermaría, me estaba cuidando y no tenía miedo.

Por supuesto, sufrimos a causa de las muertes que ha provocado esta terrible pandemia, no la queremos, nos gustaría abrazar a nuestros familiares y amigos sin peligro. No se trata de negar lo espantoso del asunto. Pero una cosa es sufrir por la pérdida de muchas personas a causa de este virus y otra muy distinta sufrir porque no se pueda ir a la playa, o porque cierren una discoteca.

Ahora que el estado de alarma ha terminado y las medidas de protección son menores he comenzado nuevamente a sentir miedo. Porque no es verdad que se cumplan las prohibiciones, de nada vale que obliguen a las personas a usar mascarillas si se las ponen en el cuello. Y ya ha vuelto el ruido de los coches, y ya no puedo ver ciervos desde mi ventana en medio de una calle, y ya de nuevo resulta difícil protegerse.

El confinamiento total, bajo la fase más dura del estado de alarma, resultó para mí una etapa fecunda en todos los sentidos, pude pintar intensamente, escribir intensamente y amar intensamente, sin presiones de tiempo. Pude gozar del vuelo de una mariposa en los alrededores de mi casa sin las distracciones de la agitación diaria, sin la velocidad a la que tenemos que ir en tiempos normales. La pandemia es lamentable, pero se irá, mientras tanto cada minuto de nuestra vida ha de ser bien aprovechado.

 

Ángel Alonso Blanco
Ángel Alonso Blanco

Ángel Alonso Blanco (La Habana, 1967). Artista visual, crítico de arte y editor. En Cuba ha participado en exposiciones antológicas como El Objeto Esculturado, y en eventos como la X Bienal de la Habana y el Salón de Arte Contemporáneo 2014. Actualmente reside entre La Habana y Calaf, un pueblo de Cataluña cercano a Barcelona. Es editor de contenidos de la revista ARTEPOLI.

 

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