Notas del año de la Covid (5)

Por José Antonio Michelena y Yarelis Rico Hernández

Ilustración: Ángel Alonso
Ilustración: Ángel Alonso

Nos adentramos en el octavo mes del año lidiando con la Covid-19. Hubiéramos querido vivir todo este tiempo en una cápsula, en una cámara hiperbárica, en hibernación, y salir afuera solo cuando todo pasara. Pero han sucedido tantas cosas en la aldea global en estos siete meses… Y qué es la vida sin la experiencia del día a día, de lo que acontece y nos acontece.

Por muy aislados que estuviéramos, no podíamos estar sin escuchar el latir del mundo, las múltiples historias, desde el origen y la propagación del nuevo coronavirus y el seguimiento a la crisis sanitaria, hasta los efectos sociales por la asfixia de un afroamericano por un policía en Minneapolis. ¿Acaso no es todo un solo relato?

En la isla no hemos estado ajenos a los sucesos de afuera, pero también adentro han pasado cosas. Y para todo hay criterios y posicionamientos que provocan desencuentros y choques cuando aflora la intolerancia, las voces que gritan más alto porque quieren ser las únicas escuchadas, las que se creen portadoras de la verdad.

Palabra Nueva ha querido compartir las expresiones de un grupo de voces diversas para ofrecerlas a sus lectores como una muestra de las experiencias personales y colectivas que se han vivido en este año bisiesto tan peculiar y asombroso, este veinte-veinte convertido en cuarent(en)a.

Hemos solicitado a esas personas que nos narren sus vivencias en estos siete meses, cómo han transcurrido sus días, de qué manera han enfrentado los desafíos, y qué lectura hacen de lo acaecido, cuáles son sus ideas al respecto.

 

Quiero pensar que la vida volverá a ser como antes

Por Lázaro Zamora Jo

En diciembre de 2019, para la mayoría de los cubanos, el nuevo coronavirus en China era todavía un suceso demasiado distante como para inquietarse, uno de los tantos virus que se producen a menudo sin llegar a alterar la vida en este lado del planeta. Yo, sin embargo, empezaba a preocuparme, a temer que en esta ocasión pudiera ocurrir de otra manera. Pura corazonada. Quizás mi abuelo chino estaría alertándome desde el cielo.

Cada noche, después que todos en casa se acostaban, me ponía a buscar en Internet las noticias sobre la propagación en Wuhan, anotaba la cantidad de nuevos contagios y muertes, comparaba las cifras con las del día anterior, seguía los pronósticos de los expertos. Mi mujer despertaba a veces y, al verme pegado a la computadora, conectado con el tema, me reprochaba mi obsesión. Para ella no había por qué alarmarse: China quedaba muy lejos.

Durante algunas semanas, tras haber alcanzado el pico, la epidemia en Wuhan fue cediendo y llegó el momento en que pareció hallarse bajo control, de modo que dejé de inquietarme. Pero fue entonces cuando empezó la verdadera pesadilla: en escasos días el virus traspasó las fronteras chinas y alcanzó varias ciudades asiáticas para luego iniciar su vertiginosa propagación por todo el orbe. De pronto nos vimos en un escenario muy similar al de ciertas películas catastrofistas de Hollywood, con un poco de Outbreak (Wolfgang Petersen) y de The day after tomorrow (Roland Emmerich).

Confieso que al darse a conocer los primeros casos en Cuba —tres turistas italianos, uno de los cuales moriría poco después—, sentí algo cercano al pánico. Veía el estrago que el virus causaba en Europa y temía que lo mismo pudiera suceder aquí. Era lógico pensarlo, pues todavía las autoridades del país no se habían decidido a cerrar las fronteras y el turismo continuaba llegando en masa. Solo cuando se tomó la sabia decisión de interrumpir los vuelos y se anunció el aislamiento social, respiré más tranquilo.

Creo que al principio las personas cumplieron aceptablemente las medidas de aislamiento. Pero los cubanos no resisten el encierro —muchos han pasado la mayor parte de sus vidas sentados en portales y aceras o deambulando por el barrio—, así que, como era de suponer, con el transcurso de los días terminaron por relajarse y volver a su rutina. Al menos, es lo que ha ocurrido en La Habana. Incluso en zonas con restricciones de movimiento debido a su situación epidemiológica. Hace varias semanas, tuve que atravesar Cayo Hueso, el conocido barrio de Centro Habana, sometido por entonces a cuarentena, y me sorprendió ver que las calles estaban tan concurridas como siempre.

Es un fenómeno que se sigue repitiendo en otras zonas con focos de contagio o eventos. En realidad en ello no solo incide la idiosincrasia del cubano, sino también sus condiciones de vida: es imposible permanecer noche y día en esas viviendas interiores, pequeñas, paupérrimas, mal ventiladas, que predominan en muchos barrios de la ciudad.

Existe, además, la imperiosa necesidad de conseguir alimentos, algo complicado a causa del desabastecimiento de los mercados. En ocasiones veo a las personas apiñadas en las colas y me viene la impresión de que están mucho más preocupadas por la comida que por contagiarse con el coronavirus. Desde luego, no se le debe achacar toda la culpa a la necesidad. Hay también bastante indolencia, una indiferencia en mucha gente que uno no se explica.

Cuando finalmente llegó la tan anhelada flexibilización de las medidas en la capital días atrás —después de que las demás provincias habían pasado a la fase 3— y se permitió, entre otras cosas, la reanudación del transporte público y la reapertura de las playas y bares, las ansias reprimidas de los jóvenes —y no tan jóvenes— brotaron con ímpetu y el coronavirus pasó a segundo plano. Las consecuencias no demoraron en manifestarse: el virus, que parecía ya a punto de mate, está recobrando rápidamente el terreno perdido y con condiciones más propicias que antes para su expansión.

Cada vez que voy a salir de casa, antes de ponerme el nasobuco, trato de prepararme sicológicamente, interiorizar el riesgo que en estos momentos se corre en la calle. Y lo hago pensando más en la familia que en mí mismo. El solo hecho de que nuestros seres queridos puedan caer en un centro de aislamiento, con las incomodidades que esto implica y la incertidumbre que genera, es ya estresante.

Quizás a algunos escritores el período de aislamiento no les haya ido mal. Tal vez hayan contado con el tiempo que no habían podido dedicar a su obra en condiciones normales. En lo que a mí respecta, no ha sido del todo así. La epidemia le impuso a mi vida una dinámica nada propicia para el trabajo literario. Igual que la mayoría de la gente de a pie, he tenido que lidiar con la supervivencia, enfrentarme al monstruo de las colas, y perder en ese empeño las mejores horas del día.

Suelo escribir por las mañanas —todos los intentos por hacerlo en otro horario han fracasado— y cuando dejo irse ese momento, las musas también se van. A ello hay que añadir el tiempo que exige ahora la higiene, la desinfección de cada objeto personal usado en la calle, un ritual que repito minuciosamente al regresar a casa y a menudo más de una vez al día.

Pese a todo, he podido encontrar algunas horas para mis proyectos literarios. He logrado avanzar en la revisión de mi nueva novela y escribir un relato cuya historia transcurre en esta época de coronavirus. Las crisis sacan a menudo lo mejor del ser humano; pero a veces, lo peor. De eso trata el relato.

También he leído un poco. En mi afán por conocer mejor la obra de los escritores cubanos de la diáspora, pude leer varias novelas de Antonio Álvarez Gil, un autor con una producción narrativa sólida e interesante que lamentablemente se desconoce en Cuba. Me he enfrascado, además, en la relectura de algunos libros de mi biblioteca: La montaña mágica, Doctor Zhivago, El lobo estepario, Si una noche de invierno un viajero, Nombre falso, Ensayo sobre la ceguera.

¿Por qué estos libros y no otros? No lo podría decir. En cada caso creo haber elegido al azar; pero a veces sospecho que el azar aquí es ilusorio, que detrás de cada elección ha existido una razón determinada. Esa sospecha se me hizo más evidente en la novela de Saramago, una historia que —obviando su trasfondo simbólico— habla de la lucha por la supervivencia en medio de una epidemia. Lo curioso es que en el momento en que decidí releerla —la había leído por primera vez en el año 2004, en la edición de Arte y Literatura— no era consciente de las similitudes obvias entre esa historia y el drama que vive el mundo en la actualidad.

Desde luego, mis lecturas y mis jornadas de trabajo literario no transcurren ya con la tranquilidad habitual. A intervalos reaparece el sobresalto que provoca la expansión sin control de la epidemia. No es lo único que sacude al mundo, de acuerdo. En estos meses hemos visto las dantescas imágenes de la catástrofe en Beirut, las multitudinarias protestas contra la violencia policial en Estados Unidos, las tensiones comerciales entre las grandes potencias, los conflictos religiosos y étnicos en África y Medio Oriente; sin embargo, todo esto me resulta menos inquietante que la posibilidad de estar ante una pandemia de devastadoras consecuencias para la especie humana. No se trata solo de los muertos que directamente causa, sino también del colapso de la economía mundial que trae aparejada y del impacto que esto último pueda ocasionar en todas las esferas de la vida.

Me levanto cada día pensando en ello y preguntándome cuándo comenzará a ceder la pandemia, si desaparecerá algún día. Pero hasta ahora no consigo hallar respuestas. Creo que los científicos tampoco.

Aun así, quiero ser optimista, pensar que finalmente esta pesadilla pasará y la vida volverá a ser como antes.

 

Lázaro Zamora Jo
Lázaro Zamora Jo

Lázaro Zamora Jo (Punta Alegre, Ciego de Ávila, 1959). Narrador. Premio Alejo Carpentier de cuento  por su libro Luna Poo y el paraíso (Letras Cubanas, 2004). La novela Oficio impropio (Editorial Guantanamera, Sevilla, 2017) es su último libro publicado.

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