Cuando quedan buenas tajadas

Por: Daniel Céspedes Góngora

“Pobre de aquellos que en la rispidez de la existencia no puedan contar con el asidero de un viejo poema o de un personaje inefable de la literatura. Cabría preguntarse si mucha de la pobreza espiritual que a veces nos abofetea no provenga de gente desprovista del mágico arsenal de la imaginación y de la poesía”.

Mirta Yáñez

 

 

Archivos traspapelados (Ediciones Matanzas, 2018)
Archivos traspapelados (Ediciones Matanzas, 2018)

Al encontrar Archivos traspapelados (Ediciones Matanzas, 2018), algunos lectores tal vez acusen de prosa fácil el nuevo volumen de Mirta Yáñez. ¿Prosa fácil? La que se supone, por error, provoca la escritura incipiente de diarios, confesiones, memorias, testimonios, crónicas del instante, remembranzas, autobiografías no tan canónicas… en fin, como si las notas o apuntes de una experiencia vital o profesional estuvieran condenadas por brevedad y llaneza al descuido, a ser menos que los géneros literarios.

Bajo no sé qué procedimiento analítico o malquerencia hacia un(a) autor(a), se pudiera pensar que un libro catalogado como “muy personal” tiene poco que ver o desdice de otras etapas creativas; se pudiera pensar –y esto es peor– que la aparición de un libro como Archivos traspapelados responde a una necesidad de rescate de una escritora que lleva tiempo sin publicar.

Si lo anterior fuera cierto, se esquivaría el motivo. Importa el resultado de lo impreso, pero nada de rescate. Tampoco hay favor. Mirta Yáñez no lo pide. De hecho, los escritores no tienen que ser legitimados por la religiosidad con que (le) publican. La insistencia del escritor es otro asunto. Ahora, su constancia supera la voluntad o indiferencia de una editorial.

Las editoriales, por supuesto, influyen para la construcción o reafirmación de un autor. Las cubanas –lo puedo decir con conocimiento de causa– suelen publicar a escritores conocidos o como condición de haber alcanzado un premio. Felizmente, los comités evaluadores rigurosos y osados sí diversifican el propio catálogo de nuestras casas de libros.

Mirta Yáñez
Mirta Yáñez

Se creería que un autor tiene que estar al margen de cómo funciona una editorial. Todo lo contrario. El autor merece saber el trayecto triunfante o no de su manuscrito. Es un derecho tanto del consagrado como del novel. En este sentido, son varios los inconvenientes a los que tiene que enfrentarse cualquier escritor de este país, así haya alcanzado el Premio del lector, el Premio Nacional de Literatura o sea un desconocido.

De continuo publicada por casi todas las editoriales nacionales y no obstante sus reconocimientos en la narrativa, la poesía y el ensayo, Mirta Yáñez conoce de los procesos, entre percances y azares, del libro (y lo impreso) en Cuba, pues “a pesar de recursos y empeños, no se acaban de lograr libros bellos, agradables a la vista y al tacto, y al olfato. Y si viene al caso a pasarles la lengua… ¿o es que acaso no tuvimos la suerte de tener en nuestra infancia algunos libros que parecían tan hermosos como para comérselo?”. Ella está al tanto del destino de la obra ajena y suya. Bien pudo dar a conocer desde hace años Archivos traspapelados, pero llega el volumen ahora y a esto tenemos que atenernos.

Resalta la soltura que inscribe la opinión narrada. Al llamar “Relámpagos de la creación” a una suma de Josefina de Diego sobre su padre, califica Yáñez su propia prosa. Cuando pide claridad y concisión, tino y sencillez a la crítica literaria es porque viene aplicándoselo. Pero no le basta. De ahí que en otro momento asegure: “El crítico, el investigador, el profesor, cuando lo es de verdad y auténticamente, aporta sus propios demonios”. Otro asunto que atender es el compromiso con los temas y la cautela de sujetarlos desde el inicio hasta el final de los textos. Y, sin embargo, a Mirta no se le ocurre alardear de alguna materia o desatenderla, restarle protagonismo, en virtud de la ineludible expresión. No desdeña ella la posibilidad estética por mediación del lenguaje; posibilidad estética donde apreciamos su revisión de referentes apartados del deleite artificioso o de ese rejuego fortuito de los significantes.

Apuntes, notas, presentaciones de libros, entrevistas, testimonios, anécdotas, la conferencia, el discurso de homenaje, las palabras de agradecimiento… lo transcrito y a veces los retoques, la cita oportuna sin abandonar la voluntad crítica consienten el rigor y la gracia. Apliquémosle el zambraniano juicio: “Así, Cuba para la imaginación española: gracia y levedad, que coincide con la imagen que el cubano tiene de sí mismo, pues ‘pesado’ es el atributo más denigrante, delito casi, en labios criollos. Se puede ser todo pero, ¡pesado!…”.1 Mirta parece ser difícil como persona, mas no le cabe la pesadez intelectual. “Una, como escritora, consciente o no, debiera estar siempre en actitud de transgresión”. Su constante no es tanto la ironía como la insinuante autenticidad. “Sobre Albertico”, por ejemplo, representa un homenaje desde un simulado descrédito. La entrevista a Ezequiel Vieta (“Ezequiel Vieta, el hereje”) es colosal. La disertación sobre Piglia (“Piglia, la inclusión perenne”) es una clase de análisis. En “Desde las calles de La Habana a las calles de Filadelfia” exalta la memoria cual mediación de estos textos, pues “es el gavetero de donde el escritor amuebla sus historias”.

¿Significa el presente libro para Mirta Yáñez una reserva de sus peculiaridades como autora? En efecto. Es como registrar arqueología y seguimiento de sí misma. Con el convencimiento de que el escritor cambia, que puede aspirar y lograr que se le recuerde por lo mejor de su obra, enseña que la valentía autoral consiste también en exponer otros lenguajes de sus vivencias o viceversa. No es casual que sea nuevamente Ediciones Matanzas quien ampare y quede ya enriquecida con Archivos traspapelados. ¿Es secreta su estrategia? En absoluto. Eso sí, solo participa de sus hallazgos quien, leal o curioso, con ella busca. Ω

 

 

Nota

[1] “El estilo en Cuba: la Quinta San José”, en revista Unión, No. 5 / enero-marzo, 2004, p. 34.

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