Mujer de acción y delicadeza

Por Mons. Antonio Rodríguez (padre Tony)

María Cruz García Bellota y su esposo José Ramón Pérez
María Cruz García Bellota y su esposo José Ramón Pérez

Muchos mensajes fueron recibidos por la redacción de esta revista en respuesta a la nota informativa que publicamos sobre el fallecimiento el pasado día 5 de octubre de nuestra querida Maricruz. Todos, más extensos o más breves, elogiaban su rica personalidad, la cual desarrolló como laica en el ámbito de la Iglesia católica cubana. Cada nota leída habla mucho y bien de quien fue María Cruz García Bellota.

La conocí el 15 de agosto de 1986 durante una convivencia interdiocesana del Apostolado Seglar Organizado (ASO). Ella y su esposo José Ramón Pérez, asistían por la Arquidiócesis de La Habana, los acompañaba su pequeño hijo de unos cinco años de edad aproximadamente. Después de esto nos hicimos muy cercanos. En cuanta reunión laical que había, allí estaban José Ramón y Maricruz, binomio de nombres inseparable, que ponía colofón a una vida matrimonial que reflejaba su compromiso familiar y eclesial. Se habían casado el 18 de abril de 1971 en la parroquia del Santo Ángel Custodio y se mantuvieron unidos hasta que la muerte los separó… hace solo dos días.

Maricruz inició su vida laical en la Juventud Estudiantil Católica, perteneciente a la Acción Católica Cubana. Era de esa estirpe de laicas que cada vez escasea más en nuestra Iglesia actual. Como tantos otros miembros de esa organización, tenía identidad laical. Sabía muy bien lo que era ser laico, lo que le pertenecía hacer y lo que no. No pedía cuotas de poder dentro de la comunidad católica. Conocía que su apostolado estaba fuera de las cuatro paredes del templo, en el mundo público, en los ambientes sociales de una Cuba republicana que había nacido constitucionalmente laica, pero no antirreligiosa. Ella era de esa legión de laicos que aprovechaban de manera osada cuanta ocasión se les presentaba para ejercer su apostolado. Tenían un objetivo: salvar su alma y la del prójimo. Vivían una vida ejemplar, que muchos tomaban como punto de referencia. Se sentían orgullosos de lo que hacían sin arrogancias petulantes de pertenecer a la Acción Católica, la cual se iniciaba desde el aspirantado infantil pasando por la especialización de la enseñanza secundaria (en la que se inició Maricruz) para desembocar en los hombres y mujeres de una asociación más madura. Eran hombres y mujeres de Iglesia, piadosos, pero no mojigatos.

María Cruz García Bellota y familia

 

Como norma, cuidaban de sus almas con la asidua frecuencia de los sacramentos de la confesión y la comunión. Sabían que su identidad laical nacía, como aclaró el venerable Pío XII, del bautismo y de la confirmación, que los comprometía con un apostolado activo. Colaboraban con los sacerdotes en aquellas actividades parroquiales que estos les pedían, como podía ser la catequesis. Esa fue una de las primeras y fundamentales labores que Maricruz desempeñó en su parroquia del Santo Ángel Custodio sin anhelar ser protagonista figurante en la comunidad.

Cuando en 1967 murió la Acción Católica Cubana, los obispos crearon una nueva estructura laical, el Apostolado Seglar Organizado (ASO) y Maricruz formó parte de él. De esta manera, ella y José Ramón llegaron a la Reflexión Eclesial Cubana (REC) en 1983. Fueron delegados a la asamblea diocesana habanera en 1985 y, en febrero de 1986, delegados al Encuentro Nacional Eclesial Cubano (ENEC). Al disolverse el ASO, José Ramón y Maricruz fueron los primeros presidentes del recién creado Movimiento Diocesano Familiar, que después se convirtió en el Movimiento Familiar Cristiano. Ambos integraron el consejo diocesano de laicos, sin dejar de trabajar, como era propio de esos tiempos, con el Estado, fieles a su vocación laical. Al jubilarse, Maricruz se desempeñó como secretaria docente en el Seminario San Carlos y San Ambrosio. Esto ocurrió durante los cuatro primeros años del actual siglo. Al mismo tiempo, no dejó de ser catequista y después maestra voluntaria en su parroquia habanera de Monserrate.

Maricruz nos ha dejado un agradable recuerdo, que debe acompañarnos siempre. La finura y delicadeza de su persona y la musicalidad de su hablar pausado no restaron fuerza a sus equilibrados criterios, que sabía expresar a tono con el momento y el lugar. De este modo se presentó ante el tribunal de Dios. Su rica personalidad nos deja con un deseo: ¡Que haya muchas laicas cubanas como Maricruz en la actual Iglesia católica, tan necesitada de ellas!

 

La Habana, 7 de octubre de 2020.

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