Táctica y estrategia

Por: Sandra Gener Serralta

Cuando mi hijo mayor cursaba 5to., grado le preguntamos qué quería como regalo de cumpleaños. De habérmelo preguntado a mí con su edad, probablemente hubiese dicho: “Un juego de yaquis o de parchís… ir al cine… una grabadora”. Como varón, a diferencia de mí, naturalmente esperaba que hubiera contestado: “Una pelota… un guante… un casete de animados nuevos… patines”, incluso los que habría pedido yo. Cuando me respondió: “Un juego de cartas originales de YuGiOh”, quedé sin aliento.

Buscaba y rebuscaba en mi memoria, sin encontrar nada con nombre similar, mucho menos que se apropiara para regalo de cumpleaños (barajas españolas, americanas tal vez, pero ¡¿estás?!). Casi al unísono su papá y yo nos miramos en un gesto que intentaba disimular nuestro desconocimiento, al tiempo que parecer a su vista padres inteligentes y a la moda… como una especie de complicidad de emergencia ante el impacto de sabernos ignorantes frente nuestro propio hijo.

Aquella frase directa y espontánea, fue dicha además con todo el derecho del primogénito a la libre expresión y ejercicio de autonomía que estimulamos siempre, como parte de nuestro estilo educativo. Nos asistía la intención de formar en él y en su hermano una identidad propia, sólida, libre, responsable, capaz de servirles de fortaleza emocional y espiritual para el presente y el futuro.

Sin embargo, aún, al parecer no estábamos listos para enfrentar la oleada esnobista, mediática y tecnológica que se avecinaba, y para la cual nuestra intención era sobradamente buena y comprometida, pero el efecto estaba por comprobarse. En lo que tardaba el fruto de nuestra cosecha, en mi mente rondaba aquella frase que le escuché al psicoanalista argentino Alfredo Grande “…el concepto de perro no ladra”: no basta con la intención, más allá del objetivo hace falta una estrategia que lleve a resultados concretos.

La información de que disponíamos en ese momento se reducía a comentarios, especulaciones, padres en consulta alarmados; indignación, quejas y métodos coercitivos de algunos maestros para restringir y/o eliminar el uso de aquellas cartas amenazadoras de la tranquilidad adulta. Decidimos, por tanto, informarnos, y con quién mejor que con nuestro propio hijo. Era también una máxima formativa nuestra cultivar un vínculo personalizado que nos permitiera conocer acerca de su conducta y decisiones, directamente por ellos y no a través de terceros.

Nos explicó en qué consistía el juego, del que solo conocíamos aquellas raras y coloridas cartas, y la forma en que el niño pasaba horas absorto en él y enseñándoselo a otros. Consiste en un duelo entre dos o cuatro personas. Cada duelista dispone de una baraja de cartas nombrado deck con un mínimo de cuarenta y un máximo de sesenta, y ocho mil puntos de vida iniciales a su favor. El duelo lo gana aquel que reduzca a cero los puntos del adversario u oponente, o su mazo, baraja o deck a ninguna.

Acorde a lo que sabíamos sobre las características y necesidades de la edad, el juego las satisfacía totalmente: socialización, posicionamiento dentro del grupo de coetáneos, empoderamiento incluso, sin contar el entrenamiento de memoria que le exigía aprenderse las características y el efecto de más de cinco mil cartas diferentes, así como todas las posibles combinaciones de estas en una estrategia que permitiera llegar al objetivo final.

Desde el punto de vista cognitivo según lo que ya conocíamos, integraba todos los estímulos para un aprendizaje integral unido al desarrollo intelectual y emocional de los chicos, conclusión no solo resultante de la observación sino también de la experiencia: lo jugamos, imprimimos decks y campos (especie de plano de cartulina donde se colocaba el deck), vimos la serie, nos asesoramos con muchachos y muchachas que ya eran expertos, incluso, ¡padres de familia! Las cartas variaban en alcance y restricciones o libertades en cuanto a su efecto, además de que con cierta frecuencia salían otras nuevas. Supongo sería un ingrediente de los creadores para impedir el aburrimiento o monotonía cuando se juega mucho de lo mismo, lo cual obligaba a actualizarse constantemente.

Juro que queríamos comprárselas, a pesar del precio que no era bajo (40 o 50 dls las originales, hasta 4 CUC las copias) … ¿por qué no? ¡Veíamos a nuestro hijo tan feliz! Nuestro rol de padres comenzaba a verse retado por un fenómeno sin precedentes, a la vez que era nuestro deber acompañarlo y guiarlo en la nueva aventura.

Las cartas de YuGiOh se salían de lo que conocíamos como cartas tradicionales, pero al menos seguían desplegándose en un espacio de contacto humano, de interacción y socialización sana entre niños y jóvenes. De manera que decidimos comprárselas, previo acuerdo de que sería con tres condiciones: serían las baratas, nada de llevarlas a la escuela, y si veíamos algún problema asociado a ellas, les serían retiradas. Y aceptó.

No solo se las compramos, sino que, además, creamos una infraestructura para propiciar y facilitarles a nuestros hijos (ya el menor también se había enrolado) las condiciones mínimas de disfrute y aprendizaje durante el juego: espacio, horario, meriendas para el grupo de duelistas, sesiones de impresión y selección de los decks. A la vez, estar así de cerca nos daba la posibilidad de monitorear el proceso y la autoridad de mantener como padres una vigilancia adecuada sobre el efecto de este fenómeno, que ya más que un juego se convertía en una filosofía de vida.

Como adultos responsables de protegerlo comenzamos a evaluar riesgos: ¿y si esas cartas contenían algo que le dañara psicológicamente?, ¿y si en la escuela o durante el tiempo que no estábamos presentes alguien con interés de lucro le proponía negocios o cambios, o lo estafaba, teniendo en cuenta que ya era un producto que se prestaba para mercadeo?, ¿y si el rendimiento de nuestro hijo se viere afectado al dedicar tantas horas a esta práctica?, ¿y si…?

Cuando más tarde aparecieron Starcraft, Call of Duty, el juego de la FIFA y más actualmente DOTA (Defense of the Ancients), el reto aumentaba, ya que la modalidad del juego digital cambiaba trascendentalmente y de manera abrupta la relación personal con ellos. Y aquí ya el reto se complicó. Podíamos esperar las contiendas propias de las crisis en las edades, las perretas, los antojos infantiles y adolescentes como tendencia natural de afianzar su autonomía. Eran esperables las tradicionales mentiras para evadir las normas de disciplina establecidas por la familia, las quejas de maestros o de vecinos por alguna trastada, oposiciones intergeneracionales, etc.

Pero esto de que una máquina, un aparato, computadora, nintendo, play station, o celular provocara que nuestros hijos estuvieran veinticuatro horas apegados a una práctica (a nuestro modo de ver, no el suyo) monótona; absortos en un mundo cuyo lenguaje, frases y esquemas operativos de pensamiento y acción sui generis, eran totalmente extraños e incompatibles con los del nuestro, pero que al mismo tiempo tenían en sus códigos valores que ni la escuela estaba ya reforzando, como los del trabajo en equipo, la colaboración, la solidaridad, la honestidad, el respeto por el otro y el esforzarse por llegar siempre más allá de lo que se creían capaces, nos hacía dudar de si prohibirlo, o aceptarlo con ciertas restricciones, o negociarlo…

Entre pros y contras transcurría la vida familiar intentando adaptarse a tanta cosa desconocida. Si bien para nosotros significaba tranquilidad y seguridad tener a nuestros hijos, primos y amigos socializando y compartiendo en casa, se nos dificultaba comunicarnos con ellos, se alteraban los horarios de actividades rutinarias como los del baño, la comida, el sueño, el compartir con la familia paseos y veladas, su actividad física, todo lo cual nos dejaba en desventaja en cuanto a tiempo de influencia para modelar su formación, bastante reducido ya por las casi cincuenta horas semanales de permanencia en la escuela.

Muchas y de variados enfoques son las investigaciones que ya han sido realizadas, con información contundente sobre el impacto de la tecnología en nuestro medio, no tan así las que revelan herramientas para amortizarlo. Según la ponencia “Acoso al alcance de un click: aproximación a la violencia de género en entornos digitales”, presentada por la Dra. Dixie E. Trinquete Díaz, periodista y profesora auxiliar en la Facultad de Comunicación (FCOM) de la Universidad de La Habana, en el Simposio Internacional CIPS 2019, la agencia creativa We Are Social con sede en el Reino Unido y especializada en social media, anuncia que a fines de 2018 más de la mitad de cubanos se conectaba a Internet: 6 470 000, para un 56 % de la población del país, y alrededor de un 75 % de los usuarios de Internet menores de veinticinco años contaba con un perfil en alguna red social.

El ascenso de Cuba en esos conteos estadísticos ha sido vertiginoso, y señala la autora en el propio estudio que somos el decimosexto país con mayor avance en el crecimiento porcentual de conectividad. Sin embargo, conjuntamente con ello, la complejidad que nos desafía es la modificación estructural de la sociedad que resulta de acceder a nuevas formas de producir y expandir el conocimiento, así como el modo en que el uso y consumo de la información dicta cómo se establecen nuevos tipos de relaciones interpersonales, básicamente dentro de la familia, máxime cuando la tecnología en la información ha traído otras formas de organizarnos como son las redes sociales y las comunidades virtuales.

En el propio simposio, la psicóloga MSc. Nilza González Peña, especialista del Departamento de Dibujos Animados del ICAIC presentó el estudio realizado en escolares primarios “Mediación de los adultos en el consumo de videojuegos”, cuya conclusión más relevante es la de identificar y colocar a los adultos como mediadores por excelencia en la relación que establecen los niños con las diferentes modalidades tecnológicas, más específicamente los juegos digitalizados. Es responsabilidad total e intransferible de los padres, tutores y maestros, seleccionar adecuadamente tanto el tiempo de exposición de los niños y adolescentes a esta modalidad tecnológica, como la calidad y contenido de la misma. Sin embargo, aún son invisibles los riesgos que perciben las familias, si bien se valoran más las ventajas de esta opción, como lo es el hecho de que los infantes “están tranquilos y no dan guerra”.

Dado que los contextos digitales reproducen patrones de comportamiento basados en relaciones desiguales de poder, su plataforma de funcionamiento, basada a su vez en la inmediatez y el anonimato, exponen a todo consumidor al riesgo de convertirse en víctima de bulling y/o acoso, pero con más agudeza a niños y adolescentes, consumidores más permanentes de la Internet y la telefonía móvil. Esta realidad afianza la necesidad y urgencia de nuestro acompañamiento, autorresponsabilidad en informarnos y actualizarnos, a la vez de ayudarles a ver las oportunidades que nos ofrece.

El aprendizaje mediante la experiencia, entendida como la participación implicada y consciente en cualquier circunstancia vital, donde las decisiones que vamos tomando construyen de modo más o menos efectivo el resultado esperado o deseado, no es sustituida por ningún otro tipo de aprendizaje.

La anécdota con que inicié este escrito es una experiencia personal. Describe a grosso modo el proceso mediante el cual pasé de ser una simple expectadora de la relación de mis hijos, sus primos y amigos, con esa revolución humana actual originada a partir de la revolución tecnológica, a ser una acompañante activa y facilitadora de una maravillosa experiencia de aprendizaje, con aciertos y desaciertos, temores y certezas, ganancias y pérdidas, como naturalmente es para que sea de verdadero provecho y crecimiento.

Pudiera ser la historia de cualquier madre cubana, profesional o no, comprometida con la misión de cultivar en sus hijos valores auténticos de los que nutrirse y a la vez ofrecer a la sociedad donde viven. No pretende para nada trazar pautas de cómo los padres deberíamos comportarnos respecto del tema. Mucho menos tiene la intención de erigirse como criterio autorizado en una temática tan compleja, sino solo lanzar luces a lo que yo resumiría en: “cómo seguir educando para bien, no ‘a pesar de’ sino ‘además de’ la invasión tecnológica en nuestra vida presente”.

Disponerse a comprender que es más sabio y estratégico aprovecharla a favor, como herramienta para la formación –lo cual, como es natural, presupone un cambio de paradigama en pensamiento, actitud y acción– y no como un obstáculo contra el cual competir, creo que, en esencia, puede ser el mensaje propuesto a través de este recorrido.

Cuando mi querida y bien ponderada amiga Yarelis Rico me convocó a volcar un poco de ideas sobre este papel, o mejor dicho, sobre este teclado, se me ocurrió preguntarles a mis hijos qué les había aportado aprender a jugar YuGiOh, y sus respuestas fueron las siguientes:

“Esa fue la primera vez que yo realmente interactué con personas, aparte de mi hermano, en la escuela, en la casa, en más lugares… no tenía que ser específicamente alguien con quien yo jugaba todo el día, que claro, era mi hermano… aprendí a comprender más cómo funcionaban los entendimientos de otras personas, de qué tan buenos haciendo estrategias para cualquier cosa, podían ser, lo mismo una estrategia para estar en su casa, para jugar, que para conversar con otras personas; la manera en que organizaban lo que iban a decir, cómo estaba organizado lo que iban a hacer, o lo que ya habían hecho, organización mediante la cual yo podía perder o ganar, cosa que yo también tenía que tener en cuenta, la forma en que yo organizaba las cosas… también me ayudó cantidad en el cálculo: la suma, la resta, matemática de la buena, no la que me exigían en la escuela… de mí me enseñó lo lejos que puedo llegar cuando me vea en aprietos, activando alguna estrategia de magia o de trampa” (D.A., 15 años).

“Me ayudó a ser calmado, a esperar la jugada, a planificar bien las cosas, no precipitarme a jugar, esperar bien cuando se dan las cosas, cuando quería jugar rápido porque quería ganar, me daba cuenta de que no, de que había que esperar la jugada… me ayudó a aprender mucho inglés, porque cuando tenía que explicarles a otros el efecto tenía que traducir…” (D.E., 20 años).

Para mí, son testimonios de una intención educativa traducida en efecto y me bastan como evidencia para agradecer, a los creadores del juego por haber labrado una parte de mi cosecha, y a Yarelis por animarme a recuperarla. Entre agradecimiento y orgullo, si para bien fue, pues que para bien siga siendo. Ω

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