La generosidad del polen rojo

Por: Daniel Céspedes Góngora

La manera en que la directora Jessica Hausner (Flora, Inter-View, Lovely Rita, Hotel, Lourdes…) distancia en Little Joe (2019) el nombre de los actores no parece tan significativo, porque el largometraje británico-austríaco apenas está en sus inicios. Lo que sí llama la atención de inmediato, es cómo la banda sonora desconcierta en un chirrido creciente, que recuerda la vibración o canto de las cigarras. Este insecto, que se alimenta de la substancia de árboles y plantas, presenta sus distinciones según el género: la hembra pone sus huevos y casi al instante muere, mientras el macho es el que se entona para atraer. Pero cuando el entonamiento es excesivo, su propósito principal puede quedar en la tentativa. Su ganancia no controlada es su desventaja. Por otra parte, la cigarra muy joven se sepulta y, cuando emerge o muda su cuerpo, entrega un espectáculo visual de la naturaleza. El abrir sus alas, el cambio de color y el tamaño de su cuerpo denotan la aparición de un nuevo ser. Cuanto apreciamos en su apariencia es tan sorprendente, que solo un especialista alcanza a comprender algo de las funciones internas del insecto. La banda sonora evocará los timbales y las cajas de resonancia de las cigarras, si bien es una planta hecha en un laboratorio, el punto de partida que desencadenará los hechos conflictivos del relato.

Little Joe

En el comienzo de la trama advertimos a un equipo en el cultivo experimental de una planta cuya flor es azul. Se quiere que su polvillo produzca la sensación de felicidad a quien lo inhale. Será una planta específica para cada ser humano que decida acogerla en su hogar. Más que mascota o elemento decorativo, cuanto se pretende es que devenga amiga para atenuar la soledad e incluso sea una suerte de adiestramiento para el amor. En el mismo invernadero, la científica Alice (Emily Beecham) ha sembrado una variedad distinta: presenta parecido tallo, pero desprovisto de hojas, aunque la diferencia principal se concentra en su flor roja.

Alice explica que es una especie estéril. Emancipada de la reproducción, la muestra propicia discusiones concernientes a su efectividad. Su independencia no impedirá que cumpla la función de hacer feliz a los seres humanos, argumenta la botánica. Se llamará Little Joe, en alusión a su hijo (Kit Connor), quien tiene ya un espécimen en su casa. “Lo que es realmente importante aquí, son los posibles alérgenos de este polen. Quiero decir que eso sería un regalo a los Greenpeace. Una planta diseñada genéticamente que esparce alérgenos desconocidos. ¿Perdón?”, le plantea uno de los colegas de trabajo. Una planta –le faltó añadir– que produce una alarmante flor roja. Pero él, incapaz de estimar sus atributos externos, está lejos de imaginar la hipersensibilidad de Little Joe.

El rojo, en contraposición con el verde, es un color simbólico predominante en la escenografía y en varios complementos de los personajes, como zapatos y ropas; también sobresale en asientos, tonalidad de paredes… Repárese en los colores de los abrigos que llevan puestos Joe y su padre el día de pesca. Acaso pudiéramos sospechar del empleo del rojo con un fin solo estético, como cuando el chico mira sentado por el monitor a los botánicos. Los asientos son púrpura, como sus zapatillas. Mas, cuando el personaje de Chris (Ben Whishaw) se esteriliza y observa a aquel, le celebra su calzado. La situación nos convida a mirar de nuevo la sincronía del rojo en el salón, además de reafirmar la atracción de Chris por la madre pelirroja del niño y la posterior preferencia del hombre por la flor roja a la azul. En principio, los diversos matices del rojo convergen para dinamitar concepciones alegóricas asociadas al amor, la pasión, la vida, la perdurabilidad y hasta lo ético y políticamente correcto.

Little Joe

Ahora, por encima de todo, lo que se cuestiona es el concepto de un bienestar generalizado, visto como ideal por homogéneo. ¿Preocupa cuanto hay detrás de un similar punto de referencia y reverencia, el cual condiciona una única manera de actuar y relacionarnos? Pues claro, más cuando ser no es cuanto importa, sino parecer al menos hasta que se piense y proceda de igual forma. Si el ser humano no consigue determinada felicidad por común acuerdo, ¿entonces es preciso fabricarla a como dé lugar? Importará tanto las sumas como las consecuencias.

Luego de lograr la coincidencia o el equilibrio en términos de acatamiento o sustitución de quién merece nuestro tiempo, ¿a qué nos exponemos como especie? En este sentido, Little Joe, hoy un relato de ciencia ficción, alerta sobre los riesgos existentes de ser avivados por una “oportuna” aproximación, donde el sujeto, consciente de su diferencia, pero sin plazo ya para defenderla, sea rechazado, cuando no condenado por el conjunto civilizador.

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