Las islas apacibles: tópicos de la insularidad en la poesía de Eliseo Diego

Por: Rubén Ricardo Infante

Eliseo Diego
Eliseo Diego

En la poesía cubana es apreciable un tema constante a lo largo de su historia: la condición insular. En autores del siglo xx, pueden distinguirse algunas definiciones sobre la isla y el sentimiento insular, quizás el más referido sea el de Virgilio Piñera, con “la maldita circunstancia del agua por todas partes”, mientras que, para Gastón Baquero, la isla era “patria sonora de los frutos”, y para José Lezama Lima era una “fiesta innombrable”.

Alrededor del grupo y la revista Orígenes (1944-1956), se nuclearon otros poetas de mucha significación para la historia de la poesía cubana, uno de ellos es Eliseo Diego (1920-1994). En los fundamentos del grupo se encuentra Cuba como isla, pero este grupo de poetas pretende –y logra– situar a la isla en una dimensión trascendente, de modo que lo insular es parte indisoluble de las poéticas y conceptos de la poesía de cada uno de los diez miembros fundamentales del grupo.

Aunque en la obra poética de Diego no podemos reconocer un postulado de igual síntesis respecto a la condición insular, el autor sostuvo en sus textos una recurrencia tentativa a la descripción de espacios que refieren a la isla y sus bordes. Pues si tomamos como punto de partida su poemario más conocido, En la Calzada de Jesús del Monte1 encontraremos múltiples reminiscencias a un espacio aislado, sea la casa, la ciudad, la propia isla…, aspectos que nos permiten apreciar un sentimiento tácito hacia la expresión de la condición insular.

La fuerza de cada uno de los textos que integran este libro es notable, son expresivos de un poeta que sabe manejar las palabras, que domina en sus manos la multiplicidad del lenguaje y el peso que le concede en la ubicación de cada poema en función del discurso lírico que el libro ostenta.

La recurrencia a estos tópicos confirma la hipótesis planteada anteriormente acerca de cómo el poeta recurre a diferentes formas que aluden a la isla: la luz del trópico; la nostalgia por espacios reales o imaginarios; las naves como símbolos del viaje y el pasajero que viene en ellas; las aguas que se conducen presurosas por ríos claros o se acumulan en mares; las olas que llegan hasta puerto seguro…, algunos de estos tópicos se relacionan entre sí y le confieren al poemario un potente discurso acerca de la insularidad, la identidad y la visión personal del poeta sobre el espacio que habita.

Algunos de estos tópicos aparecen de manera directa y nos permiten un análisis en función de los objetivos de este estudio, donde intento advertir la manera en que Diego ha conformado una visión de la isla y sus contornos. La marca de la insularidad se sostiene como una constante en el discurso lírico nacional, quizás sea la principal característica dentro del tractus de la poesía cubana y su acentuada identidad.

El sentimiento de pesadumbre queda manifiesto cuando refiere otra visión de la isla, canto a la angustia insular ahora rodeada de la fe católica, con la certeza de un poder divino, temática muy cercana a otras apreciaciones de los origenistas: “Cómo pesa mi nombre, qué maciza paciencia para jugar sus días / en esta isla pequeña rodeada por Dios en todas partes, / canto del mar y canto irrestañable de los astros” [p. 12].

En otro fragmento, compara la isla como espacio geográfico con la isla que simboliza cada cuerpo, cada muerte: “aquella irreparable jerarquía / de la madera, la voz y el arduo fuego / en la redonda isla del velorio” [p. 21]. Sobre las islas volverá en el penúltimo texto del libro, allí enuncia: “…las islas apacibles sueñan / tejiendo las nevadas barbas del mar con sus cabellos / un amoroso lienzo a las estrellas agradable” [p. 90], fragmento del cual he extraído el título para este breve dedicado al poeta en su centenario.

Las naves como símbolos de viaje quedan referidas en varios poemas del libro, desde el primer texto, titulado “El primer discurso”: “Redondas naves despaciosas lanudas de celestes algas / daban ganas de irse por la bahía en sosiego / más allá de las finas rompientes estrelladas” [p. 11].

El viajero, individuo que busca en otras tierras un destino mejor o viaja por el simple placer de descubrir otras costumbres, queda referido en dos fragmentos muy ilustrativos del poemario. En “El desconocido” menciona: “Pasajero de blanco y suave lino / a quien la tarde borra entre sus oros, / con ágil paso y mágico decoro / te nos vas a la noche y tu destino” [p. 59]. Sobre su vestimenta también escribió unas páginas anteriores: “…alguno que otro pasajero en traje de domingo” [p. 52].

En la Calzada de Jesús del Monte sostiene un discurso insular desde la reflexión sobre las aguas, aguas que aparecen como un motivo poético y se convierte en una presencia recurrente. Al principio es “…el ruido de las aguas que hacia el origen se apresuran” [p. 11], o “el agua santificó mi garganta” [p. 25], o el momento donde “…anochecían las aguas dulces en el filoso cauce, / sombra de aguas sola entre sombras cegadas” [p. 30].

El libro es también expresivo de otros tópicos que valdría la pena referir en otras apreciaciones, a partir de sus versos dedicados a la casa y la ciudad, como espacios urbanos donde transcurre la vida familiar y social; igualmente, la muerte es una temática recurrente dentro del cuaderno.

En la Calzada… es parte de una poética personal que distinguió a Eliseo Diego en el momento de “definición mejor” de la poesía cubana en el siglo xx, donde la confluencia de voces marcaba el destino de una época. El homenaje al poeta en su centenario es celebrar el legado de su poesía y el de su generación, porque Eliseo logra la definición del sitio en que tan bien se está. Ω

 

 

Nota

1 Todos los fragmentos referidos están tomados de la edición de Letras Cubanas, La Habana, 1993.

 

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