El que nos sueña a nosotros

Por: Teresa Díaz Canals

Hay una anécdota de un filósofo representante de la escuela cínica, Diógenes Laercio, que siempre me gusta recordar, por manifestar de una manera atrevida la libertad de expresión. Este hombre sin patria, sin casa, vagabundo –quien arrojó su vaso y su escudilla al observar a un niño beber en la palma ahuecada de su mano y comer sobre la superficie de un pan– fue interpelado en una ocasión por Alejandro Magno, quien se paró delante de él y le expresó que pidiera cualquier deseo, a lo que Diógenes contestó: “Apártate, que no me dejas ver el sol”.1
Hace un tiempo me encontraba en la zona de Coppelia y un señor comenzó a gritar improperios muy fuertes que me da miedo repetir, porque eran dirigidos contra el poder, por supuesto, se trataba de un enfermo mental. A lo largo de la historia ha existido un intercambio entre locura y razón donde ha prevalecido el lenguaje de la psiquiatría, que devino en una especie de monólogo de la razón sobre la locura.
En las tragedias de Shakespeare el mal no es únicamente externo, resultado de la casualidad o el destino. El rey Lear representa al héroe trágico destruido porque hay algo en él que contribuye a su propia destrucción. La obra describe las consecuencias de la irresponsabilidad y los errores de juicio de Lear, gobernante de la antigua Bretaña, y de su consejero, el duque de Gloucester. El trágico final llega como resultado de entregar el poder a dos de sus malvadas hijas por partes iguales y no a la tercera, Cordelia, quien manifiesta un amor capaz de transformar el mal por el bien; sin embargo, esta última muere al final, lo que demuestra la idea de que el mal no se destruye a sí mismo. Es interesante observar la presencia de un personaje en esta obra: el bufón o el loco, payaso que entretiene a Lear, pero al mismo tiempo le hace ver la estupidez de sus actos.
Erasmo de Rotterdam, el autor de Elogio de la locura, escribe en un mensaje al teólogo Martín Dorp (1485-1525): “No hay peligro para nadie en imaginar que los apóstoles y el mismo Cristo estaban locos en el sentido literal”.2 En su conocido libro, Erasmo niega la línea divisoria entre razón y sinrazón, trata a la locura en su cordura real.
Una vez a nuestro José Martí lo llamaron también desequilibrado y le añadieron incluso un adjetivo: “loco peligroso”. Hace un tiempo le enseñé a mi madre –quien padecía de demencia senil severa– una revista de Palabra Nueva para entretenerla: “¿quién es éste?”, le dije. Era una foto del Apóstol. Sabía muy bien que no me iba a decir su nombre, pues para ese entonces no reconocía ni a sus propios hijos, pero respondió lo siguiente: “El que nos sueña a nosotros”. Me quedé consternada, la locura puede a veces convertirse en una forma elevada de sabiduría, a menudo habla y dice la verdad.
Este año 2020 debemos atender con énfasis las reflexiones del Papa Francisco acerca de este período de cambio cultural. Tuve la oportunidad de asistir el pasado 1ero. de noviembre de 2019 al evento “Hacia una cultura del Encuentro. Cambio de época: retos y desafíos”. Fue maravilloso escuchar las intervenciones de los invitados Massimo Borghesi y Rodrigo Guerra, esclarecedoras y llenas de esperanza sus ponencias. La fe otorga un conocimiento que desborda la razón descriptiva, es una especie de amistad, de certeza de una presencia en nuestras vidas. Mi madre, antes de partir a la eternidad, me transmitió algo muy importante para los cubanos todos: Martí nos sigue soñando. Ω

Notas
1 Hay otra versión de las palabras de Diógenes: “Apártate de mi sol”. Véase Brice Parain et. al.: Historia de la Filosofía. La filosofía griega, volumen II, México D.F., Siglo XXI Editores S.A., p. 261.
2 Erasmo de Rotterdam: Elogio de la locura, Madrid, Alianza Editorial S.A., 1986, p. 164.

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