Yo soy de La Habana

Estadio-Habana
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La Habana, mi ciudad, esa propiedad que comparte este escriba con al menos un par de millones y algo más, cumple quinientos años. El obvio motivo enciende el motor de las palabras y allá vamos a la remembranza, con algo de recuento, y hasta de futuro, para sumar en el cocido.
Tengo la dicha de ser nacido y criado en La Habana. Dicha porque, visto en perspectiva y aunque sea una absoluta consecuencia del azar, me alegra ser capitalino. Por entonces, después de la ocurrencia de uno más de esos horribles sucesos de reminiscencias burocráticas nombrados como nueva división político administrativa, la nuestra se llamaba Ciudad de La Habana.
La importancia de tan pueril evento, ser habanero, alcanzó sus primeras dimensiones de importancia, aunque con escasa alegría, cuando pasé mis años de servicio militar. Allí, aunque abundaban los habaneros (quiero decir, los habaneros de la capital, porque los otros habaneros, casi sin derecho al linaje provincial, provenían de un sitio condenado eternamente a la inferioridad llamado “Habana campo”), también tropezamos por vez primera con innumerables no capitalinos. De hecho, más que sus gentilicios de provincia, los nombres de Los Palacios, Sandino, Quivicán, Güira y San Antonio se nos aparecían por vez primera en la imagen de sus pobladores como lugares reales, posibles, vivos e incluso habitados.
Más tarde, en la Universidad, la misma sensación de defender un gentilicio, o más bien una actitud, la de ser habanero, cobró mayor vigor. De hecho, en mi grupo de condiscípulos, de veintiún integrantes, solo siete éramos de la ciudad. Esta vez, el proceso sí venía acompañado de mayores alegrías y simpáticas connotaciones, dada la eterna lucha nacional entre La Habana y el resto, o sea, los “guajiros del campo”, a pesar de que las amigas, de Ciego de Ávila, de Santa Clara o de Granma, no clasificaran en modo alguno para ser catalogadas de guajiras, más que como mortificante y risueño adjetivo, y aunque se descubra pronto que la novia pinareña no ha visto un sembrado de tabaco en su vida, más que desde las ventanillas de las guaguas, pues ha vivido siempre en el asfalto de la ciudad cabecera.
Claro, era un asfalto como de segunda, porque era “de allá”. Entonces, los “de aquí” mostrábamos las dotes de acentos, palabras y hasta gustos y concepciones diferentes. Los valores agregados del conocimiento de la ciudad, en aquellos especiales años de bicicletas y parrillas habitadas por preciosas muchachas, nos tornaban a veces en omnisapientes Virgilios, sabedores y guías de cada círculo infernal o celestial que hubiera en la ciudad. “Pregúntale a este, que es de La Habana”, era frase común ante alguna duda geográfica.
Ser habanero, además, y aquí sí hay intervenciones divinas (y de seguro demoníacas), implicó también una apuesta del alma. El hecho, una decisión donde solo las más recónditas y poderosas deidades tienen competencia, es la elección del equipo de pelota al que se seguirá de por vida y sin remedio, a pesar de todos los pesares. Seguir al equipo diabólico, siempre elegido y siempre condenado, que representa a la capital, no es un acto que deba tomarse a la ligera. Llámese Habana, Ciudad de la Habana o el al fin, y ojalá para siempre, rescatado Industriales, tal decisión ha costado a este escriba lo mismo amarguras sin fondo que alegrías de dimensiones cósmicas.
Soy de los afortunados que vio en vivo, en una minúscula pantalla en blanco y negro rodeada de furiosos industrialistas que casi hacen estallar la sala, el mitológico jonrón de Agustín Marquetti que daba a los azules un campeonato nacional después de trece largos años, mi edad por entonces. Fue la primera vez en mi vida que MI equipo ganaba y fue un gozo inenarrable. Algo semejante ocurre ahora. Los industrialistas nacidos en el 2010, o un poco antes, nunca han visto ganar a su equipo o al menos no lo vivenciaron a conciencia. Por fortuna, la vida me regaló luego la posibilidad de ver triunfar varias veces a los azules (y también el sufrimiento de verlos perder estrepitosamente, muchas veces cuando tocaban ya el campeonato con las manos) en la década del noventa y en la primera del 2000. Puede significar poca cosa, pero haber visto jugar a Medina, a Marquetti, a Vargas, a Padilla, a Germán, a Javier, al primero villano un año y luego, merecido premio, decisor de campeonato Enriquito Díaz (y luego a Tabares, a Mayeta, últimos guerreros de un linaje de glorias que parece apagarse), fue una fiesta innombrable.
Nacer en La Habana implica también reconocerla, como parte propia, en las muchas canciones y poemas, nuestras y foráneas, que se le han escrito o donde se le menciona. Todavía me hace sonreír la inimitable guapería vocal del gran Oscar Valdés cuando asegura, casi espeta, que “¡eh, eh, yo soy de La Habana!”. Y luego, para no dejar lugar a dudas, el atronador ritmo de los metales de Irakere lo reafirma en cada vez que se repite el coro. Algún mínimo, casi infantil, pero también tangible orgullo aflora cuando Joaquín Sabina canta: “He llorado en Venecia, me he perdido en Manhattan. He crecido en La Habana, he sido un paria en París. México me atormenta, Buenos Aires me mata”. Aunque en su caso, claro está, el flaco de Jaén remate la estrofa diciendo “pero siempre hay tren que desemboca en Madrid”. La ciudad, desde los versos, se lastima también en el adolorido reclamo de Carlos Varela, cuando casi suplica, “Habáname”; flota en las ingrávidas sábanas blancas, de Gerardo Alfonso; o cede y se confiesa en el nunca curado diagnóstico del genio de Juan Formell cuando dictamina que “La Habana no aguanta más”.
Nacer en cualquier parte trae consigo, además, que hay que adueñarse de sitios, que los recuerdos tienen geografías propias, que hay lugares donde hubo nombres, sucesos y personas que los tornan relevantes. No son pocos los paraísos prestados, cuatro paredes para la gloria, que gracias a la generosidad de los amigos pudo este redactor bendecir con sus amores. Algunas calles, algunos parques, tienen huellas de mujeres, de cuerpos y labios que ocurrieron, terminaron o incluso nunca fueron. Algunas escuelas cuidan en sus aulas y pasillos los génesis de saberes, destinos, amistades y amores.
Mi Habana propia es la de mi calle infantil, edén de jonrones y goles. Es aquella de los descubrimientos adolescentes, mudanza y nuevo barrio, donde algo del adulto de hoy empezó en serio a florecer, y a construir profesiones, amigos y sueños. Es la del interminable Malecón, umbral o reja según se mire, que nos separa del mar y se ofrece como palco para ver los mejores atardeceres o como el último argumento ante las más iracundas y feroces marejadas. Allí, en el muro donde nos mojó alguna vez un beso o una ola, y hasta un arrecife celoso se cobró a mordidas un amor desnudo y furtivo, algún pedazo de piedra viva, un trozo de ciudad, le pertenece a cada habanero o habanera. Mi Habana es el odio agradecido a los interminables y sucios portales de las calzadas de Monte o de Diez Octubre, donde no hay árboles (salvo los troncos que apuntalan techos exhaustos), y donde todavía la demasiada luz alza otras paredes con el polvo, como profetizara Eliseo Diego. Mi Habana son los adoquines tímidos que todavía en algunas calles del Vedado derrotan al asfalto, escoltan soledades, páginas escritas y mujeres al lado, cintura en mano. Mi Habana es la del silencio de las madrugadas, la de la bulla terrible y maleducada, la del sol aplastante, la de las carencias y suciedades y repetidos absurdos casi sin remedio. Una ciudad donde se habita es un largo inventario, que crece al paso de los años, de lugares que ya no están, de nombres idos y vacíos y también de los que, casi como uno mismo, permanecen en desesperada resistencia.
Quinientos años después, el ángel de esta ciudad, esa magia impalpable pero cierta donde se mezclan en amalgama las personas y las piedras, por suerte sigue con vida. Cojea un poco de una de sus alas. Esa donde carga la desidia, las sombras, los males y oscuros que se han acumulado. En la otra, todavía anida la alegría, la esperanza, la fe por mañana. Pongamos todos, y para bien de todos, algo de nuestra propia luz sobre las alas de La Habana. Quizás todavía estamos a tiempo de que logremos, a pura claridad, que levante otra vez el vuelo.

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