Notas del año de la COVID (13)

Por: José Antonio Michelena y Yarelis Rico Hernández

Ilustración: Ángel Alonso
Ilustración: Ángel Alonso

Transitamos por el noveno mes del año lidiando con la Covid-19. Hubiéramos querido vivir todo este tiempo en una cápsula, en una cámara hiperbárica, en hibernación, y salir afuera solo cuando todo pasara. Pero han sucedido tantas cosas en la aldea global en estos siete meses… Y qué es la vida sin la experiencia del día a día, de lo que acontece y nos acontece.

Por muy aislados que estuviéramos, no podíamos estar sin escuchar el latir del mundo, las múltiples historias, desde el origen y la propagación del nuevo coronavirus y el seguimiento a la crisis sanitaria, hasta los efectos sociales por la asfixia de un afroamericano por un policía en Minneapolis. ¿Acaso no es todo un solo relato?

En la Isla no hemos estado ajenos a los sucesos de afuera, pero también adentro han pasado cosas. Y para todo hay criterios y posicionamientos que provocan desencuentros y choques cuando aflora la intolerancia, las voces que gritan más alto porque quieren ser las únicas escuchadas, las que se creen portadoras de la verdad.

Palabra Nueva ha querido compartir las expresiones de un grupo de voces diversas para ofrecerlas a sus lectores como una muestra de las experiencias personales y colectivas que se han vivido en este año bisiesto tan peculiar y asombroso, este veinte-veinte convertido en cuarent(en)a.

Hemos solicitado a esas personas que nos narren sus vivencias en estos meses, cómo han transcurrido sus días, de qué manera han enfrentado los desafíos y qué lectura hacen de lo acaecido, cuáles son sus ideas al respecto.

 

No temas

Por seminarista Juan Carlos Pañellas

La serenidad ha sido en todo este tiempo inusitado, una constante en mi experiencia emocional y espiritual. Gracias a Dios, la serenidad me ha acompañado y me ha permitido vivir con esperanza, paz y confianza este acontecimiento tan traumático para el mundo y ha evitado que sienta miedo.

En la misa que conmemoró los 500 años de La Habana
En la misa que conmemoró los 500 años de La Habana

Hace algún tiempo, mientras leía el Evangelio diario, me encontré con las palabras de Jesús, “no temas”, y experimenté la certeza interior de que iban dirigidas a la Iglesia que peregrina en Cuba. Sin duda son palabras que Dios dirige al mundo. Estas han sido dichas en momentos cruciales de la historia de la salvación. Con esto me quedo fundamentalmente después de toda esta situación: con la serenidad para vivir la vida porque Jesús está a mi lado y no quiere que yo tema.

Esta misma serenidad ha permeado muchas de las experiencias que he tenido en estos meses; es más, creo que la serenidad ha permitido que tuviera esas experiencias.

En mi familia, lo fundamental ha sido el poder brindarles algo muy propio de “mi ser seminarista y futuro pastor”: llevarles la comunión. Creo que es el primer gesto o acción propia de mi vocación que tengo con ellos. Fue algo novedoso que he naturalizado en este tiempo.

En la capilla del Seminario San Carlos y San Ambrosio.
En la capilla del Seminario San Carlos y San Ambrosio.

Otros aspectos significativos han sido el apoyo de mis padres para terminar mis estudios a distancia y su respeto a mis decisiones vocacionales; es decir, no me han cuestionado que salga a misa y lleve a otros la comunión. Comprenden que esto es lo que debo hacer.

En relación con el Seminario, hacer los estudios a distancia fue una experiencia aunque intensa, hermosa y motivante de trabajo en equipo con dos amigos seminaristas. Aprovechamos el tiempo y juntamos esfuerzos para ir sacando las materias. Diariamente nos escribíamos y casi de igual manera nos llamábamos para aclarar dudas, ver por dónde íbamos, darnos consejos, revisarnos mutuamente los trabajos para perfeccionarlos, puntualizar contenido para los exámenes, etcétera. Si los formadores nos hubiesen podido observar estarían muy satisfechos. Fue una verdadera experiencia estudiantil, pero sobre todo de amistad fraterna. Las aparentes limitaciones fueron oportunidad para estrechar vínculos, para generar confianza, mayor solidaridad y más empeño en el estudio. De hecho, en algunos momentos había una especie de competitividad entre nosotros para no quedar último en los deberes; pero era una competencia sana que estimulaba a seguir adelante sin dejar atrás a los demás. Tenerlos tan cerca me hizo sentir acompañado.

En la dimensión vocacional de mi vida es en la que más he sentido los efectos de este tiempo. Es en ella donde más experiencias positivas he tenido y donde más he sufrido algunas realidades que me hacen pensar mucho en mi futuro sacerdotal. Solo algunas comparto aquí.

Durante estos meses tuve la oportunidad de llevar comuniones a varias personas cada domingo desde la Semana Santa hasta hoy. Es la primera vez que vivo algo así y me alegra mucho. Antes de hacer esto llevé el tema a la oración varias veces, pues me preocupaba que las otras personas se contagiaran si yo enfermaba. Quería también asegurarme que lo hacía por Dios y no por amor propio. Finalmente sentí que Jesús me animaba a que lo hiciera y que me decía que no me preocupara, que nadie se enfermaría.

Juan Carlos, a la izquierda, junto al padre Reinier, sacerdote carmelita.
Juan Carlos, a la izquierda, junto al padre Reinier, sacerdote carmelita.

Así se ha cumplido. Esta fue mi experiencia interior de Jesús; por eso no me preocupa ni asusta que las personas comulguen en la boca en estas circunstancias. De hecho me ha edificado ver a personas tan mayores, hasta de 94 años, al igual que a médicos y laboratoristas, comulgar de esta manera. Jesús tocó a enfermos para sanarlos y  nunca se contagió ni sus discípulos tampoco; ¿cómo ahora una persona que con humildad se acerca a comulgar se va a enfermar? Este es el pensamiento recurrente que he tenido, también como respuesta del Señor cuando en algún momento me he vuelto a cuestionar si debía repartir la comunión.

El número de fieles para comulgar fue aumentando. ¿Cómo decirles que no si estaban como ovejas sin pastor? Ha sido hermoso sentir la gratitud de las personas y su deseo de recibir al Señor. Algunas preparaban pequeños altares, otras me brindaban algo, otras rezaban por mí. Más valioso aún ha sido ver cómo en más de un caso estaban algunas dispuestas a dejar de comulgar con tal de que alguien más pudiera hacerlo.

Muchos fieles han estado muy deseosos de la comunión y de la misa; algunos caminaban casi siete kilómetros para asistir el domingo. Por esto voy ganando en convicción de que nada me debe impedir celebrar misa con los fieles. Además, he confirmado que en los momentos de mayor dificultad es cuando debo estar más cerca de las personas.

En los primeros meses tuve que transitar por zonas de la arquidiócesis donde no hay ni una capilla en kilómetros a la redonda. ¡Qué dolor! ¿Cómo llegar a esas personas de una forma sistemática? De hecho pensé en aquellos que también en Cuba y en el mundo viven en montañas o zonas intrincadas y no tienen sacerdotes. ¡Hay tanto por hacer y somos tan pocos! Hasta yo tuve que sufrir no tener misa. Es muy duro para una vocación no tenerla diariamente. Eso me hizo caer en la cuenta de que deberé estar atento a cualquier vocación que haya en mi territorio parroquial y en las cercanías para preocuparme por su asistencia espiritual. Somos varios los seminaristas que teniendo sacerdotes y varios conventos cercanos a nuestras casas no pudimos tener misa por meses. Esto ha sido para mí motivo de dolor y de sentirme desatendido.

Algo muy bueno fue tener la cercanía del arzobispo. Gracias a él pude vivir la Semana Santa y los domingos sucesivos. Así pude compartir con él informalmente. Fue ejemplar ver cómo la pandemia no ha impedido que él viva la caridad y que realice su labor de pastor. Notable ha sido para mí su actitud de orientar la celebración de la Eucaristía desde el primer día de la fase uno. Él no perdió tiempo, sabe lo que es importante.

La impotencia también afloró en este periodo de aislamiento. En algunos momentos la experimenté con mucha intensidad y tensión. Tuve que dejar inconclusa la formación de los adolescentes que atendía en la pastoral. Además, quise ayudar en la iglesia y hacer algo por el bien de las almas y no pude porque quienes tienen la autoridad no me lo permitían. Muy presente tuve el título de un libro: Me duele la Iglesia.

Tal situación se debió a cuestiones relacionadas con el pánico y la histeria colectiva. Como psicólogo comprendo, como hombre de fe me duele, como futuro sacerdote desapruebo: Que algunos curas se hayan negado a confesar (lo viví), que no hayan hecho responsos, ni llevado comuniones, ni celebrado misa a religiosas y seminaristas, y que parroquias y conventos estuvieran trancados como si nadie existiera alrededor.

Esto me ha hecho reflexionar, palpar la fragilidad humana y ver la contradicción de los discursos eclesiales que hay que enmendar: Hacer énfasis en la invitación del papa Francisco a ser “una Iglesia en salida” y, sin embargo, tener los templos cerrados en estos momentos tan difíciles y tener desatendidas a las personas; o invitar constantemente en este tiempo a vivir la comunión espiritual cuando en la práctica habitual esta se ha eliminado al invitar, a quienes no comulgan, a ir hasta el sacerdote que permanece con los brazos cruzados en el momento de la comunión para que los bendiga.

¿De qué comunión espiritual se habla si a los fieles ya no se les enseña nada al respecto? ¿Cómo pedir vivir algo súbitamente en una crisis cuando en la normalidad no se ha preparado a la feligresía para ello?

Ver eso me hizo reafirmar que cuando sea sacerdote debo priorizar la atención espiritual, la formación de los fieles, y esforzarme por no crear y erradicar costumbres que confunden y distorsionan la fe.

También la cuestión de la obediencia al obispo ha estado resonando en mí todo este tiempo, y lo que he visto me ha generado compasión a su persona. Él mandando a tener los templos abiertos y la mayoría de ellos cerrados. Así no se vive la comunión, y así una diócesis no puede dar frutos.

Eso me ha hecho cuestionarme y autoanalizarme para identificar las contradicciones en mí, mis faltas de fe y los pensamientos sutiles que buscan una justificación y que no son del Espíritu.

No obstante, también han sido ejemplo de lo que siempre debo ser y hacer, motivo de esperanza y un bien para mí: los sacerdotes del cementerio que cada día han ido a rezar por los difuntos; el seminarista que voluntariamente va todos los lunes a dar responsos; los sacerdotes que durante todo este tiempo han continuado celebrando misa diaria para los fieles (respetando siempre las normas sanitarias); un sacerdote que en cuanto llegó de provincia me invitó a misa diaria en una comunidad de religiosas, quienes, a su vez, me posibilitaron ir a rezar en su capilla una hora antes si lo deseaba (un gesto que agradezco mucho).

Viendo lo que se ha vivido creo que se abren oportunidades múltiples de diálogo para crecer. Diálogo en las familias. Diálogo en el Seminario sobre lo efectivo y lo fallido. Diálogo como Iglesia para ayudarnos mutuamente a caminar, a prepararnos para futuras adversidades, para aumentar la fe, para sanar los quiebres que se han dado. Diálogo a nivel de país involucrando a los diversos actores sociales para reconocer y aprender de los errores y aciertos. Dios me sigue confirmando en la necesidad de promover y vivir el diálogo.

Este ha sido un tiempo para sentir con Jesús, para compartir sus emociones y trabajos en este mundo. Esto es una gracia de Dios. Creo que lo vivido Dios lo permitió porque era lo que yo necesitaba experimentar para madurar. Le he pedido que lo aprendido lo viva desde ahora, pero especialmente cuando sea sacerdote.

 

Juan Carlos Pañellas Álvarez
Juan Carlos Pañellas Álvarez

Juan Carlos Pañellas Álvarez (La Habana, 1988). Pertenece a la comunidad de El Carmen. Licenciado en Psicología por la Universidad de La Habana. Actualmente cursa el 2do. año de Teología en el Seminario San Carlos y San Ambrosio.

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