Por la vía de la desolación hacia la estación de la esperanza

Por: Leonardo M. Fernández Otaño

Leonardo M. Fernández Otaño
Leonardo M. Fernández Otaño

El 23 de febrero de este año salí hacia España por un período de dos meses y quince días, pero como decía mi abuela, “siempre estamos en las manos de Dios”. Llegaba con el corazón lleno de alegría por poder estar en la tierra de mis bisabuelos y con muchas ganas de encontrarme con amigos queridos; cuánta ilusión me hacía visitar los sitios patrimoniales que había anhelado… desde el Prado, San Lorenzo del Escorial hasta el vetusto Toledo.

Además, cada minuto en estas tierras era una lucha contra reloj para poder consultar todos los fondos de archivo que tenía programados para mi investigación doctoral. A lo lejos se escuchaba hablar del nuevo coronavirus como una enfermedad distante que afectaba a la ciudad china de Wuhan, aunque para esa fecha ya se extendía por todo el gigante asiático. Después invadió el norte de Italia y pronto llegó a la península ibérica.

En España muchos pensaron que era una ligera gripe, sin embargo, el padre de una amiga me alertó enseguida: “No, Leo, esto es cosa seria”. El 9 de marzo, al llegar de Barcelona a Madrid, decidí no salir de la casa donde me acogían hermanos ya mayores de una comunidad jesuita. El temor a ser la fuente de contagio me aterraba.

Ellos, de modos muy distintos, han sido mi principal sostén. Unos me acompañan desde la alegría de sus chistes y bromas; otros, desde su amor por el conocimiento; mis preferidos, los más enfermos, han sido signo de sensibilidad interior por la fragilidad de su salud. Estos últimos, sin decir palabra, me han recordado la invitación del Papa Francisco a evitar la cultura del descarte, aquella que, lamentablemente, afecta a muchos jóvenes cuando decidimos echar a un lado a aquellas personas que nos atormentan, ya porque no estén al máximo de su capacidad o porque entorpecen nuestros momentos de embriaguez de felicidad. Es la tan extendida tendencia de librarnos de la carga que supone el cuidado del abuelo.

Para compartir estos momentos de encuentro, de apoyo mutuo y desolación interior que he vivido durante este largo período en España (donde aún me hallo), quisiera hablar de los dos horizontes que han ocupado mi mente y mi corazón en este tiempo: mi experiencia con el virus y la situación social que vive Cuba.

 La cuarentena interminable

Nunca pensé que estaría casi sesenta y cinco días sin salir de mi habitación, enfrentándome a largos momentos de tribulación y fractura interior. El 31 de marzo sentí un poco de fiebre y los hermanos de comunidad, al ver lo que sucedía en el entorno sanitario, me pidieron que me quedara en la habitación. Comenzaba así un largo camino lleno de sufrimiento, de incertidumbre y hasta de pérdida de fe. Si dijera lo contrario, sería un mentiroso: me creí ateo por días, me sentí preso de la depresión, perdí las ganas de leer, de estudiar, solo comía, veía películas y, para consolarme en los momentos de mayor quebranto, escuchaba las Cuatro estaciones de Vivaldi y el Concierto de Aranjuez, de Joaquín Rodrigo.

Pero lo peor aún estaba por llegar. El mes de abril ha sido uno de los más tristes que recordaré en mi vida. El virus llegó a nuestra puerta y se hizo dueño de nuestras vidas. La vida comunitaria hubo que suprimirla. Entonces comenzaron las hospitalizaciones, doce hermanos fueron internados, unos volvieron a casa, pero otros ya están con el Padre Bueno. Confieso que cada mejoría era un aliciente, pero cada muerte era un retroceso, recuerdo la de un hermano al que le tomé mucho cariño, murió el día en que me aplazaron por primera vez el vuelo de regreso. Cuando me enteré de su partida sentí que se me venía el mundo abajo.

Un día comenzaron a hacernos los PCR y las serologías. El resultado fue hasta cierto punto un alivio para mí, había padecido el virus de modo asintomático y era inmune, pero a la vez se imponía el cuidado comunitario pues algunos de los más mayores no lo eran. Desde entonces ese fantasma no sale de mi cabeza y cada paso que doy viene acompañado por el temor al virus, que sigue ahí.

Ahora que repaso mi ayer y mi hoy, creo que para salir de la soledad y de la tristeza, que aún me generan la imposibilidad de poder regresar a casa, busque tantas formas de consuelo: desde el uso desmedido de las redes, de Neflitx, un consumo poco usual para mí de series de fantasía hasta volver a leer a Lorca. En el momento que escribo estas letras ya vivimos la segunda oleada del virus y la ciudad de Alcalá de Henares, donde resido, se encuentra en confinamiento parcial.

 Unos binoculares hacia el caimán antillano

¡Cuántas veces he añorado volver a besar mi tierra! Muchos me han llamado loco, “¿cómo vas a volver?, me han dicho. Humanamente siento que es una locura regresar a una tierra donde el autoritarismo reina y donde todos tratamos de sobrevivir en la “luchita”. Pero el gran timón que me impulsa tiene dos sostenes: mi amor por un futuro distinto para Cuba y mi compromiso cristiano con la verdad y la reconciliación.

Las imágenes que llegan hasta este rincón de Castilla, como suelo decir, son desoladoras: colas inmensas, arbitrariedades que violan lo estipulado en la legislación constitucional hasta la explosión masiva de la vulgaridad. ¿Cómo no sentirme identificado y al mismo tiempo dolido con la realidad de tantos padres y abuelos que se desesperan para buscar lo básico? La angustia me lastima hasta lo profundo cuando los veo haciendo fila para entrar a unas tiendas que ahora mismo constituyen una laceración a la dignidad del cubano honrado y trabajador. También pienso en el futuro, como joven tengo sueños y esperanzas, quiero una nación inclusiva, democrática y participativa, alejada de tantas máscaras sociopolíticas. Donde la expresión “cállate que te puede costar caro” no sea el pan nuestro de cada día.

Alguien dirá, “¿qué tiene que ver esto con la pandemia?”. Mucho, pues una nación sin libertad de pensamiento y oportunidades es un proyecto fallido. Cada mensaje que me llega de un amigo diciendo “me voy porque no aguanto más”, me resulta desolador, pero cuánto los entiendo. Mi temor es ser yo algún día el que se lo comunique a mis padres. Cuando leo esas palabras que me llegan vía redes, no dejo de preguntarme con quién cambiaremos nuestro macondo tropical. Si bien estamos todos llamados a ello, la presencia de líderes desprejuiciados y con conciencia grupal es necesaria. Tal vez algunos sientan que he dado “un poco de muela”, como decía un exalumno, pero es necesario compartir los sueños para cada día caminar hacia su materialización.

Retomando nuestra cotidianidad, cuánto sufrimiento me ha generado contemplar las largas colas y escuchar las pifias de algunos actores políticos, para quienes todo va de maravilla y la extensión del virus es solo culpa de la ciudanía irresponsable que hace fiestas. Lo último, creo, ha sido el imperio de la incivilidad. Después de lo vivido, me resulta imposible pensar que los cubanos no se contagien en las largas colas para poder acceder a lo básico, que ya antes de la Covid era bastante difícil, pues siempre vivimos en las eternas coyunturas y esperando como maná el prometido bienestar.

También sufro mucho al sentarme a la mesa y ver mi plato abundante en deliciosos manjares castellanos. Pienso en mi familia y mis amigos, quienes sobreviven en el día a día tratando de comprar lo necesario para llevar a la mesa; solo quien ama sabe cuánto se puede sufrir. Pienso en los ancianos de mi parroquia, cuyo comedor que los amparaba, ha tenido que cerrar, porque resulta imposible conseguir los alimentos.

Pero también he sentido la desolación de muchos cubanos que viven fuera y padecen por los suyos, que no tienen lo básico. Pronto, permita Dios, pueda yo volver y compartir mi suerte con mi gente y perder en olímpicas colas los kilos de más que he ganado durante este tiempo. Al fin estaré con los míos, ojalá que toda esta pesadilla haya acabado, seguro estoy que me sentiré más cubano, pero con más gana de creer en la esperanza.

Espero pronto un largo viaje, que aún no sé cómo me devuelva a mi Isla, frágil, decadente y sedienta de un futuro próspero que le resulta cada vez más lejano. Yo seguiré creyendo en Dios, quien nunca defrauda, intentaré seguir caminado en esa vía larga como la del tren, que se llama desolación. Haré lo posible por seguir construyendo, aportando y dando lo mejor para algún día llegar a la cada vez más distante estación llamada esperanza. Disculpen tanta rudeza, pero creo que la cabeza de muchos jóvenes cubanos anda así, permita Dios sea yo el único.

 

Alcalá de Henares, octubre 2 del 2020.

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