Los obispos auxiliares de La Habana IV

Por: Monseñor Antonio Rodríguez (padre Tony)

Mons. Alfredo Víctor Petit Vergel (izquierda) y Mons. Carlos Patricio Baladrón Valdés (derecha)
Mons. Alfredo Víctor Petit Vergel (izquierda) y Mons. Carlos Patricio Baladrón Valdés (derecha)

La Iglesia en Cuba (década de los ochenta)

A partir de 1965, comenzó la disminución del número de católicos participantes en las comunidades cubanas. Varios factores contribuyeron a esta realidad: éxodo migratorio por Camarioca hacia Estados Unidos (septiembre de1965) y hacia España por el aeropuerto José Martí; surgimiento de las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP) en el mes de noviembre y presiones de diversa índole por parte del Estado hacia los creyentes.

En abril de 1980, ocurre otro éxodo masivo que se inicia a partir de los acontecimientos ocurridos en la Embajada de Perú en La Habana y continúa con la emigración por el Puerto de Mariel hacia los Estados Unidos. Esta realidad contribuyó, aún más, a diezmar las comunidades católicas cubanas, debido a lo cual el inicio de la Reflexión Eclesial Cubana (REC), idea luminosa de Mons. Fernando Azcárate en julio de 1979, se aplazó hasta octubre de 1982. La Iglesia quedó no solo diezmada en su membresía, sino algo desorientada en su quehacer. La cantidad de cubanos emigrados por la playa del Mosquito en Mariel que no participaban en las comunidades católicas fue considerablemente mayor que la correspondiente a la de los católicos pertenecientes a nuestras comunidades. Este hecho conmocionó profundamente la vida nacional. Aquí se vio lo mejor y lo peor de nuestro pueblo. La emigración de Mariel hizo más daño a los diferentes estamentos del Gobierno revolucionario que a la misma Iglesia. Sin embargo, el Gobierno se repuso con rapidez del golpe ideológico-político sufrido.

A lo largo de la década de los ochenta, la mayoría de los cubanos, sobre todo los jóvenes, expresaban su sentir revolucionario y ateo. Muchos hacían gala de su ateísmo militante.

Dos acontecimientos marcaron grandemente la vida de la diezmada Iglesia católica en Cuba durante los años ochenta: la Reflexión Eclesial Cubana (REC) y su inmejorable desarrollo desde la base hasta su culminación con el Encuentro Nacional Eclesial Cubano (ENEC), celebrado en La Habana en febrero de 1986, y la peregrinación nacional de la cruz conmemorativa por los quinientos años de la evangelización de América.1 Este recorrido se inició en Cuba en la catedral de Pinar del Río el 24 de febrero de 1985, pero su paso por la diócesis transcurrió “sin penas ni glorias”. No obstante, algo inesperado sucedió cuando el 27 de octubre de 1985 el obispo de Pinar del Río, Mons. José Siro González Bacallao entregó la cruz al arzobispo de La Habana, Mons. Jaime Ortega, en la catedral de la capital cubana.

En La Habana aconteció lo que se deseaba y no se sabía cómo hacerlo: que la misión saliera del tempo hacia las casas, puerta a puerta. Sorprendió la gran acogida dada por las personas, incluso de aquellas que habitaban las ciudadelas más recónditas, la manifestación de la fe religiosa de los vecinos y el abarrotamiento de los templos en las celebraciones programadas. De forma organizada, la cruz del quinto centenario puso a caminar y a predicar la fe a los católicos de las distintas comunidades. Significativamente, el gobierno no manifestó públicamente queja alguna acerca de esta misión. Este ritmo misionero se mantuvo en el resto de las diócesis de Cuba; su culminación ocurrió en la diócesis holguinera a finales de 1987 e inicios de 1988.

Un acontecimiento externo a la Iglesia ocurrió a principios de diciembre de 1985: la publicación del libro Fidel y la religión. El texto recogía una larga entrevista que el dominico, no sacerdote, fray Betto hizo al presidente cubano acerca del tema religioso. Con el libro, en mi opinión, se lograron dos resultados: el cubano medio comenzó a incorporar en su subconsciente que no existía oposición entre el ser religioso y la Revolución, lo cual ayudó a romper barreras discriminatorias hacia las religiones y los religiosos. Por otra parte, Fidel Castro mostró su indiscutible liderazgo dentro del Partido Comunista Cubano y la Revolución. Todo ocurría en momentos en los que, aunque no lo sabíamos en Cuba, el comunismo de Estado comenzaba a derrumbarse en la Unión Soviética y en el resto de los países del Este europeo.

Situación de la Iglesia en los años noventa

Un acontecimiento político marcó esta década y las siguientes: el IV Congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC) efectuado en Santiago de Cuba el 15 de octubre de 1991. En lo adelante, los religiosos podrían ser militantes del PCC, lo cual fue una conmoción en la vida nacional. De la noche a la mañana las iglesias comenzaron a aumentar su concurrencia en las distintas celebraciones. En muchas de ellas, no alcanzaban los bancos para sentar a los participantes. Parecía mentira ver tantos niños y jóvenes que día a día asistían a nuestras catequesis. No teníamos espacios donde situarlos. De la misma manera, el número de bautizos de niños aumentó, también la petición de adultos para bautizarse alcanzó cifras insuperables en toda la historia de la Iglesia en Cuba. A esta situación, sintéticamente reseñada, la Iglesia respondió con el nombramiento de cuatro nuevos obispos auxiliares para las diócesis de Cuba: el primero para Cienfuegos, otro para Camagüey y dos para la Arquidiócesis de La Habana. El 15 de noviembre de 1991, el Papa san Juan Pablo II nombró dos obispos auxiliares al arzobispo Jaime Ortega: Mons. Alfredo Petit Vergel y el padre Carlos Baladrón Valdés, hasta ese momento sacerdote incardinado en la Arquidiócesis de Santiago de Cuba.

Mons. Alfredo Víctor Petit Vergel (1936)

Nació en una clínica de la época, cuyo edificio ya no existe en la Calzada del Cerro, llamada Asociación Cubana. Fue bautizado en ese mismo lugar, dado el estado de salud delicado de la madre en el parto. Su bautismo se encuentra asentado en la parroquia de Nuestra Sra. del Pilar. El 24 de julio de 1936 es la fecha de su nacimiento. Su padre era un prestigioso otorrinolaringólogo, poeta, declamador y agradable relator, que había estudiado en el Colegio de Belén de La Habana. Dio al hijo su mismo nombre. Su madre era enfermera y se llamaba Guillermina.

La residencia familiar estaba fijada en una casa de la calle San Miguel, cercana al magnífico local de la Agrupación Católica Universitaria, actual escuela de Psicología de la Universidad de La Habana.

Los dos primeros grados de la enseñanza primaria los cursó en un colegio privado laico, en el cual se impartía la asignatura de Religión y, de esta manera, tomó la Primera Comunión en la parroquia de Nuestra Señora del Carmen en esta ciudad. El padre le dio a escoger el colegio religioso donde deseaba cursar sus estudios. El niño Alfredo pidió estudiar en el Colegio La Salle, del Vedado, en el cual llegó a graduarse de Bachiller en Ciencias y Letras. En el curso de 1954 ingresó en el Seminario El Buen Pastor de Arroyo Arenas. Allí cursó hasta primer año de Teología, pero al finalizar este curso, en 1959, el administrador apostólico sede plena de La Habana, Mons. Evelio Díaz Cía, envió a tres seminaristas a estudiar la Teología en la Universidad Gregoriana de Roma. Estos fueron los futuros sacerdotes Alfredo Petit, Carlos Manuel de Céspedes (fallecido en 2014) y el ingeniero Luis Casabón (2014).

Los tres seminaristas cubanos fueron ordenados sacerdotes el 23 de diciembre de 1961, por el cardenal italiano Antonio Samoré, en la capilla del Colegio Pio latinoamericano en Roma. El padre Petit concluyó su tercer curso de Teología en la primavera de 1963. Su tesis versó sobre teología dogmática. Enseguida obtuvo el permiso gubernamental para regresar a Cuba y ya en ese verano fue nombrado por Mons. Evelio Díaz, párroco del Sagrario de la Santa Iglesia Metropolitana Catedral de La Habana. Poco después fue a residir al arzobispado de La Habana con el propósito de acompañar al solitario arzobispo.

En la tercera semana de junio de 1966 recibió una citación para presentarse en el segundo llamado de las UMAP,2 que estaban situadas en distintos territorios de la antigua provincia de Camagüey. Desde lo que fuera en ese momento el Jardín forestal de La Habana fue trasladado en un ómnibus Leyland, junto a un testigo de Jehová y el resto de los asientos del vehículo ocupado por presos comunes del Castillo del Príncipe, hasta un campamento de Camagüey. El ómnibus era custodiado por algunos militares. Los presos comunes lo trataron con mucho respeto, porque era un sacerdote.

Al llegar al campamento, la cerca perimetral de este no estaba construida. Al padre Petit y a otro recluta se les asignó la tarea de levantarla con alambres de púas. Ambos lo tuvieron que hacer sin guantes protectores. Cuando finalizaron, tenían las manos destruidas.

Los militares de su unidad le permitieron conservar la Biblia. En la UMAP, el padre Petit desarrolló una hermosísima labor sacerdotal que incluyó la celebración clandestina de la misa en el cañaveral cercano al campamento. En horas de la noche, junto a los católicos del albergue, celebraba la liturgia de la Palabra, para ello se auxiliaba de la Biblia que conservaba; después continuaba con la litúrgica eucaristía gracias al vino embazado en frascos de medicina y ostias que cautelosamente sus padres le llevaban a las visitas.

A principios de 1967, hubo una orden militar por medio de la cual eran sacados de la UMAP aquellas personas mayores de veintisiete años de edad. Los tres sacerdotes reclutados en el segundo llamado, los padres Jaime Ortega y Armando Martínez, ambos de la Diócesis de Matanzas, y el padre habanero Petit, estuvieron entre los beneficiados por esta orden. El padre Petit retornó a su familia en la segunda quincena de marzo. A los pocos días, el arzobispo Evelio Díaz le confió la parroquia del Salvador del Mundo en el Cerro. Allí estuvo hasta julio de 1984 realizando una hermosa labor pastoral, sobre todo con jóvenes y enfermos de los hospitales aledaños.

En febrero de 1970, el nuevo arzobispo, Mons. Francisco Oves, lo nombró canciller de la Arquidiócesis de La Habana. En este cargo estuvo hasta 1975. El 13 de septiembre de 1976, el propio arzobispo comunicó la noticia de que el Papa san Pablo VI honraba al padre Petit y a cuatro sacerdotes habaneros más con la dignidad de capellán de honor. Desde ese momento se le podía llamar monseñor.

En febrero de 1980, el administrador apostólico sede plena de La Habana, Mons. Pedro Meurice lo nombró nuevamente canciller de la Arquidiócesis. En julio de 1981, a solicitud de la Conferencia Episcopal de Cuba, asume como rector del Seminario San Carlos y San Ambrosio. Al mismo tiempo continuaba siendo párroco de su iglesia en el Cerro.

Al concluir su labor en el seminario, en julio de 1984, el nuevo arzobispo habanero, Mons. Jaime Ortega le confió la parroquia de San Francisco de Paula en La Víbora. El 15 de noviembre de 1991, el Papa san Juan Pablo II lo nombró obispo auxiliar de La Habana, responsabilidad en la que estuvo hasta finales de abril de 2016 cuando el Papa Francisco, por motivos de edad, aceptó la renuncia que cinco años antes le había presentado al Papa Benedicto XVI.

Mons. Alfredo Petit recibió la ordenación episcopal de manos del arzobispo Jaime Ortega el domingo 12 de enero de 1992 en la Catedral de La Habana. Los obispos co-consagrante fueron los monseñores Pedro Meurice y José Siro González.

Al ser obispo auxiliar de La Habana, el arzobispo Ortega lo nombró vicario general y le encomendó la vicaría de Víbora, Calabazar, Santiago de las Vegas, Rincón, el centro sur habanero y la Isla de la Juventud, además, dirigió la comisión episcopal de ecumenismo e impartía clases de Derecho Canónico en el seminario de La Habana. En julio del 2012, el cardenal Ortega lo nombró vicario judicial de la Arquidiócesis de La Habana, responsabilidad que aún tiene. Hasta el curso pasado impartió clases de gestión parroquial en el seminario. En mis años de seminarista fue mi profesor de Patrología y de Ecumenismo.

El 27 de agosto de 2017 cesó como párroco de su querida iglesia de San Francisco de Paula.

Mons. Carlos Patricio Baladrón Valdés (1945)

Fue nombrado obispo auxiliar de La Habana el 15 de noviembre de 1991. Recibió la ordenación episcopal por la imposición de las manos del arzobispo Jaime Ortega en la iglesia parroquial de la Purísima Concepción de Manzanillo el 5 de enero de 1992. Los obispos co-consagrantes fueron los monseñores Pedro Meurice y Héctor Peña.

Mons. Baladrón nació el 17 de marzo de 1945 en Campechuela, Manzanillo. Laboraba como oficinista cuando ingresó en el Seminario San Basilio el Magno de El Cobre en 1966. Al año siguiente, junto con otros seminaristas, fue llamado al Servicio Militar Obligatorio, donde permaneció hasta julio de 1970. Después continuó sus estudios sacerdotales en el Seminario San Carlos y San Ambrosio de La Habana. El 12 de abril de 1977 fue ordenado sacerdote por Mons. Pedro Claro Meurice en la iglesia parroquial de Manzanillo. Estuvo como párroco en distintos lugares de la antigua Arquidiócesis de Santiago de Cuba como Guantánamo y el propio Manzanillo.

En La Habana fue vicario general, responsable de Vicaría Episcopal de Regla, Guanabacoa, Santa Cruz del Norte y la zona Este-Sur de la arquidiócesis habanera.

En la santa misa celebrada por san Juan Pablo II en Santiago de Cuba el 24 de enero de 1998, el propio Papa anunció la creación de la nueva Diócesis de Guantánamo y el nombramiento de Mons. Baladrón como su primer obispo. Tiene el mérito de haber echado a andar una diócesis con la organización de sus estructuras diocesanas, entre las cuales se encuentra la construcción de muchos ranchones de culto en la vasta zona rural más oriental de Cuba.

En julio de 2006, el Papa san Juan Pablo II le aceptó la renuncia por motivos de salud al gobierno de la diócesis guantanamera. Actualmente reside en un hogar para sacerdotes jubilados de la Arquidiócesis de Miami. Ω

 

Notas

1 Esta cruz es una de las distintas copias que se hicieron y fueron entregadas a fines de 1984 por san Juan Pablo II a obispos representantes de los distintos países latinoamericanos para que desde 1985 y hasta 1992 recorrieran los distintos lugares de cada país.

2 Las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP) incluían distintos campamentos situados en la antigua provincia de Camagüey. En ellas se recluían a personas que se consideraba no simpatizaban con el proceso revolucionario, presos comunes, católicos, protestantes, pastores de diversas denominaciones religiosas, miembros de religiones sincréticas, personas de conducta antisocial y, entre otros, a homosexuales. El régimen de estas unidades excedía al más riguroso de tipo militar. La preparación militar era pequeña con relación a las casi catorce horas de trabajo agrícola. Mi generación fue contemporánea a la UMAP. Los relatos de los reclutados son bastante tristes. En aquella época y ahora me pregunto: ¿cómo pudo ocurrir esto? Considero que la UMAP fue un momento oscuro de la historia de Cu

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