Del camino oscuro a la clara fe

Por: Miguel Terry Valdespino

Conversando con el pastor Luis Sánchez Vaillant
Conversando con el pastor Luis Sánchez Vaillant

Juró mi amigo Cirilo Sevillano que me contaría detalles de cuando desandaba por la vida como irresponsable mundano, bajo una peligrosa  cantidad de vicios, trasnochaderas y alcohol en la sangre, sin saber de días ni de noches, y sin ninguna atención para los consejos de su madre Irma y de sus amigos, cristianos una buena parte de ellos.

Finalmente acabé por escucharlos, como él acabó por escuchar a su madre y a pastores como Francisco (Pancho) Santamaría, Rafael (Fello) Columbié  y Antero Acoy, y a varios miembros de la familia de este último, todos encargados de contribuir a darle un vuelco absoluto  a su vida.

“En verdad yo había perdido el rumbo –reconoce hoy Cirilo-. Había tomado un camino que acabaría por destruirme. Pero mi madre, diacomisa de la Iglesia Cristiana Pentecostal de Caimito, junto a varios pastores de esta, se reunían en mi casa y, cuando salía a relucir mi nombre, Pancho siempre le decía de manera muy optimista: ‘Irma, no te preocupes, todo está en el tiempo de Dios. Él tiene un propósito con tu hijo’”.

Vestido para el trabajo que más le ha gustado en su vida
Vestido para el trabajo que más le ha gustado en su vida

Un día un grupo de jóvenes, entre ellos varios miembros de la familia del pastor Rafael Columbié, presidente nacional de la Iglesia Cristiana Pentecostal de Cuba, lo invitaron a la iglesia donde asistía su madre. Cirilo aceptó. Mientras escuchaba la prédica del pastor, sintió que aquellas palabras estaban destinadas para él. Una fuerte sacudida lo estremeció.  Aquellos jóvenes volverían a invitarlo a una actividad recreativa en una iglesia de un pueblo cercano y allí comprobaría que era posible pasarla muy bien sin necesidad de consumir bebidas alcohólicas de ningún tipo.

“Poco a poco me fui compenetrando con esa vida más sana y ya no me interesaba volver atrás -asegura-. Me había tomado muy en serio la idea de hacer feliz a mi madre y de ser otra persona. Cuando asistí a un campamento para jóvenes cristianos en Canaán, Villa Clara, el impacto fue tremendo. Por primera vez, el Espíritu Santo le habló a mi vida. En un momento pasamos a sentarnos frente a una hoguera y yo sentía el fuego dentro de mí. Lloré de emoción. Me vi de pronto orando con cerca de 200 hermanos y sentí que el Señor me estaba ministrando”.

No obstante sus desvíos en la marcha por la vida, el  hombre de figura imponente con el que tantas historias comunes comparto, no me remitió en absoluto a otro ser que no fuera la imagen misma de la honradez, la generosidad  y el desinterés.

Lo supe bien cuando los golpes de la vida me nublaron todos los senderos, y su puerta, a diferencia de otras, se abrió de par en par mientras me aseguraba: “esta es tu casa, aquí puedes estar todo el tiempo que quieras, entrar y salir cuando mejor te parezca, comer lo que quieras cuando tengas hambre, dormir cuantas horas te haga falta; no me pidas nada, todo lo de esta casa es tuyo también”.

Seguramente por este gesto y por otros, recordaba con frecuencia un hermoso tema del catalán Joan Manuel Serrat, el cual, desgraciadamente, jamás trasmite ninguno de nuestros medios de comunicación: Tío Alberto, la historia de un hombre, según cuenta su célebre  sobrino, que  siempre tenía la casa abierta de par en par y un plato dispuesto en la mesa para todo el que llegara  y necesitara  alimento.

“Cuando aún no estaba en los caminos del Señor -reconoce-, cuando aún no había estado bajo un templo, actuaba como actúo hoy en mi trato a los demás. Eso va en la enseñanza que me dieron mis padres. Muchas veces las virtudes las aprendes desde la cuna. Mi familia tiene raíces muy fuertes dentro de la religión, mi abuela Paula y mi tía Leopoldina también eran cristianas. Con todos ellos aprendí no a dar lo que me sobraba, sino lo que tuviera”.

Muy cierto es. Recuerdo haber visto desfilar, en el horario de un almuerzo de domingo, hasta a doce personas por su mesa, y ninguna ser parte de su familia genética. Ante mi preocupación por aquella costosa generosidad,  me aseguraba confiado: “No hay nada como dar a los demás, porque hay mucha gente, hermano, que no tiene nada. Yo siempre digo que el Señor me provee… y no me equivoco. Hoy ayudas a los otros, y mañana los otros te ayudan a ti. Cuando no tienes nada y aparece la ayuda de un amigo, ahí está  la mano de Dios”.

Entre sus varias aventuras como posadero, ninguna parece tan inolvidable como la que tuvo de protagonista a un sujeto con señas de vagabundo, vendedor clandestino de aromatizante, que perdió su nombre original  para llamarse, simplemente, El Errante, salvado por Cirilo de la frialdad de las gradas de un estadio de béisbol, para recibir calor, cama, amistad y comida, a cambio de nada, en casa de este, mientras familiares y amigos le advertían temerosos acerca de su arriesgada confianza en un desconocido. No fue un solo caso. Otros errantes también encontrarían igual nivel de hospitalidad en su vivienda.

Junto a su compañera de trabajo Lena Rojas, también cristiana
Junto a su compañera de trabajo Lena Rojas, también cristiana

Cirilo ha amado también intensamente. De ahí el pretexto para que un día, junto a su entrañable Lydia Schobb, mujer alemana con la que ha compartido las páginas de amor más hermosas, se convirtiera en protagonista del cuento que da nombre a mi más reciente libro publicado: No es país para perros (editorial Oriente), donde se juntan algunos de mis relatos más premiados y queridos.

Precisamente de la parte oriental de Cuba, fustigada a veces por “chistes”  de grueso calibre y criterios chatos sobre sus habitantes, guarda sentimientos  que contradicen las prejuiciosas opiniones de no pocos.

“Siempre doy gracias a Fello, un extraordinario guantanamero, por haber confiado en mí para ser su chofer –asegura conmovido-.  Murió joven y fue una pérdida terrible para mí porque llegamos a estar muy compenetrados. A su lado recorrí el país completo, creamos una  hermandad entre ambos. Gracias a él caminé junto a grandes siervos de Dios y conocí la Cuba profunda, la que no aparece en los medios de comunicación, en El Cobre entré a casas construidas con bejucos, barro y piso de cocó, donde las cazuelas de la cocina brillaban de limpias. Pero en esa parte desfavorecida del país, mientras más humildad veía, más sentía brotar el amor a Cristo, más se afianzaba su palabra”.

Cirilo recuerda con nostalgia el calor de los hogares del Oriente cubano,  adonde llevó medicinas, ropas y alimentos, y donde comió la comida de sus hermanos de fe, durmió en sus camas y compartió con ellos lo poco que tenían. “He escuchado criterios negativos acerca de los orientales, pero de ellos aprendí que nadie se va de sus casas sin haber comido antes, sin haber probado un pan de maíz y un jarro de café. De la casa más humilde, jamás te vas con el estómago vacío. Yo vivo enamorado del amor de Oriente. Allí, aunque no tengan nada, lo tienen todo porque tienen el amor de Cristo en su corazón”.

De todos los trabajos que ha realizado, Cirilo prefiere el que desempeña hoy: chofer de ambulancias de la Dirección Municipal de Salud Pública en Caimito, porque siente que desde su puesto ayuda al necesitado, pues aunque falten ambulancias y las guardias sean tensas, le lleva aliento a muchos necesitados, sea un niño enfermo, un impedido físico o un anciano sin amparo familiar, aunque deplora la falta de sensibilidad de las  mujeres embarazadas que fuman o consumen alcohol.

En Baracoa, tierra  bendecida para la siembra y cosecha del cacao, Cirilo tuvo la oportunidad de adquirir, con dinero de su bolsillo, más de 900 tabletas de chocolate. Su intención era ir de provincia en provincia regalando esta golosina a niños y amigos Luego de sortear con éxito decenas de puntos de controles, por fin llegó a Caimito, abrió la olorosa mochila y puso en mis manos decenas de tabletas como regalo para mi hija y para mí.

Después sacó otro puñado y me encargó regalárselas de su parte a Tata Merlo, un  viejo amigo y fanático del béisbol que, según Cirilo, estaba loco por comer chocolate. Y después de Merlo, vinieron los regalos para este y  aquel, para esta y aquella, para fulano y ciclano… y finalmente no quedó ni una sola de las novecientas tabletas de chocolate. Pero Cirilo Sevillano estaba feliz. Inmensamente feliz.

-¿Por qué tú crees que todo el mundo me quiere?  -pregunta mientras se regocija cuando lo hago revivir esta historia-. ¿Por qué tú crees que cuando salgo a la calle no puedo caminar tres pasos sin que alguien me pare y me abrace, o me mandan saludos desde cualquier lugar de Cuba y el mundo?, ¿por qué tú crees que tantos niños me llaman tío?

Y agrega finalmente: “Doy gracias a Dios, hermano, por ese afecto. Siento que soy el hombre más feliz del mundo”.

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