Crudeza, sensibilidad y maestría en el lente de otro Korda

Por: Miguel Terry Valdespino

Obra del díptico Día y noche
Día (obra del díptico Día y noche)

El gran maestro italiano Vittorio Storaro, director de fotografía en filmes tan memorables como Apocalipse now, Último tango en París y El último emperador, definió este arte como “la literatura de la luz”, quizás la manera más hermosa de complementar lo que, de manera muy atinada, suele afirmarse a nivel popular: una imagen puede decir tanto como mil palabras.
Algo así pensé al descubrir las creaciones de Alberto Borrego Sánchez, un hijo de San Cristóbal, lugar donde reside y trabaja a tiempo completo, y a quien la periodista Mayra García Cardentey, sin miedo a exagerar, llamó El Korda Pinareño, estremecida seguramente por una obra dentro de la cual la realidad, más que conmover, impacta, estremece, sacude, acaba por dejarnos, como en el célebre filme de Jean-Luc Godard, sin aliento.

Confiesa este hombre de verbo fácil y alegre que solamente tira cinco o seis fotos al año y las envía al evento o concurso donde realmente merecen participar. Parece que en esta estrategia le ha ido especialmente bien, porque concursos ganados le sobran a su currículum, y no precisamente del montón, entre ellos el convocado a raíz de celebrarse el centenario de la diócesis de Pinar del Río, en el 2003, y el segundo lugar en el Salón Tiburcio Lorenzo, en el 2009, al igual que exposiciones en prestigiosos espacios de las artes visuales.
Apenas uno se adentra en las imágenes recogidas por el artista, es imposible no detenerse en firme ante el discurso conceptual que emana de ellas, donde combina endemoniadamente bien el humor con un fino toque de ironía, los cuales sirven para sazonar con muy buen gusto su poética creadora, mientras que en otras un realismo brutal y seco, una historia que ha pasado cada día ante la indiferencia de nuestros ojos, nos deja clavados al piso.
Abundan entre nosotros artistas que buscan, sobre todo, la exuberancia y la perfección del paisaje, olvidando –al contrario de Alberto– que su concepto es más abarcador, más rico, más polémico, y puede revelar también lo más profundo y contradictorio de la condición humana, tal como lo ve este joven maestro, empeñado en no pasar de largo ante las luces y sombras de su tiempo.
Alberto Borrego Sánchez es un ejemplo de solidez estética y humanista tan consistente, que ha estimulado a varios escritores –entre ellos a quien redacta estas líneas– a emplear algunas de sus obras fotográficas más impactantes en la portada de sus libros.
Como todo creador de raza, detesta la foto sin alma; tirar por tirar no va con su estilo, aunque la vida cubana de hoy imponga sus duros presupuestos para la subsistencia. Por eso puede realizar perfectamente las fotos de unos quince, una boda o las de un cumpleaños, pero sabe que el Arte Fotográfico con mayúsculas, el más excelso y legítimo, sobrepasa por mucho estos instantes felices y se encuentra –también como la poesía– desperdigado, esperando, a veces de modo doloroso, en una calle o en un barrio sin glamour, en un callejón, a la entrada de una cafetería desolada, en una sala de hospital, junto a las líneas del tren, y en todas partes… y debe saber encontrarlo quien pretenda ser un buen artista.
Mientras detiene por un momento la embestida de tanta gente que lo solicita, Alberto abre varias carpetas en su computadora y me muestra una obra tras otra. Se toma tiempo en explicármelas, aunque las fotos gritan su mensaje. Todas, sin excepción, son exquisitas.

Fotógrafo Alberto Borrego Sánchez
Fotógrafo Alberto Borrego Sánchez

Y también sin excepción las quiere a todas, aunque recojan imágenes muy fuertes y tristes, como aquellas vinculadas a las horas más angustiosas de la vida de su madre, desgastada mortalmente por los feroces embates del Alzheimer, al punto de quedar prácticamente con la piel sobre los huesos.
“Son imágenes duras, y para mí son más duras que para nadie, porque están vinculadas a mi mamá; pero alguien debe reflejar los estragos del Alzheimer, alguien debe hacerlo, y yo siento que me ha tocado a mí. Cuando un hombre se conmueve ante cualquier enfermedad, está en mejores condiciones de interpretarla, de estudiarla y hasta de prevenirla y combatirla”, ha confesado de manera muy convincente el artista.
A tan alto rango de maestría en el trabajo con la imagen subió Alberto, que el poeta, crítico y ensayista Rafael Acosta de Arriba, al dar a conocer su documentado y extraordinario libro La seducción de la mirada. Fotografía del cuerpo en Cuba (1840-2003) lamentó que, por no haber conocido a tiempo estas imágenes, ninguna de ellas estaba presente en La seducción… De haberlas conocido a tiempo –sobre todo a la más impactante del conjunto– hubiera estado, con todo derecho, presente en este volumen.
No todos suelen aceptar las fotos donde imperan la enfermedad o la tristeza. Prefieren imágenes más amables. Sin embargo, la vida no es precisamente una panacea. Es dura, y muchas veces hay que vivirla y morirla en durísimos trances. Pero si uno observa fotos tan magistrales, como las realizadas a su madre enferma –sin otra ropa que su piel ligerísima–, mirando con desafiante donaire la luz del día que entra por su ventana, entonces se conmueve tanto como el artista y aplaude a rabiar el magisterio y la osadía de este.
Miembro de la UNEAC, con obras en poder de coleccionistas de países como España, Inglaterra, Canadá, Estados Unidos y Venezuela, siempre listo a tender una mano a los artistas y creadores de su entorno, Alberto Borrego es la imagen misma de un talento refinado y completo, de un hombre que “apunta” bien y “dispara” mejor, al que no por gusto un día llamaron El Korda Pinareño (ahora artemiseño, le aclaro riendo), al parecer con muchísima razón y ninguna exageración. Ω

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