Un joven soñador para el bel canto

Por: Miguel Terry Valdespino

“La vida guarda retos muy duros; pero Dios me ayuda a enfrentarlos”, asegura Eugenio.
“La vida guarda retos muy duros; pero Dios me ayuda a enfrentarlos”, asegura Eugenio.

fotos Juan de Dios Mariño

 

Sam en plena faena como alpinista industrial
Sam en plena faena como alpinista industrial

Casi nadie imagina que detrás de Eugenio Hernández Castañeda, un robusto y afable joven que a veces pedalea en un bicitaxi por las calles de Caimito, se encuentra un talento del arte lírico en Cuba. Tampoco imaginan que su hermano Sam, a veces al “timón” del mismo bicitaxi, es un excelente creador de efectos especiales para la Televisión Cubana, dentro de la cual realizó aportes muy notables para un serial que hizo época por su calidad fuera de lo común: Duaba, la odisea del honor.

Con este bicitaxi y un empeño que los lleva a no rendirse nunca, Eugenio, sobre todo, ha podido enfrentar las exigencias monetarias que lo llevaron a viajar, diariamente, desde su vivienda enclavada en este municipio artemiseño hasta donde cursa estudios desde hace tres años: el Teatro Lírico Nacional, en La Habana Vieja.

Ahora, convencido de cuáles son los sueños que quisiera convertir en realidad, recuerda en especial dos momentos de su vida: cuando a la edad de quince años se estrenó como vocalista en la Iglesia evangélica del Bando de Gedeón, de la cual es miembro junto con su madre Elia Luisa, y cuando el arte lírico prendió con fuerza dentro de sí para ayudarlo a dejar atrás, definitivamente, al adolescente conflictivo con el que su madre debió luchar impetuosamente, y sola, para sacarlo adelante.

Eugenio (a la derecha) junto al contratenor Ubaíl Zamora.
Eugenio (a la derecha) junto al contratenor Ubaíl Zamora.

Lo primero que Eugenio interpretó en público fue el tema Alaba a Dios, popularizado por el vocalista norteamericano de origen puertorriqueño Danny Berrios. Entonces no imaginaba cuál sería su futuro. Pero lo seducía sobremanera el modo tan potente en que cantaban algunos hermanos de su Iglesia.

Por esa época, escuchaba mucho las canciones de un tenor cristiano dominicano, Junior Kelly Marchena, y quedaba en hechizo con sus interpretaciones de temas como Cuán grande eres y Al clamor final, vocalizados también por el principiante Eugenio. Curiosamente, ambos tienen registros de voces muy parecidos: Junior es tenor lírico ligero y Eugenio es tenor lírico spinto o tenor de empuje, que necesita recurrir a más presión en el diafragma para emitir las notas agudas.

Dispuesto a comprobar si realmente contaba con talento para el canto, se fue hasta San Antonio de los Baños a tocarle la puerta al reconocido tenor Rodolfo Chacón, un hombre que había recorrido escenarios nacionales e internacionales intepretando las mejores zarzuelas del patio y obras de resonancia planetaria, y que gusta sacar el máximo al talento incipiente de sus alumnos, agrupados en el proyecto Dulce Quimera.

“Con el profesor Chacón aprendí a proyectar la voz, a no cantar con el sonido encerrado dentro de mí –afirma Eugenio–. Bajo su dirección interpreté temas de la zarzuela española La tabernera del puerto, y ‘Nessun dorma’, aria final de la ópera Turandot, de Giacomo Puccini”.

Cautivado ya por el arte lírico, Eugenio decidió presentarse en el Concurso Nacional La Nueva Voz, realizado en el Teatro América, donde volvió a interpretar ‘Nessun dorma’ y el tema Rebelde, del cubano Ovejeiro Carvajal. Alegría mayor recibió al escuchar que el jurado del certamen le otorgaba el Primer Lugar del concurso y que la distinguida profesora Marta Cardona había decidido recomendarlo a la valoración del profesor y músico Roberto Chorens (ya fallecido), director del Teatro Lírico Nacional y una verdadera autoridad en la materia.

Una exitosa audición con la profesora Katia Selva y el visto bueno del profesor Chorens, que no titubeó ni una sola vez al escuchar a Eugenio, le abrirían espacio en los predios del Teatro Lírico y la entrada a un universo musical extraordinario, donde relucían nombres que Rodolfo Chacón le había hecho muy familiares: Rodrigo Prats, Ernesto Lecuona, Gonzalo Roig… y a las obras de otros genios de más allá de las fronteras insulares.

Eugenio tiene la cabeza repleta de sueños: quiere ser algún día el tenor de Madame Buterfly, interpretar algún personaje en la ópera Tosca y en un sinfín de creaciones que han dado la vuelta al planeta. Admira a tenores como el español José Carreras, el italiano Giuseppe Giacomini y el alemán Jonas Kaufman, y especialmente a la soprano hispanocubana María Remolá, por su capacidad para alcanzar los registros vocales más altos.

Conversando acerca de la presencia de la música en la Biblia, Eugenio Hernández se detiene conmovido en la belleza poética de los Salmos, compuestos por el rey David, que tocaba el arpa y compuso alabanzas para Dios, al cual Eugenio asegura deberle todo su talento, y diserta sobre varios de los grandes músicos que compusieron obras de clara resonancia religiosa, especialmente sobre Franz Schubert y su Ave María, pieza maestra de la cual me regala, a capella, un pequeño fragmento en el improvisado “escenario” que resulta ser la sala de mi vivienda.

“Mozart compuso música para ser interpretada durante misas de la Iglesia católica, entre ellas el tema Señor, ten piedad de mí y varios Ave María –señala Eugenio–. Son muy hermosos. Sin embargo, la pieza de Schubert no admite comparación. Cuando uno la escucha, siente que levita, y cuando se trata ya de interpretarla, entonces te enfrentas a un reto extraordinario, porque es una clase magistral para aprender la técnica sobre cómo controlar la voz.

Sueña mucho. Pero sueña bien este muchacho, que un día, cuando el camino pareció estrechársele al máximo en medio de su difícil adolescencia, descubrió un arte lleno de exquisiteces y retos, un arte que le daría un sentido muy especial a su vida. Quizás todo el sentido.

***

Poco antes de concluir esta entrevista, recibí, curiosamente, de parte de un amigo, el escritor Alberto Guerra Naranjo, uno de sus últimos relatos: Picassos en el aire, un cuento marcado por la angustia de un emigrante que, en un país del Primer Mundo, pinta la parte exterior de un altísimo edificio y, de pronto, la mayoría de las cuerdas que lo sostienen se parten y entonces la salvación de su vida queda a expensas de un milagro.

El oficio tiene un nombre con resonancias casi turísticas: alpinismo industrial. Solo que para Sam, que lo ha ejercido (y ejerce) en diversos edificios de La Habana, no tiene nada de turístico. En este oficio, como en el cuento de Guerra Naranjo, algunos “alpinistas” también pueden caer al vacío.

“En el alpinismo industrial un error puede costarte la vida –asegura Sam, el bicitaxista, el de los efectos especiales para la Televisión Cubana–; pero es una manera de apoyar económicamente los estudios de mi hermano Eugenio, que será un gran cantante lírico. No lo dudo. Ha sido larga y díficil la tarea. Pero ni él ni yo vamos a rendirnos en este empeño de alcanzar la meta”. Ω

 

Foto 2: Sam en plena faena como alpinista industrial.

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