¿Para los domingos? Películas

Por: Daniel Céspedes Góngora

Marta Araújo
Marta Araújo

No puedo negar mi incomodidad con las tardes de domingo. Tienen un dejo melancólico, en que puedes rememorar cuanto has vivido y las pocas ganas de emprender algo nuevo. La pereza y la angustia parecen ser propias de cómo la tarde de ese día influye terriblemente en mi optimismo y energías. Pues ya los lunes, que me encantan, aunque menos que los jueves –benditos los jueves y no sé aún los motivos, ya que nací un viernes– es como si todo recomenzara, como si el séptimo día de la semana necesitara dejarlo atrás. No he ido a un velorio y lo recuerdo fúnebre. Voy a una fiesta o visito a familiares y amigos y solo retengo retazos de conversaciones, poquísimas imágenes de lo sucedido. De la atmósfera vivaz y acaso chispeante, no me queda casi nada. No sé cómo serán las tardes de domingo en otros países. Pero, las que he sufrido aquí, desde niño hasta esta fecha, me siguen pareciendo insoportables. Ah, pero ese horario del día era (y es) atendible y disfrutable cuando lo “olvidamos” con películas.

Cuando antes podía ver solo tres: la de matiné infantil, la de la tarde y la de la noche, recuerdo que se me grababa la de la tarde, esa que recordaba por escenas y secuencias, cuando ni sabía distinguir las unas de las otras. Años después, al crecer y albergarme en las escuelas al campo, mi desahogo emocional lo volcaba en contar la película vista el domingo. Solo Tanda del domingo y luego Arte siete, me ayudaron por años a extrañar menos mi casa y mis padres. La suerte que siempre hubo amigos que compartían mi amor por la tanda de los domingos. Hoy, frisando casi los cuarenta años, recuerdo mucho aquella etapa que incluía también 24 por segundo con Enrique Colina. El crítico que soy hoy se formó con las dos películas de los sábados, con lo poco que podía ver por un tiempo de Historia del cine, Toma uno, La séptima puerta y mucho de los cines y las salas de videos de mi pueblo de La Fe en la Isla de la Juventud.

Pero siempre fue la película de la tarde del domingo la que podía ver con más atención. El domingo cambiaba para mí porque, aunque supiera lo que se iba a poner, la película era una revelación, cuando no una sorpresa. Rostros ya conocidos o nuevos. No importaba. Tenía una libreta donde apuntaba el año de la película y los nombres de actrices y actores. No solía poner el de los directores porque para los cinéfilos en Cuba es costumbre decir “la película de Harrison Ford” y no la de Spielberg. Tanda del domingo, Arte siete o su variante veraniega Cinemavisión representaba para este espectador lo que del universo audiovisual me aportaban los esperados programas nocturnos Prismas y Hurón azul, la mejor revista cultural que ha tenido la televisión cubana. Prismas estuvo bien marcado por las circunstancias. Se fue en el momento oportuno. Mas, ¿qué pasó con Hurón azul? Mantenía una lozanía en su estructura y cada una de sus secciones era un mundo. Un día dejó de salir y no nos preguntamos por qué. De todos modos, no iba a regresar.

Recuerdo haber visto casi todos los géneros cinematográficos en la película del domingo, que empezó por el canal seis, luego llamado Cubavisión. Con el tiempo, la película de la tarde, asumiría en principio dos géneros: comedia y cine de aventuras. Eso sí, comedias y mal llamadas “películas de acción” no pasaditas de tonos por la hora y el hecho que se propiciaba: la familia se reunía y todos disfrutaban incluso cuando era un drama como El aceite de la vida (George Miller, 1992), película durísima para el horario, pero que no cabía colocarla en otro espacio cinematográfico de la televisión cubana. Acostumbrado, como estaba el espectador, a los estereotipos del cine de comedia y aventuras, de vez en cuando tenía que enfrentarse a un drama como Kramer vs. Kramer (Robert Benton, 1979), si bien lo que quería ver era una de la partes de Indiana Jones, La guerra de las galaxias, la Meryl Streep de La muerte le sienta bien (Robert Audrey, 1992), el Brad Pitt de Leyendas de pasión (Edward Zwick, 1994), el Antonio Banderas de La máscara del zorro (Martin Campbell, 1998)… El musical tendría también sus momentos. Pero los directores sabían muy bien que cuanto apetecía el público eran largometrajes tipo La máscara (Chuck Russell, 1994) o Dr. Jekyll y Miss. Hyde (David Price, 1995).

Las tardes de los domingos vino a lograr lo que luego fue una ganancia de las telenovelas brasileñas y algunas cubanas: la familia, que en otro tiempo se reunía para comer, volvía a reencontrarse en la propia casa gracias al embrujo del culebrón del momento. El suceso de la familia reunida por algo agradable volvería a tener períodos de agradecido solaz con la posibilidad que tuvieron algunos miembros de acceder a las videocintas VHS y más tarde a los DVD. También quedaba el acontecimiento de la sala oscura. No obstante, aun cuando las empresas, canales o compañías se han empeñado en conquistar las audiencias para los estrenos mundiales, la magia de las salas de cine se quebraría para siempre. Ya hoy o mejor, desde hace más de diez años en lo que concierne a Cuba, con la entrada de las nuevas tecnologías (laptops, celulares, iPod…) y la llegada del “paquete semanal”, la manera de ver cine ha cambiado a los públicos, no solo en cuanto quieren ver sino cómo lo quieren ver. Cuando entrevisté a Dean Luis Reyes, a propósito de la significación del paquete para el público cubano, me respondió lo que, por mucho tiempo, recordaremos como una alternativa sin precedentes en la historia del consumo audiovisual desde esta isla, pues “La aparición del paquete es tan significativo para la historia cultural cubana (aunque sea complicado demostrarlo con cifras) como la creación de la red de bibliotecas públicas y de la imprenta nacional”,1 mientras Antonio Enrique González Rojas aseguró:

“El paquete es un canal alternativo que nos permite sincronizarnos un tanto con el mundo respecto al cual permanecemos bastante aislados. Es una plataforma bastante inclusiva (aunque de su redil escapan aún muchos productos, de manera inconsciente o de manera consciente) que compensa de manera leve, pero a la vez definitoriamente, la falta de acceso pleno a la Sociedad de la Información, con todas las luces y sombras conspirativas que se le quieran señalar. Esto llegará en algún momento, pues la vida se abre siempre camino entre todos los obstáculos que se le ponen con pretensiones regulatorias y hegemónicas. Y esta es la nueva sociedad que ya se filtra en Cuba por mil grietas”.2

Ningún espacio televisivo cubano puede rivalizar con la expansión de audiovisuales y otras ofertas que promociona y distribuye el paquete. Ahora, cuanto se pide es capacidad de acierto dentro de esa libertad ofrecida al consumidor, pero para acertar hay que ver. Ello implica tanto escoger como equivocarte, parar cuanto aprecias para considerar otra obra. Es una constante búsqueda que no pocas veces depara asombros significativos. El equipo de Arte siete, como cualquier programa cinematográfico cubano que se respete, considera las ofertas del paquete porque es la manera más económica, de libre acceso, de saber qué está circulando en materia audiovisual, sobre todo de ficción y documental.

Con el arranque y disposición de nuevos canales, la parrilla de la programación nacional amplió la exhibición simultánea de largometrajes, a tal punto que se implantó adrede e indirectamente la competitividad a la hora de estrenar o programar películas por Multivisión, los canales educativos y Cubavisión. Llama la atención que las películas de Arte siete han mantenido su propósito fundamental: entretener a la familia. De manera que sus tramas y conflictos gravitan sobre los lazos familiares, incluso cuando son largos con asuntos hípicos o donde el protagonista es un can como Beethoven (Brian Levant, 1992) o un cerdo como Babe (Chris Noonan, 1995). No se extrañe entonces que la asesora del programa (Liliam Alfaro Pérez), quien elige las películas, sin soslayar las sugerencias de sus guionistas (Yoel del Río y Rubén Padrón), seleccione obras relacionadas con la familia y considere aprovechar, además, fechas memorables concernientes al día de la madre y del padre, como atienda del mismo modo las efemérides nacionales. Las películas no hacen los días pero, sin dudas, los pueden mejorar. Los domingos, al menos en Cuba, dependen de las películas que uno decide ver.

Arte siete recomienda, pero ante todo complace. Y ya lograr complacer es un reto, cuando el joven ve de otros canales lo que le viene en gana y si no le basta, enciende su computadora para empezar o continuar una serie. ¿Cabría admitir las mismas características para todas las películas que se eligen en el programa? Sería muy injusto incluso que el espectador más crítico afirmara que sí. Cada cierto tiempo escucho la frase: “esa película es para Arte siete”, frase insultante no solo para las películas seleccionadas, sino hasta para la concepción y superobjetivo de un programa concebido para la familia. Respecto a lo anterior, Rubén Padrón está claro que la expresión de marras alude sin reservas a “películas flojas”. Pero, él recuerda que hay que ajustarse a quiénes va dirigido el espacio y no siempre pueden elegirse películas de alta calidad en cuanto a argumentos y puestas en pantalla. Los dramas familiares, así sean de culturas harto minoritarias, presentan valores universales, no necesitan de despliegues estético-formales de relevancia. ¿Qué pensaría la directora española Isabel Coixet, que no soporta los domingos, al saber que una de sus películas más introspectivas como La librería (2018) se estrenó en un programa como Arte siete? Nada menos que La librería, considerada acá una “película dominguera”, a la que le fue sustraída, por horario y público, la muerte de uno de sus personajes. No lo vimos tendido en la tierra, pero supimos que murió.

¿Cumple Arte siete con su función en tanto programa televisivo? Alcance y fidelidad evidencian la cantidad de espectadores que lo disfrutan en familia, esos que en una encuesta uno pudiera preguntarles temprano al comenzar el lunes: ¿Cómo te fue ayer en la tarde? Y te dirían: ¿El domingo? ¡De película! Ω

 

Notas

[1] Dean Luis Reyes: “Agregar placer al placer del cine”, en Daniel Céspedes Góngora, “Apasionados y racionales. Entrevistas a críticos cubanos de cine” (libro en preparación).

2 Antonio Enrique González Rojas: “No he dejado de ser ese niño omnívoro”, en Daniel Céspedes Góngora, “Apasionados y racionales. Entrevistas a críticos cubanos de cine” (libro en preparación).

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