Más agradable que en Ohio

Por: Daniel Céspedes Góngora

El diablo a todas horas (2021)

Hay personajes y hechos en El diablo a todas horas (2020), de Antonio Campos (Buy it now, 2005; Afterschool, 2008; Simon killer, 2012), que acaso se quedan en el camino, por elipsis y antes por la voz en off de un narrador omnisciente, el cual ya ha revelado el destino de algunos que parecen se van. Es como si, por eliminación, se quitara lo que empaña el relato mayor de este largometraje. Sin embargo, en su estructura, yace un retomar lo sugerido para detallarlo. ¿Será por eso que la película se extiende tanto?

Pero que se extienda no es un problema. Retoma lo que en apariencia es dejado, para que no queden cabos sueltos sobre la muerte y el sacrificio de los otros. Comienza en los años cincuenta del siglo XX en los Estados Unidos y, sin pretender ser un retrato sociocultural de la nación, El diablo… aborda el fanatismo religioso con todo lo que comprende y desborda: desde la preocupación por la diferencia del nuevo que llega, hasta el fundamentalismo generador de violencia.

El director se encarga que, desde el inicio de la trama, uno sospeche de una paz transitoria. A medida que el soldado (Bill Skarsgård) intenta integrarse a la localidad de Knockemstiff, en Ohio, y evoque al combatiente estadounidense crucificado por los japoneses de la Segunda Guerra Mundial, al espectador se le alerta. Pues de la armonía ilusoria, accederá a una violencia sicológica que pronto será física y bien explícita.

En efecto, más que la manera de adentrarnos en cómo opera el fanatismo, el thriller psicológico de Campos aparenta permanecer anclado en un catálogo de hechos violentos, donde cada uno quedará inscrito en un “justiciero” sometimiento de la desdicha, ajustadora de cuentas. ¿Quién se salva en esta historia? Se preguntaría cualquiera.

Quizás no se nota mucho, pero el detalle está por guion y actuación: cuando le celebran un cumpleaños a Arvin crecido (Tom Holland), el tío Earskell (David Atkinson), lo mira y duda. ¿De qué duda? ¿De cuánto se imagina su sobrino ha deseado o de entregarle las pertenencias de su padre (Skarsgård), incluida la supuesta pistola con que se suicidó Hitler? El momento, repare de nuevo el espectador, es harto significativo. ¿No estará, del mismo modo, pensando Earskell que puede envilecer la ingenuidad del joven? Por supuesto. Al obsequiarle la caja le dice: “No me gustan las armas, pero él quería que la tuvieras”. Le agradece y comenta que es el mejor regalo que le han hecho. El regalo será decisivo en su vida.

En la historia se maneja además la idea de la justicia mediante la acción de perdonar o no. Lenora (Eliza Scalen) es una víctima perdonante. Reconoce que su padre pudo haber tenido que ver con la muerte de su madre. Pero ella siente “haber vuelto” como mujer y persona a través del perdón. De estar vivo –como lo cree–, desearía conocer a su padre. Arvin, por su parte, se ve aún a sí mismo como un ofendido sin expiación. Recuerda que no quiere perdonar por ahora el sacrificio excesivo del progenitor. El acto del perdón no es una constante, sino una intermitencia en un relato asimismo acerca de la venganza en menor medida y, sin duda, sobre las relaciones de poder.

A propósito de la relaciones de poder, importan en El diablo a todas horas tanto el dominio (poder político institucionalizado) como la influencia (poder indirecto y no estructurado). Aunque no se busca o se desea ser carismático del todo. Más bien se pretende y logra ejercer la dominación con su coartada de legitimidad. Ahora, pudieran molestar los extremos de caracterización de los predicadores lozanos: si no se es un asesino, se es cínico a más no poder. ¿Tendrán que pasar los años para que un respetable evangelista le haya sido perdonado –de tenerlos– pecados horrendos de juventud? Al respecto, los personajes de Roy Laferty (Harry Melling) y Teagardin (Robert Pattinson) son exorbitancias del relato. Existen otros personajes, que aspiran a un dominio imparable de la manipulación y el abuso. Pero montan en su coche a quien, sin dejar de ser buena persona, ha perdido ya la inocencia.

Basada en la novela homónima de Donald Ray Pollock, publicada en el año 2011, la adaptación cinematográfica El diablo a todas horas, de Antonio Campos, narrada por el propio Ray Pollock, merece resumirse sin problemas como una historia sobre la convivencia armónica por privación. Diría Paul Auster: “Porque si se pueden rescatar las cosas del filo de la ausencia, existe la posibilidad de devolvérselas a los hombres al hacerlo”. Lo anterior significa que se cree en la posibilidad de la esperanza. Pero una esperanza integradora, sin los delirios de determinadas creencias culturales.

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