«Disney, la compañía, por dentro»

Por: Daniel Céspedes Góngora

Cuando el narrador Sterlin K. Brown, en el documental Un día en Disney (Fritz Mitchell, 2019), le dice al espectador: “Bob Iger es primer ejecutivo de la Compañía Walt Disney, propietaria de Pixar”, no presenta a un mero personaje, sino que intenta personificar, señalándola, la imagen múltiple y dispersa de Disney, histórico y más influyente de lo que algunos pueden suponer, el conglomerado mediático más grande del orbe, al que le siguen Warner, News Corporation y Viacom.

“Mucho de lo que hacemos es inspirar a las audiencias, pero es igualmente valioso y gratificante para nosotros inspirar a nuestra gente”. Apreciamos a Iger recordándoselo a su heterogéneo equipo en una de las reuniones creativas de trabajo. Reuniones donde algunos insinúan una idea, otros asienten o la rebaten y, si es aprobada, luego se hace realidad. Desde su fundación el 16 de octubre de 1923, la compañía, con sus pros y sus contras, ha sabido cómo competir y sobrevivir hasta la actualidad.

Ese “inspirar a nuestra gente”, ¿se supone que es solo alusivo al público estadounidense? No, sabemos que no. Pero el medidor principal de audiencia es más efectivo, si empieza a surtir efecto en el propio país de donde sale el producto. Más allá de los dibujos animados, ¿qué ha significado para el despertar y desarrollo de los norteamericanos? ¿Qué hubiera sido de la audiencia mundial sin el canon impuesto por Disney durante mucho tiempo? ¿Qué hay detrás de retomar los clásicos animados para llevarlos a 3D?

Un día en Disney, cuyo cartel viene acompañado con el sugerente adelanto: “Conoce a las personas que hacen la magia”, ofrece un recorrido interno por la historia de la compañía a partir de sus propios creadores o de los presentes y más funcionales que aún conservan sus empleos. No es el primer documental sobre el legado del reconocido productor, entre otros, de Blancanieves y los siete enanitos, Fantasía, Pinocho, Bambi, Alicia en el país de la maravillas y su preferida de siempre La Cenicienta. Disney imperó no solo como creador de la compañía, sino desde el cargo de productor, cuando dicho cargo tenía la última palabra en materia de qué se ponía o se dejaba en la obra. El productor daba el dinero y su figura representaba una “suerte” de mandato omnipresente. Si bien Disney fue historietista, guionista y un innegable experimentador y visionario del mundo de la animación, ni siquiera fue el dibujante primero de Mickey Mouse, aunque le dio su voz y su mejor carácter al personaje. Acaso sea bueno reconocer que el ratón fue una invención tanto de Disney como de Ub Iwerks. Las primeras películas de la compañía fueron, en rigor, regidas por varios realizadores. Blancanieves, por ejemplo, fue dirigida por David Hand, William Cottrell, Larry Morey, Perce Pearce y Ben Sharpsteen. Luego la dirección pasó a ser exclusividad de dos, cuando no de un solo hombre como, por ejemplo, el caso de Wolfgang Reitherman, uno de los Nueve Ancianos de Disney.

No se espere en el material que se aluda siquiera a la famosa huelga de 1941, donde infinidad de colaboradores pidieron estar unidos bajo un sindicato, lograr mejores salarios, según lo posibilitara los ingresos de cortos y largometrajes, así como el derecho a aparecer en los créditos de la obras. Ese asunto de la bronca es una mancha muy negra, aunque prescindible para muchos en la historia de la fábrica de sueños.

Es capital tener en cuenta cómo las ideas que muchas generaciones tienen de cuentos clásicos, provienen del imaginario edulcorado y no siempre bienintencionado de las “innovaciones” de Disney. A propósito, cuando entrevisté al crítico cubano Justo Planas, autor del libro El cine latinoamericano del desencanto (Ediciones ICAIC, 2018) y antes de Disney y la zapatilla mágica. Análisis del discurso ideológico de Cenicienta (Reina del Mar Editores, 2018), le pregunté cuáles podrían ser las preocupaciones del espectador ante Walt Disney Animation Studios y me respondió con razón lo que se impone reproducir:

“Lo que intento demostrar con Disney es que sus productos tienen un carácter normativo muy fuerte. Es algo que se ha dicho mucho, pero quizás en Cuba tenía necesidad de que un cubano lo mencionara, porque la exposición a Disney en la televisión cubana no es poca. Cuando digo normativo, me refiero a que a ese espectador sensible que son los niños, Disney le dice cómo comportarse como mujer o con las mujeres, con las personas de otras razas y culturas. Les dice quién es feo y quién es bonito. Cómo vestirse y cómo conducirse, hasta cómo soñar. Es una industria muy grande y tiene varias décadas de existencia, pero, como intento demostrar, Disney no ha variado mucho su percepción del mundo.

”No estoy diciendo que debe ser censurado, quiero dejar esto claro. Los niños tienen derecho a ver y juzgar por sí mismos. Si alguien prohíbe a su hijo ver a Disney quizás se sienta excluido, por ejemplo, cuando los amigos conversen sobre su última película. Sencillamente, habría que estar al tanto de qué están consumiendo nuestros hijos, y ocuparnos de conversar con ellos, escuchar sus puntos de vista, y compartirles los nuestros”.

Cuando Eric Goldberg, uno de los dibujantes y directores actuales, expresa algo tan interesante como: “Y aunque es verdad que abordan asuntos muy serios, luego de ver una película de Disney, uno siempre sale encantado y piensa: sí, fue fabulosa. Creo que volveré a verla”, en efecto, la volvemos a ver, así sepamos que han cambiado cuanto les ha venido en gana en detrimento del relato original. La carcajada de Eric Goldberg luego de admitir: “Creo que volveré a verla”, es honesta y alarmante, al mismo tiempo.

Desde Mickey Mouse hasta Disneylandia, pasando por los estudios y el proceso editorial para prologar la vida de los personajes, sin dejar de interesarse en cómo están determinados, como en una película de Disney, los públicos, avanza el documental. De ahí que, cuando pareciera alejarse de su superobjetivo, al entrevistar a la conductora de televisión Robin Roberts, cuanto hace adrede es reavivar a aquel. La historia de vida de Roberts lo merece. Es la superación de un cáncer de mama y de un grave trastorno sanguíneo lo suyo, aunque queda equiparado al triunfo de una heroína de Disney.

Por su inconformidad, la lucha por mantener sus conquistas y superarse como estudio, conglomerado o compañía, Un día en Disney merece disfrutarse siguiendo acaso uno, a modo de espectador, el proverbio bíblico: “manso como paloma y cauteloso como serpiente”. Pues, mientras “más sensible, más fiable”, como sostiene una artista y tecnóloga al referirse al robot que comparte en uno de los parques temáticos. Pero, también es verdad que la sensibilidad reflexiva puede ser un deleite extraordinario. No renunciemos a ella. Ω

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