La dignidad de la mujer y su dignificación

Por: padre José Miguel González Martín

Temas de la mujer
Temas de la mujer

Un tema actual

La vigencia e importancia del tema, objeto de exposición en el siguiente dossier, no necesita demasiada explicación ni justificación. De todos es sabido cómo uno de los bloques temáticos continuados en los medios de comunicación de todo el mundo, al menos del occidental, es el tema de la mujer. La defensa de sus derechos, sus valores genuinos y propios, la maternidad, la virginidad, la familia, la igualdad fundamental con el varón, su incursión en los distintos ámbitos del mundo laboral hasta hace poco reservados a los varones, la repulsa de la execrable violencia contra algunas de ellas, los movimientos feministas, la ideología de género, la reivindicación de la feminidad frente al igualitarismo rampante pretendido por algunas, y un largo etcétera, inundan páginas e informativos por doquier.

Es evidente para todos, a poco que leamos, la frecuente ideologización del tema y la politización por parte de algunos que se consideran los verdaderos defensores de la mujer, calificando de machismo retrógrado, incluso fascista, todo lo que no está en su ideología o propuesta reductiva. La apropiación en exclusiva del tema de la mujer y su defensa a ultranza, aun a costa de la misma mujer y sus principios y derechos fundamentales, viene siendo la actitud constante en quienes manipulan y utilizan el tema a su favor, descalificando a quienes no piensan o dicen lo mismo que ellos. Dice un autor contemporáneo: “Si lo femenino es la clave hermenéutica de lo humano, quienes están obligando a la mujer a elegir entre lo femenino y el feminismo ideologizado fuerzan las conciencias. El feminismo de tercera y cuarta ola, si me apuran, subvierte la condición de la naturaleza, se vuelve contra la mujer porque se vuelve contra lo humano”.

En una época como la nuestra, en la que para muchos “todo vale” y la búsqueda auténtica de la verdad brilla por su ausencia, no es de extrañar encontrarnos con posturas que absolutizan su visión del tema u otras, en el extremo contrario, que relativizan todo. Y tanto de una como de la otra parte, descalifican con pasmosa y superficial facilidad a la Iglesia, a la que acusan de medieval e inmovilista. Con todo, no pretendemos en estas líneas entrar en polémicas estériles, ni defendernos de nada o de nadie.

Lo propio y específico de nuestra aportación consistirá en exponer, desde lo que la revelación y la doctrina cristiana nos ofrecen, el fundamento de lo que entendemos como la auténtica comprensión del tema de la mujer, del cual derivan todas las demás cuestiones. Nos preguntamos qué nos dice la Sagrada Escritura y la Tradición de la Iglesia con su Magisterio sobre la dignidad de la mujer, dónde radica su fundamento, para cimentar sobre ello todo el esfuerzo necesario para su mayor y mejor dignificación.

Y como se dice en el argot popular que “es bueno poner el parche antes de que se haga la herida”, reconocemos que todo lo que nos dice nuestra fe cristiana sobre la mujer no siempre se ha vivido plenamente en la praxis histórica de nuestra querida madre Iglesia y que todavía nos falta un buen camino por recorrer para seguir implementando y desarrollando su papel en la Iglesia, en la sociedad y en el mundo actual; al mismo tiempo también reconocemos los pasos que ya se han dado o se están dando, y la enorme relevancia de la presencia femenina en la labor evangelizadora de la Iglesia. Sin la mujer, su presencia y su trabajo, la Iglesia no sería hoy lo que es. Basta recordar el incontable número de mujeres santas, vírgenes, mártires, fundadoras, madres de familia, a quienes veneramos en la liturgia de la Iglesia. También hoy el testimonio de tantas mujeres comprometidas con Cristo y con la Iglesia, encarnación del ideal femenino y modelos de seguimiento del Maestro, son una riqueza inmensa para todos.

Fundamentos bíblicos y teológicos

Recordaba san Juan Pablo II en 1988 que “la dignidad de la mujer y su vocación, objeto constante de la reflexión humana y cristiana, ha asumido en estos últimos años una importancia muy particular”.1 Por el término “dignidad” aplicado a la mujer o al varón, entendemos su excelencia, su realce, su valor propio y específico, su riqueza, su honor. También san Pablo VI, en 1976 dijo: “En el cristianismo, más que en cualquier otra religión, la mujer tiene desde los orígenes un estatuto especial de dignidad”.2 Hemos de remontarnos, pues, a los orígenes de la humanidad y a la voluntad del Creador para ahondar en los fundamentos antropológicos y teológicos referentes al significado de la dignidad específica de la mujer. Solamente desde ahí podremos comprender mejor su igualdad esencial con respecto al varón, sus valores propios y su presencia activa en la Iglesia y en la sociedad.

Dice el primer libro de la Biblia, en su primer capítulo: “Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó” (Génesis 1.27). Decían los Santos Padres de la Iglesia3 que, en este texto, encontramos la base inmutable de toda la antropología cristiana. El ser humano, varón o mujer, es el culmen de todo lo creado por Dios; y ambos, varón y mujer, son seres humanos en el mismo grado y ambos fueron creados a imagen de Dios. Así pues, la dignidad de la persona humana, varón o mujer, radica en aquel principio común que los identifica como imagen de Dios, llamados por Él a crecer, multiplicarse, y a llenar y dominar la tierra. Ser imagen de Dios significa representarlo, ser su colaborador, prolongar su presencia y su señorío. Siendo creatura en medio de la creación, la calificación de “imagen de Dios” pone a la persona humana más cerca del Creador que del resto de las creaturas. Lo leemos en el Salmo 8: “Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad”. Por eso entendemos que la dignidad de la persona humana, varón o mujer, de cualquier ser humano desde su concepción hasta su muerte natural, radica en que es y será siempre “imagen de Dios”. De ahí el respeto debido a todos, hombres y mujeres, como personas humanas, inteligentes, libres y capaces de amar, creados por el Dios personal que se nos ha revelado plenamente en Jesucristo, Dios hecho hombre, imagen de Dios invisible, primogénito de toda la creación (Col 1.15), desde donde se esclarece el misterio de todo ser humano (cf. Gs 22).

También en el libro del Génesis nos encontramos con otra descripción de la creación del ser humano, varón y mujer (Gn 2.18-25) que completa lo anterior. Este texto, más antiguo y antropomórfico, presenta a la mujer creada “de la costilla” del hombre y puesta en escena como el otro “yo”, en igualdad de condiciones y como interlocutor válido, al lado del varón. Es reconocida inmediatamente por él como “carne de su carne y hueso de sus huesos”. Y es llamada “mujer” (‘issah) porque ha sido tomada del varón (‘is). El término bíblico ‘issah indica la identidad esencial con el varón (‘is). Apoyados en este texto, varios Padres de la Iglesia4 afirman la igualdad fundamental del hombre y de la mujer ante Dios. La mujer es el otro yo del varón en la humanidad común. Ambos desde el principio son personas frente a los demás seres creados. Por eso el varón puede unirse a ella, como esposa, llegando a ser con ella “una sola carne” y abandonando por eso a su padre y a su madre (cf. Gn 2.24). Desde el principio, varón y mujer aparecen como “unidad de los dos” que supera la soledad originaria. El varón no podía existir “solo”, necesitaba una ayuda adecuada y proporcionada.

El carácter personal del ser humano (inteligente, libre y capaz de amar) se expresa de manera única en la relación recíproca y complementaria entre el varón y la mujer. Y esa complementariedad y reciprocidad se extiende a todo el género humano en cuanto que todos hemos sido creados a imagen de Dios. El “ethos” humano, cuyo vértice es el mandamiento del amor, halla su fundamento en la realidad común y originaria de que todo ser humano, varón o mujer, ha sido creado a imagen de Dios. Dios, que es amor, nos llama a reproducir dinámicamente su imagen, amándonos como Él nos ama. La unión esponsal entre el varón y la mujer, fundamentada en el amor único y exclusivo que se vive en el matrimonio cristiano, abierto a la procreación de los hijos, expresa de manera única el proyecto de Dios sobre la humanidad entera.

En Génesis 3, se describe el pecado de los orígenes y sus consecuencias. Una de ellas será el dominio del varón en sentido peyorativo y el sometimiento de la mujer al varón. “Él te dominará” (Gn 3.16). En este texto se explica la ruptura del proyecto originario de Dios, de la “unidad de los dos”, varón y mujer, de su esencial igualdad ante Dios que se corresponde con la dignidad de la imagen de Dios en ambos. Este “dominio del varón” provoca la alteración de la igualdad fundamental entre el varón y la mujer y, por tanto, el desequilibrio en la relación interpersonal en clara desventaja para la mujer. Con el pecado es violada la igualdad fundamental entre ambos, don y derecho que deriva del mismo Dios Creador; la mujer queda en desventaja al mismo tiempo que disminuye también la verdadera dignidad del hombre.5 Podríamos decirlo en sentido inverso, esto es, deducimos del texto que no se corresponde con la voluntad originaria de Dios ni con la dignidad del ser humano, varón y mujer, que la mujer esté sometida en inferioridad al varón; su sometimiento es una violación del proyecto originario de Dios, es pecado. La mujer no puede convertirse en objeto de dominio y de posesión masculina. Del mismo modo, tampoco es voluntad de Dios lo contrario.

Ciertamente, uno de los peligros de la mujer, en su legítimo deseo de liberarse del dominio del varón, siempre ha sido apropiarse de características masculinas, incluso sus defectos, en contra de su originalidad femenina. Por este camino, la mujer no se realiza en plenitud y podría incluso deformar y perder lo que constituye su riqueza esencial, una riqueza enorme. Los recursos personales de la mujer no son menores que los del varón, son sencillamente diferentes. Podríamos decir también, complementarios. La mujer debe realizarse como persona, al igual que el varón, sobre la base de estos recursos propios, expresión de su dignidad y de la imagen de Dios en ella. Es el principal camino, quizás no el único, para superar el pecado del sometimiento, la humillación, el desprecio y tantas vejaciones que todavía siguen sufriendo muchas mujeres en nuestros días.

Todavía en el Antiguo Testamento, nos encontramos con algo que resulta curioso y muy importante para el tema que nos ocupa. A Dios, a cuya imagen ha sido creado el ser humano, varón y mujer, se le atribuyen cualidades “masculinas” y también “femeninas”. “Aunque una madre se olvidase de su hijo, yo nunca me olvidaré de ti” (Is 49.15). “Como una madre, así yo os consolaré” (Is 66.13). En varios pasajes el amor de Dios hacia su pueblo es presentado como el amor femenino de una madre, una madre que engendra, lleva en su seno, da a luz en el dolor, nutre y consuela a sus hijos (cf. Is 42.14; 46.3-4). También en otros pasajes, su amor es presentado como amor masculino de esposo y padre (cf. Os 11.1-4; Jer 34.19).6 Es evidente que Dios no es un ser sexuado y que la diferenciación sexuada pertenece solo a sus creaturas. Quizás las expresiones más usadas, a partir de los textos bíblicos, sobre su paternidad nos llevan subliminalmente a “masculinizar” en exceso la imagen de Dios que nos hacemos. En su efímero pontificado de treinta y tres días, el Papa Juan Pablo I, allá por el año 1978, se atrevió a decir que Dios es Padre y también Madre.

Ya en el Nuevo Testamento nos encontramos con Jesús, Dios humanado. Dios, para entrar en la historia de la humanidad, en la segunda persona de la Santísima Trinidad, el Hijo, eligió encarnarse “en varón”. De ninguna manera podemos encontrar en ello un menosprecio a la feminidad. Jesús sorprendió a todos, en su vida pública, con el trato sencillo y directo con varias mujeres que participaron de un modo u otro en su misión salvífica, algo extraordinario en su tiempo. La actitud de Jesús para con ellas fue siempre de especial transparencia y profundidad. Con este comportamiento provocó sorpresa, estupor, incluso indignación o escándalo (cf. Jn 4.27; Lc 7.39; Mt 21.31). Son muchas las mujeres, de diversa edad y condición, que reflejan las páginas de los evangelios; algunas de ellas lo acompañaban en el grupo de los discípulos. También aparecen como figuras de las parábolas de Jesús. En sus enseñanzas y en su comportamiento no encontramos nada que refleje la habitual discriminación de la mujer en su tiempo, más bien todo lo contrario; sus palabras y sus obras expresan siempre el respeto y el honor debido a la mujer. Hace entender que la mujer no puede ser considerada “objeto” de placer o de sometimiento sino “sujeto” equiparable al varón en dignidad y vocación.

Es admitido, incluso por quienes no aceptan o se oponen a su mensaje, que Jesús fue ante sus contemporáneos un auténtico promotor de la dignidad de la mujer y de la vocación que le corresponde. Jesús confirma esa dignidad, la recuerda, la renueva y hace de ella un contenido del evangelio y de la redención. Integra en su vida cotidiana y en su misión salvífica a muchas de ellas como guardianas del mensaje evangélico. Algunas son las primeras en dar testimonio de la resurrección.7 El hecho de haber elegido a doce varones como sus apóstoles, y no incluir en el grupo a ninguna mujer, no desdice en nada lo afirmado hasta ahora. Las razones de ello habrá que buscarlas y fundamentarlas en el estudio teológico de la conciencia divina y mesiánica de Jesús y su voluntad salvífica; de ninguna manera, en una especie de concesión en debilidad al ambiente masculinizante de su tiempo. Ciertamente, si Jesús lo hubiese querido podría haber incluido, en el grupo de los Doce, mujeres que ya formaban parte de su discipulado. Y sin duda la mejor “candidata” era su propia madre, María.

Ella es la mujer más importante en la vida de Jesús, a la que amaba entrañablemente, la que ocupaba un lugar preferente en su corazón. Dios, desde toda la eternidad, proyectó encarnarse, hacerse hombre, y quiso nacer de mujer, nacer bajo la ley para rescatar a los sometidos por el pecado (cf. Gal 4.4), nacer como nacemos todos, de una mujer, de nuestra madre. Es el gesto de Dios que mejor reconoce la dignidad de la mujer y la dignifica aún más.8 Los Padres de la Iglesia llaman a María la nueva Eva, esto es, la nueva Mujer, de la cual nace la humanidad nueva salvada por Cristo.

En María, concebida sin pecado, inmaculada, nos es presentado el proyecto originario de Dios sobre toda la humanidad y sobre cada uno de nosotros. Ella es la Eva auténtica, en ella vemos reflejada, mejor que en nadie, la imagen y la semejanza con Dios y, por tanto, la dignidad del ser humano, varón o mujer. Podríamos decir que, a través de María, Dios nos ha dado “en mujer” el proyecto originario y modelo que está llamado a reflejar todo ser humano, varón o mujer. Algunos llegan a afirmar que en el rostro femenino e inmaculado de María podemos encontrar, metafóricamente hablando, las facciones del rostro paterno y materno de Dios. Dice san Juan Pablo II: “En María, Eva vuelve a descubrir cuál es la verdadera dignidad de la mujer, de su humanidad femenina. Y este descubrimiento debe llegar constantemente al corazón de cada mujer, para dar forma a su propia vocación y a su vida”.9

Tarea ineludible para todos

A partir de aquí a todos nos corresponde, especialmente a los cristianos, trabajar por la dignificación de la mujer en todos los aspectos y ámbitos de la vida eclesial y social. Convendría para ello seguir reflexionando en los valores genuinos de la feminidad como son la maternidad, la virginidad, la esponsalidad, para después pasar a otros como su valor insustituible en la familia y en la educación de los hijos, su proyección en el mundo laboral, su participación en la vida pública o política o la prevención de cualquier forma de exclusión, sometimiento, abuso o violencia en su contra.

El Magisterio de la Iglesia nos ha invitado recientemente a reconocer la indispensable contribución de la mujer a la edificación de la Iglesia y al desarrollo de la sociedad, y al mismo tiempo, analizar específicamente su participación en la vida y en la misión de la Iglesia.10 Ya el Concilio Vaticano II se había hecho eco de ello.11 Se trata, pues, de ahondar en la aportación del pensamiento cristiano a la dignificación de la mujer. Y sobre la mujer en la Iglesia, hay que sacar la cuestión de la dinámica de las esferas y luchas de poder, “el machismo con faldas” que dicen algunos, y llevarla al sacramento del bautismo, no a otro.

El Papa Francisco está promoviendo decididamente una mayor presencia de la mujer en las instituciones de la Iglesia y una mayor participación en su gobierno. No podemos permanecer ajenos a esta dinámica. Es hora de diluir prejuicios infundados y prevenciones trasnochadas a la hora de compartir las responsabilidades, siendo fieles al mismo tiempo a lo que la Iglesia misma nos pide. La presencia de la mujer en la Iglesia es necesaria e insustituible. Lo ha sido siempre y lo seguirá siendo. El testimonio de fe y vida de muchas cristianas a lo largo de los siglos en la historia de la Iglesia nos ilumina e impulsa en el empeño de dignificar la presencia de la mujer.

Para terminar, considero necesario también agradecer a todas las mujeres por su ser y existir en medio del mundo y de la Iglesia, como lo hacía san Juan Pablo II: “La Iglesia da gracias por todas las mujeres y por cada una: por las madres, las hermanas, las esposas; por las mujeres consagradas a Dios en la virginidad; por las mujeres dedicadas a tantos y tantos seres humanos que esperan el amor gratuito de otra persona; por las mujeres que velan por el ser humano en la familia, la cual es el signo fundamental de la comunidad humana; por las mujeres que trabajan profesionalmente, mujeres cargadas a veces con una gran responsabilidad social; por las mujeres ‘perfectas’ y por las mujeres ‘débiles’. Por todas ellas, tal como salieron del corazón de Dios en toda la belleza y riqueza de su feminidad, tal como han sido abrazadas por su amor eterno”.12

Notas

1 Juan Pablo II: Carta pastoral Mulieris dignitatem, 1 (15 de agosto de 1988).
2 Pablo VI: Discurso a las participantes en el Convenio Nacional del CIF (6 de diciembre de 1976).
3 San Ireneo de Lyon, san Gregorio Niseno o san Agustín, entre otros.
4 Orígenes, Clemente de Alejandría, san Agustín, entre otros.
5 Cf. Juan Pablo II: Carta pastoral Mulieris dignitatem, 10.
6 Cf. Juan Pablo II: Carta pastoral Mulieris dignitatem, 8.
7 Cf. Juan Pablo II: Carta pastoral Mulieris dignitatem, 12-16.
8 Precioso el comentario a este texto del Papa Francisco en la Homilía del 1ero. de enero de 2020: “Nacido de mujer. El renacer de la humanidad comenzó con la mujer. Las mujeres son fuente de vida. Sin embargo, son continuamente ofendidas, golpeadas, violadas, inducidas a prostituirse y a eliminar la vida que llevan en el vientre. Toda violencia infligida a la mujer es una profanación de Dios, nacido de una mujer. La salvación para la humanidad vino del cuerpo de una mujer: de cómo tratamos el cuerpo de la mujer comprendemos nuestro nivel de humanidad. //Cuántas veces el cuerpo de la mujer se sacrifica en los altares profanos de la publicidad, del lucro, de la pornografía, explotado como un terreno para utilizar. Debe ser liberado del consumismo, debe ser respetado y honrado. Es la carne más noble del mundo, pues concibió y dio a luz al Amor que nos ha salvado. Hoy, la maternidad también es humillada, porque el único crecimiento que interesa es el económico. //Hay madres que se arriesgan a emprender viajes penosos para tratar desesperadamente de dar un futuro mejor al fruto de sus entrañas, y que son consideradas como números que sobrexceden el cupo por personas que tienen el estómago lleno, pero de cosas, y el corazón vacío de amor”.
9 Juan Pablo II: Carta pastoral Mulieris dignitatem, 11. Cf. también Carta encíclica Redemptoris Mater 46: “A la luz de María, la Iglesia percibe en el rostro de la mujer los reflejos de una belleza que es espejo de los más elevados sentimientos de que es capaz el corazón humano: la ofrenda total del amor; la fuerza que sabe resistir a los más grandes dolores; la fidelidad ilimitada y la laboriosidad infatigable; la capacidad de conjugar la intuición penetrante con la palabra de apoyo y estímulo”.
10 Cf. Juan Pablo II: Exhortación apostólica Chistifideles laici, 49-52 (30 de diciembre de 1988).
11 Cf. Conc. Ecum. Vaticano II: Decreto Apostolicam actuositatem, 9.
12 Juan Pablo II: Carta pastoral Mulieris dignitatem, 31.

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