Desde el Seminario: Hermanos, también en el dolor

Por: seminarista Rafael Cruz Dévora

Seminario de La Habana

Todo comenzó con una llamada telefónica. Estaba de paso por el Santo Ángel Custodio porque correspondía a la tarde libre de los miércoles. A causa de los nubarrones podía intuirse que estaba a punto de llover, todo estaba gris. Los rumores de aquellas llamadas previas en la travesía que nos lleva hasta La Habana habían enturbiado el ambiente. Sin embargo, nadie supuso que reportarían tan inesperado final. Me bajé de la guagua en la parada de la salida del Túnel. Avancé hasta la calle Chacón, subí a Compostela y de ahí hasta la loma del Ángel. Durante el recorrido recordé la situación, pero me tranquilicé con un simple “no debe ser nada grave”. Ascendí por las escalinatas que dan paso a la terraza lateral de la parroquia y junto al sacerdote, al sacristán y una buena taza de café nos sentamos a conversar en los sillones del salón. Una vez puestos en el tema, el aguacero no se hizo esperar más y rompiendo la gravedad comenzó a bañar la vieja Habana.
El recuerdo de que algunos hermanos habían quedado de camino en las cercanías y no tenían donde resguardarse me motivó a enviar algunos mensajes para brindar custodia en la casa del Ángel, donde dicho sea de paso los seminaristas siempre somos bien acogidos. Tan solo unos minutos después recibí una llamada, sin sacar el móvil del bolsillo me acerqué a la reja. Gran sorpresa me causó, al asomarme, la ausencia de mis hermanos, mientras el móvil seguía sonando en mi bolsillo. Regresé bajo techo, y al contestar escuché la desconcertante noticia. La primera de mis reacciones fue la de no reaccionar, quedé aturdido completamente y por unos segundos creí haber escuchado mal. Luego, como cuando te haces el tonto esperando que te cambien el discurso, pregunté ¿qué dijiste?, pero esta vez la respuesta fue la misma. Aquellas palabras taladraron mi alma y mi corazón en un solo instante. Y concluyó diciendo: “Nosotros vamos para allá, no podemos hacer otra cosa más que acompañarlo, ¿tú que piensas hacer?”.
La pregunta final de la llamada sonó para mis adentros cual disparo que inicia la carrera de un velódromo, de tal forma que a toda velocidad recogí la mochila del espaldar del sillón, me despedí y salí corriendo. Aún no escampaba, pero el agua era menos intensa. Bajé para buscar a dos hermanos que estaban en el Arzobispado, pero al doblar por la calle Habana pude ver que me llevaban como tres cuadras de distancia, así que aceleré el paso hasta que logré alcanzarlos.
El amargor del mensaje no nos dejaba razonar bien, en un momento no sabíamos qué hacer para llegar a la Terminal Nacional. Los móviles no dejaban de sonar con llamadas y mensajes, unos querían avisar y otros confirmar sus dudas sobre el acontecimiento. Finalmente, llegamos a la repleta terminal. Un seminarista salió al encuentro, nos puso al tanto de la situación y nos condujo donde estaba él. Sus ojos perdidos en el dolor de un corazón roto no dejaban de repetir que no creían lo que estaba sucediendo. Mientras su rostro, insatisfecho por el curso de los acontecimientos, agradecía la presencia de sus hermanos en la fe, ante la triste noticia de que, a cientos de kilómetros del Seminario, en el hospital de su municipio y de modo repentino, había fallecido su mamá. ¿Quién se encuentra preparado para este momento, cuando ni siquiera te lo esperas?
Aquellas horas a su lado fueron para mí mucho más significativas que el resto de los cinco años compartidos a lo largo de la formación sacerdotal. Allí, al pie del sufrimiento de un hijo que pierde a su madre, se pulió toda aspereza pasada y se ensanchó el corazón por la gracia de Espíritu Santo que nos unifica en Cristo Jesús. Yo sentí mucho dolor, quizá como si fuera por mi propia madre y es que había fallecido la madre no de un extraño ni de un simple compañero de camino, sino la de un hermano. Con la ayuda de la Divina Providencia el ómnibus salió rumbo a su provincia poco después de las cuatro de la tarde. No se fue solo, otro seminarista partió con él para acompañarlo durante los próximos días.
Esta ha sido una de las experiencias más signifi-cativas que tengo de seminarista. Me ayudó a redes-cubrir cuán grande es la familia de Dios, nuestro Padre, de la Iglesia y cómo cada instante del Seminario ha de convertirse en un espacio propio para fomentar ese querer del Señor de que seamos una sola familia para gloria suya. Un verdadero lugar donde las relaciones entre los hermanos se escriben no en tablas de piedras sino en corazones de carne, no con tinta sino con Espíritu Santo (Cf. 2 Cor 3.3). Aprendí que Dios nos desprograma, cambia nuestros planes, hace cosas impredecibles y que, aunque no las entendemos siempre, son en favor nuestro. Hoy creemos y confiamos que la madre de este hermano nuestro descansa en la paz de Cristo y desde allí reza por nosotros y con nosotros. Ω

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