De la Biblia: Las parábolas y el Reino de Dios

Por: diácono Orlando Fernández Guerra

El Nuevo Testamento testimonia que, en Jesús, Dios ha cumplido la promesa que había hecho desde antiguo a los patriarcas y reyes; y que los profetas habían transmitido de una generación a la otra de creyentes. El Señor, en su ministerio público, no dio a sus oyentes una definición del Reino de Dios, porque esta excedería nuestra comprensión, sino que lo hizo evidente mediante sus milagros y palabras, especialmente sus parábolas. Y es que el Reino de Dios no es visible inmediatamente para cualquiera que mire, sino solo para los que lo hacen con fe, porque esta revelación no depende de la carne o la sangre (Mt 16.17), sino del Padre.

Ciertamente, las parábolas nos convierten en oyentes que reflexionan sobre la presencia de Dios en la historia. Frente a ellas el lector puede sentirse interpelado, al punto de irritarse y cerrarse, o intrigarse y rendirse, pero nunca le deja indiferente. Las parábolas nos seducen para que tomemos una decisión sobre el futuro de nuestra esperanza. Así ha sido desde los comienzos del cristianismo, cada creyente ha tenido que interpretarlas desde su propia vida y la de su comunidad.

Jesús se aseguró que tuviesen esta capacidad evocadora al usar imágenes de la vida real para comunicar los secretos del Reino: un mercader de perlas finas (Mt 13.46), una red que se echa al mar (Mt 13.47), un tesoro escondido en un campo (Mt 13.44), unas ceremonias nupciales (Mt 25.1-13), un banquete de bodas (Mt 22.2-10), dineros confiados en ausencia del amo (Mt 25.14-30), viñadores generosamente contratados (Mt 20.1-16), un sembrador que echa grano en la tierra (Mc 4.26-29), un grano de mostaza (Mc 4.30-32), etc.

Como buen pedagogo, iba desvelando los secretos del Reino sin llegar nunca a definirlo concretamente: “¿Con qué compararemos el Reino de Dios o con qué parábola lo expondremos? Es como…” (Mc 4.30), y deja abierta a la imaginación esta misteriosa realidad que solo los sencillos de corazón percibían rápidamente como buena noticia (Mt 11.25; Lc 10.21). Mientras que los soberbios, los autosuficientes, los envidiosos, los hipócritas no conseguían entender.

La expresión Reino de Dios aparece en 109 ocasiones y en los cuatro evangelios. En los tiempos de Jesús tenía que ver tanto con la realeza propiamente dicha, con todo lo que suponía de independencia política del invasor romano y de esplendor económico y religioso. Así como con el reconocimiento de la soberanía universal de Dios. Este era un Reino visible e invisible a la vez. El Reino que Él revelaba con sus parábolas y obras no era una realidad futura hacia la que deberíamos encaminarnos, sino una realidad presente ya entre nosotros, pero que necesita irse abriendo poco a poco. Como otros misterios de la fe, el Reino también es don de Dios y tarea nuestra.

Por eso, al escriba que le respondió que el amor a Dios y al prójimo valían más que todos los sacrificios del Templo, Jesús le dice: “¡No estás lejos del Reino de Dios!” (Mc 12.32-34). Esta imposibilidad de limitarlo espacialmente no significaba que fuera únicamente una realidad espiritual. Ya que Jesús se presenta a sí mismo como el signo vivo de ese Reino que anuncia con gestos concretos: “Si por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a ustedes el Reino de Dios” (Mt 12.28). Cuando los fariseos le preguntan: “¿Cuándo llega el Reino de Dios?”, su respuesta es: “El Reino de Dios viene sin dejarse sentir. Y no dirán: mírenlo aquí o allá, porque el Reino de Dios ya está entre ustedes” (Lc 17.20-21). Él mismo es la semilla de ese Reino sembrada en nuestra estéril vida. Marcos comienza su evangelio con una lacónica invitación: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; conviértanse y crean en la Buena Nueva” (Mc 1.15).

Jesús hace patente la llegada del Reino predicando por pueblos y ciudades (Lc 8.1). Come con los excluidos, acoge a las prostitutas, cura a los enfermos, perdona a los pecadores…: todos esos gestos concretos son parábolas en acción, que manifiestan que en su persona el Reino del Amor ha llegado a nosotros y que Dios está ejerciendo su realeza sobre la tierra (Lc 9.11). Ha dejado de ser un sueño largamente acariciado, para convertirse en una realidad tangible, que está tocando a nuestra puerta y esperando que le abramos para entrar en nuestra casa (Ap 3.20). De esta manera, esa dimensión absolutamente trascendental de la presencia de Dios, ha entrado en nuestro corazón e historia ilustrando ese encuentro único e irrepetible de la eternidad con el tiempo, en que “…se une el cielo con la tierra, lo humano y lo divino” (del Pregón pascual). Ω

Deje su comentario

Comparta su respuesta

Su dirección de correo no será publicada.


*