La pandemia de enfermedad por coronavirus, o de la impotencia de los intelectuales

Por: Raúl Fornet-Betancourt

Raúl Fornet-Betancourt
Raúl Fornet-Betancourt

Escuela Internacional de Filosofía Intercultural, Aachen / Barcelona

Muchos son los gestos de solidaridad que impresionan actualmente en la reacción de la humanidad frente a la pandemia de enfermedad por coronavirus. Uno de ellos es la toma de la palabra por parte de los intelectuales.

En los medios de comunicación y redes sociales en general es fácil comprobar que, en efecto, intelectuales de todo el mundo, sea ya porque se les pregunta por su opinión o porque lo hacen por iniciativa propia, opinan, con celeridad y frecuencia poco usuales en este gremio, sobre el sentido del Covid 19, arriesgando incluso en la gran mayoría de los casos pronósticos de cara a las graves consecuencias que puede traer consigo este, nunca mejor dicho, “acontecimiento viral” para el futuro de la vida de la humanidad y del planeta tierra.

Para la contención de la pandemia y la sanación de la enfermedad por el coronavirus este hecho es, seguramente, poco relevante. Y, por supuesto, también se podrá dudar de su fuerza para influir en el cambio real del “curso de las cosas” en nuestras sociedades. Sin embargo pienso que, al menos para nosotros los que nos consideramos “intelectuales”, merece la pena fijarse en este hecho.

La reflexión que sigue es un intento de explicar porqué.

Considerado como testimonio de compromiso y responsabilidad el hecho de que los intelectuales tomen la palabra ante la actual crisis, merece, sin duda alguna, alabanza y reconocimiento. Pues pareciera dar fe de que los intelectuales de hoy, y especialmente los filósofos entre ellos, se esfuerzan por desmentir con su pronta participación en el presente debate aquel veredicto famoso de su colega Hegel que sentenciaba que la filosofía, en razón de la propia tarea que la define (ser el pensamiento de su tiempo), llegará siempre tarde para decir cómo deba ser o por dónde deba ir la realidad en su curso histórico.

Es, además –creo que esto también se puede reconocer–, un hecho cuyo mérito no se vería menguado ni siquiera en el caso de que se mostrase que responde y corresponde a la lógica de una de las características estructurales más determinantes de nuestra época actual. Me refiero, dicho con una metáfora, a esa “presión ambiental” hacia la “presencia” global y rápida que genera en gran medida la digitalización de los procesos sociales y de la comunicación y que, al estilo de un nuevo y más riguroso “imperativo categórico” que el kantiano, impele hoy, también a los intelectuales, a posicionar de manera veloz sus voces en los foros de opinión, para “ser y permanecer visibles”.

Pero en esta breve reflexión no me interesa ponderar el mérito que pueda tener realmente la participación masiva de los intelectuales en el debate público de la crisis del Covid 19, como tampoco detenerme en juzgar las explicaciones a las que se pueda o deba remontar este hecho.

Me interesa más bien preguntarme por lo que este testimonio de compromiso intelectual evidencia sobre sus propios sujetos, a saber, la llamada “scientific community”, aquí entendida especialmente como comunidad de analistas sociales, filósofos y teólogos. Esto es precisamente lo que he querido indicar con el título escogido para esta reflexión, al resumir con él la impresión de que, con sus análisis y opiniones, los intelectuales “dejan ver”, aunque sea mediante el rodeo de sus tomas de posición sobre la pandemia actual, algo de sí mismos o, dicho más concretamente, del estado de suspenso en que queda su propio pensamiento ante la crudeza de esta crisis. Explico mi impresión.

Leyendo obras que, a mi manera de ver, se pueden tener por representativas de esta toma de la palabra por parte de intelectuales de diferentes regiones del mundo ante la pandemia actual, por ejemplo, las compilaciones de textos publicadas bajo los títulos de Sopa de Wuhan1, Covid 192 o Capitalismo y Pandemia3 –las tres disponibles en las redes sociales–, he tenido la impresión de que, salvo muy escasas excepciones, las opiniones de los autores que en ellas escriben, son consideraciones que ponen en evidencia su impotencia o perplejidad; y que en este sentido parecen decir más sobre el estado intelectual en que se encuentra el pensamiento mismo de dichos intelectuales, que sobre la situación de la crisis y el modo cómo es sobrellevada por la gente en su vida cotidiana.

Así la pregunta que apuntaba antes como motivo y justificación de esta reflexión, la pregunta de qué dice sobre los mismos intelectuales lo que estos dicen acerca del Covid 19, recibiría, pues, la paradójica respuesta de que este testimonio de compromiso intelectual se revierte por su parte en contra de sus sujetos al “dejar ver” lo impotente que se muestra su pensamiento ante el desafío que la actual pandemia representa para nuestras formas de vida.

Trataré ahora de justificar esta impresión o respuesta con unas breves observaciones. Y, con la intención de prevenir cualquier malentendido, me permito intercalar aquí que las presento como sugerencias para reflexionar autocríticamente sobre el estado intelectual en que nos encontramos hoy los intelectuales, y no por ansias pedantes de polémica. En otras palabras, las consideraciones que siguen no buscan pronunciar un “yo acuso”, sino invitar a una autocrítica  colectiva que nos haga recapacitar a los intelectuales sobre la forma en que “desempeñamos” nuestro “oficio” y preguntarnos si no haríamos bien, por el beneficio de la humanidad, en buscar formas más auténticas de practicarlo.

En primer lugar quiero destacar que mi impresión se basa en la sorprendente constatación de que autores que son reconocidos por la comunidad científica internacional como autoridades y referentes indiscutibles en sus respectivas disciplinas, tanto al analizar las causas del Covid 19 como al proponer alternativas ante la nueva situación, lo hagan, en lo esencial de sus afirmaciones, repitiendo ideas largamente conocidas, es más, ideas que desde hace mucho son verdaderos lugares comunes del pensamiento crítico (¡y del no tan crítico también!). ¡Y ello con cierto gesto de decir novedades! Por ejemplo, ideas como la de que el capitalismo tiene límites, o de que la propagación del individualismo liberal y posesivo ha significado la ruina del sentido comunitario, o de que vivimos la crisis de una civilización consumista que ha agudizado hasta lo insostenible la destrucción masiva de la naturaleza, o de que, como consecuencia de ese modelo de civilización, se han minado las bases del equilibrio de la vida; o, acaso como horizonte común de todo lo anterior, la idea del antropocentrismo patriarcal y narcisista occidental como fondo último de la crisis actual. Y se podría añadir todavía, a un nivel más existencial, el “descubrimiento” de la idea de que la vida del ser humano está caracterizada por la vulnerabilidad de su constitutiva condición finita; y que ha llegado, por tanto, la hora de centrar el orden de nuestras sociedades en los valores del cuidado mutuo y del bien común.

Evidentemente la sola repetición de ideas que se consideran justas o el recurso a tradiciones de las que se piensa que conservan hoy todavía un potencial crítico orientador, no son por sí mismos ningún signo de impotencia. Al contrario, pueden ser un signo de humilde sabiduría. Por ello preciso que la sensación de impotencia que ha causado en mí ese recurso se explica más bien, y fundamentalmente, por la manera en que se utiliza dicho recurso. Dejo aquí, pues, a un lado la cuestión de la valoración de la presunción de novedad, para retener de mi impresión que el recurso parece hecho para cumplir la función de sustituir el esfuerzo de poner atención y permanecer atentos a lo que realmente está saliendo a flote en esta crisis del Covid 19, especialmente como crisis de hábitos en las formas de vida cotidiana y de la estabilidad emocional de millones de personas. Lo he percibido, pues, como una cierta licencia (¿una nueva hegeliana astucia de la razón?) para no tener que dejar de lado las teorías conocidas y el ruido de las disputas entre sus representantes, al menos por el tiempo de este “estado de alarma”, esto es, para no tener que arriesgarse a “pararse a pensar” en lo que acontece, sin muletas o intereses teóricos preconcebidos. Pensar, sobre todo en un momento de crisis como el actual, me parece a mí, requiere la disposición de abrir los ojos y el corazón para dejarse afectar por lo que está sucediendo alarmantemente en torno nuestro y en nosotros mismos como personas e “intelectuales”. Es lo que quiero indicar con  “pararse a pensar”, que entiendo ciertamente como un primer deber de nuestro “oficio”.

¿Que el cumplimiento de este deber no es fácil? De acuerdo, porque exige, sin duda alguna, un esfuerzo que puede desconcertarnos como personas y como intelectuales. Pero me parece que se trata de un mandato de elemental honestidad intelectual. Doy, para justificar mi parecer, dos razones que están íntimamente entrelazadas entre sí. Primero, porque su cumplimiento motiva a la concretización del incómodo proceso de aprendizaje que conlleva la disposición de la afectación, en el sentido de la experiencia de meterse en la piel de los contemporáneos que sufren en carne propia la crisis. Y segundo, porque esa visión de la crisis desde las preocupaciones y los miedos del otro es lo que en verdad nos da una base de vida real para decidir si es oportuno o no recurrir a nuestra “reserva” de teorías en la búsqueda de buenas explicaciones del sentido de la situación en la que nos encontramos hoy; pero también para el discernimiento de la vitalidad de las ideas por las que apostamos como respuestas a la crisis, vengan estas de la “reserva” o sean creaciones nuevas.

Dije que estas dos razones están entrelazadas y que hay que verlas como dos momentos de un mismo movimiento. Pero me permito destacar que la primera resume lo que en mi opinión es realmente decisivo, a saber, que el intelectual esté dispuesto a deponer toda pretensión de “preceptor” y, compartiendo lugares donde pulsa la vida, se decida a buscar en compañía respuestas a las necesidades que se manifiestan en la situación vital de la “criatura agobiada”, para decirlo con una expresión bíblica retomada por el joven Marx.

En segundo lugar quiero apuntar un aspecto que se desprende de lo últimamente dicho.

La impresión de impotencia de la que aquí hablo tiene que ver también con el lugar desde el cual los intelectuales usualmente pensamos: Universidades, institutos de investigación, fundaciones, etc. Es decir que se habla desde lugares que no solamente confieren por lo general una alta estabilidad laboral y una buena seguridad económica a sus docentes e investigadores, y que gozan además de un amplio reconocimiento social, sino que son también, y esto es lo que me interesa subrayar ahora, lugares en los que la regla es estudiar los “problemas de la gente” como “cuestiones” que ciertamente importan y ante las cuales también se toma posición, pero que en el fondo quedan lejos existencialmente. Y esta lejanía existencial de los lugares desde los que usualmente pensamos con respecto a la vida cotidiana de la gente, es para mí también la que explica la impotencia que se refleja, por ejemplo, en discursos que resaltan las ventajas que puede tener el confinamiento forzado para el cultivo de “lo esencial” en la vida y dan consejos para ello. Pues, pregunto retóricamente, ¿no significan tales “consejos” desconocimiento de las condiciones de vida y de las preocupaciones de la mayoría de las personas a las que la pandemia del Covid 19 afecta más directamente en sus vidas: los que han enfermado, los que han perdido familiares o amigos, los que han perdido o temen perder el empleo o su vivienda? ¿No reflejan tales

“consejos” desconocer la fragilidad emocional de la “criatura agobiada” y la violencia doméstica a la que puede llevar una situación de encierro en condiciones precarias? Creo que es así realmente. Y por eso doy a pensar con intención autocrítica lo siguiente: Para remediar nuestra impotencia ante una crisis como la actual, los intelectuales necesitamos, sin duda alguna, mejores recursos teóricos, pero cierto me parece también que necesitamos buscar aquellos lugares que dan verdad y veracidad a nuestro “oficio” (Ignacio Ellacuría).

Y por último esta tercera observación.

Los filósofos conocemos el giro fenomenológico impulsado por Edmund Husserl con la intención de corregir el rumbo de una filosofía que, a su juicio, había perdido el sentido de las cosas. De ahí su lema: “Vuelta a las cosas mismas”. Lo recuerdo aquí porque mucho de lo que se escribe sobre la pandemia actual, justo es reconocerlo, parece hacerse eco de este giro. Pero lo escrito muestra igualmente que hoy este giro solo no basta. Y en este sentido termino con esta idea: La búsqueda de nuevos lugares que remedien nuestra frecuente impotencia para hablar (¡con peso de vida!) de los problemas que afectan la vida y la convivencia humanas, debe ser acompañada también por un giro que complemente nuestra “vuelta a las cosas mismas” con una vuelta a nuestros contemporáneos. Pues como interlocutores vivos nos son indispensables para comprender, por ejemplo, que lo “esencial” para el sentido de una vida puede darse también en el rato de descanso tomando aire fresco al lado de la colega enfermera con la que se han pasado horas al cuidado de un paciente o en el compartir la pausa del cigarrillo con el “copain” con el que se limpia una estación de trenes.

Raúl Fornet-Betancourt

Escuela Internacional de Filosofía Intercultural, Aachen / Barcelona. (www.eifi.one). Este texto, escrito inicialmente en alemán, fue traducido y publicado en un boletín cultural en Guatemala. El autor es un intelectual muy reconocido a nivel internacional, con una impronta muy especial en los predios católicos cubanos, pues fue el coordinador de los encuentros cubano-alemanes que se iniciaron en 1997 con la anuencia del cardenal Jaime ortega.

 

Notas

1 En esta obra se recogen, entre otros, trabajos de Giorgio Agamben, Alain Badiou, Judith Butler, Jean Luc Nancy y Slavoj Žižek.

2 En esta compilación se publican las tomas de posición de Leonardo Boff y Byung-Chul Han, también entre otras muchas.

3 La obra contiene, entre otras, consideraciones de Emanuele Coccia, Enrique Dussel, Arundhati Roy y Fernando Savater.

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