Alocución Domingo Cristo Rey

Por: S.E.R. cardenal Juan de la Caridad García Rodríguez

Hoy, domingo 22 noviembre, la Iglesia celebra la fiesta de Cristo, Rey de la Misericordia, del amor, de la paz, de la humanidad. En todas las iglesias católicas del mundo se lee el evangelio de San Mateo, capítulo 25, versículos 31 al 46.

(EVANGELIO)

Como Cristo es Rey del amor, Él ha tenido misericordia con los leprosos, los paralíticos, los ciegos, el papá del hijo loco, la hija de Jairo, la viuda que perdió a su hijo único, Lázaro, la cananea, Pedro, Mateo, la adúltera, la samaritana, la Magdalena, el buen ladrón, los crucificadores, los huérfanos a quienes entrega a la Virgen, la pareja de Caná, el jefe del pelotón romano.

Y el Rey de la misericordia nos recuerda que nosotros, bautizados, somos reyes y que nuestra casa debe estar llena de misericordia y que nuestra Iglesia sea misericordia y que nuestro pueblo sea misericordioso y que todos seamos servidores de misericordia. Cristo quiere que ningún hambriento se quede sin nuestra comida.

Bendita Belkis que comparte su sopa con las vecinas, los enfermos del barrio, los necesitados.

Cristo quiere que ninguno que pide agua en nuestra puerta, se quede sin agua servida con cariño, aunque vivamos al lado de una secundaria. Bendita Margarita Victoria que reparte agua a todos los muchachos de la secundaria que la piden.

Cristo quiere que todos los enfermos sean visitados, ayudados, auxiliados. Bendita la doctora Ana Amelia, que pasa visita a sus enfermos con calma y deja gotas de rocío esperanzador.

Cristo quiere que las madres de los presos sean consoladas. Bendita Laura que seca tantas lágrimas y llena de paz a tantos familiares de presos.

Cristo quiere que nadie falto de ropa se quede sin nuestros vestidos. Benditos todos aquellos que trajeron sus ropas a la Iglesia de Jesús del Monte después del tornado de enero de 2019.

Al ser misericordiosos como nuestro Rey, nuestra casa será el palacio de Cristo, nuestra Iglesia anticipo del cielo, nuestra tierra la más hermosa que ojos humanos  han visto.

Así viviremos la felicidad que tanto ansiamos y buscamos y después, servidores y servidos, al lado del Rey en su reino eterno.

Sin misericordia tu casa es un campo de batalla, tu corazón un basurero, tu iglesia un lugar indeseable, tu vida un infierno.

Escoge vivir en el infierno, lejos de Dios, ahora y para siempre o vivir en el cielo de la misericordia, ahora y para siempre.

(Canción)

‘’Erase una vez, de acuerdo a la leyenda, que un reino europeo estaba regido por un rey muy cristiano, y con fama de santidad, que no tenía hijos. El monarca envió a sus heraldos a colocar un anuncio en todos los pueblos y aldeas de sus dominios. Este decía que cualquier joven que reuniera los requisitos exigidos, para aspirar a ser posible sucesor al trono, debería solicitar una entrevista al Rey. A todo candidato se le exigían dos características:

  1. Amar a Dios.
  2. Amar a su prójimo.

En una aldea muy lejana, un joven leyó el anuncio real y reflexionó que él cumplía los requisitos, pues amaba a Dios y, asimismo, a sus vecinos. Una sola cosa le impedía ir, pues era tan pobre que no contaba con vestimentas dignas para presentarse ante el santo monarca. Carecía también de los fondos necesarios a fin de adquirir las provisiones necesarias para tan largo viaje hasta el castillo real.

Su pobreza no sería un impedimento para, siquiera, conocer a tan afamado rey. Trabajó de día y de noche, ahorró al máximo sus gastos y cuando tuvo una cantidad suficiente para el viaje, vendió sus escasas pertenencias, compró ropas finas, algunas joyas y emprendió el viaje.

Algunas semanas después, habiendo agotado casi todo su dinero y estando a las puertas de la ciudad se acercó a un pobre limosnero a la vera del camino. Aquél pobre hombre tiritaba de frío, cubierto solo por  harapos. Sus brazos extendidos rogaban auxilio.

Imploró con una débil y ronca voz:’“Estoy hambriento y tengo frío, por favor ayúdeme… ¡por favor!’.

Cruzando los umbrales de la ciudad, una mujer con dos niños tan sucios como ella, le suplicó: ‘¡Mis niños tienen hambre y yo no tengo trabajo ni dinero’. El joven quedó tan conmovido por las necesidades del limosnero que de inmediato se deshizo de sus ropas nuevas y abrigadas y se puso los harapos del limosnero. Sin pensarlo dos veces le dio también parte de las provisiones que llevaba.

Sin pensarlo dos veces, nuestro amigo se sacó el anillo del dedo y la cadena de oro del cuello y, junto con el resto de las provisiones, se los entregó a la pobre mujer y sus niños. Entonces, en forma titubeante, continuó su viaje al castillo vestido con harapos y carente de provisiones para regresar a la aldea.

A su llegada al castillo, un asistente del Rey le mostró el camino a un gran y lujoso salón. Después de una breve pausa, por fin fue admitido a la sala del trono.

El joven inclinó la mirada ante el monarca. Cuál no sería su sorpresa cuando alzó los ojos y se encontró con los del Rey. Atónito y con la boca abierta dijo: ‘¿Usted…, usted? ¡Usted es el limosnero que estaba a la vera del camino!’.

En ese instante entró una criada y dos niños trayéndole agua al cansado viajero, para que se lavara y saciara su sed. Su sorpresa fue también mayúscula: ‘¿Ustedes también? ¡Ustedes estaban a la puerta de la ciudad!’.

-‘Sí, replicó el soberano, yo era ese limosnero, y mi criada y sus niños también estuvieron allí’.

-‘¡Pero, pero… usted es el Rey! ¿Por qué me hizo eso?’, tartamudeó tragando saliva, después de ganar un poco de confianza.

-‘Porque necesitaba descubrir si tus intenciones eran auténticas frente a tu amor a Dios y a tu prójimo –dijo el monarca. Sabía que si me acercaba a ti como Rey, podrías fingir y actuar no siendo sincero en tus motivaciones. De ese modo me hubiera resultado imposible descubrir lo que hay realmente en tu corazón. Como limosnero no solo descubrí que de verdad amas a Dios y a tu prójimo, sino que eres el único en haber pasado la prueba’.

‘¡Tú serás mi heredero! ¡Tú heredarás mi reino! ¡Tú serás el Rey!’”.

(Canción)

“Beato José Olallo Valdés, modesto y santo varón, que, nacido en un humilde rincón de La Habana, viniste a proseguir la obra sublime comenzada en Granada el siglo XV por el fundador de la Orden que abrazaste; que amaste a los pobres, que barriste las salas del hospital; que limpiaste al leproso y removiste con cariño todas las miserias del cuerpo, junto con las suciedades del alma; que no tuviste hora para tu escasa alimentación, ni para conciliar el sueño, ni para atender a tu delicada persona, entregada toda a ese amor sin límites por la humanidad doliente”. Ruega por nosotros para que podamos atender a Cristo, pobre, enfermo, necesitado, como tú lo hiciste, en nuestra tierra.

Gracias, Beato Olallo Valdés, ruega por nosotros.

(Canción)

La bendición de El Padre, y El Hijo y El Espíritu Santo, descienda sobre ustedes, sobre sus familias, y sobre todas las personas a las que sirven. Amén.

 

A continuación ofrecemos íntegramente la alocución del cardenal y arzobispo de La Habana, Mons. Juan de la Caridad García.

Deje su comentario

Comparta su respuesta

Su dirección de correo no será publicada.


*