Una pandemia transita el orbe (5)

Por: José Antonio Michelena

Coronavirus
Coronavirus

La pandemia desatada por la Covid-19 ha conmocionado el mundo y dejado claro que a pesar de todo el avance tecnológico al que hemos llegado, la naturaleza puede cobrarnos caro nuestros errores, y que la globalización es excelente para expandir los virus.

Como cada nación ha trazado sus estrategias, su propia gestión de la crisis, hemos convocado a un grupo de intelectuales de países diversos, para poner en contexto, desde sus respectivas naciones, este flagelo actual, globalizado, de la humanidad.

Son científicos, profesores, escritores, periodistas, comunicadores, que dejarán aquí sus voces para transmitirnos sus experiencias, informaciones, opiniones. Al compartirlas, propician que sintamos ese amparo que brindan el conocimiento y las ideas, algo que necesitamos mucho en esta hora.

 

Robert Lozinski
Robert Lozinski

LA COVID-19 DESDE RUMANÍA

Por Robert Lozinski*

 I El ascua a mi sardina

La crisis del coronavirus pone a prueba no sólo la cohesión de Europa sino también algunos de sus principios básicos como la fraternidad y otros similares. Miles de rumanos (se estima que la cifra final llegará a 40000) tuvieron que salir pitando de Italia para regresar a su país de origen, Rumanía. Sí, miles, en unos pocos días. La caravana de coches que se podía contemplar en uno de esos días en alguno de los puntos fronterizos era impresionante. Parecía un éxodo masivo de personas azuzadas por el pánico que quisieran entrar de golpe en un país que abandonaron hace años cuando se fueron al extranjero en busca de una vida mejor.

Puedo entender perfectamente que en una crisis sanitaria, que se globaliza a pasos agigantados, un país europeo tome la decisión de cerrarse para detener el contagio. Pero lo que no entiendo es cómo ese país puede dejar a miles de seres humanos que se vayan, que se escapen corriendo, que abandonen la casa contaminada, que huyan como ratas despavoridas presa del pánico cuando es probable que algunos de los que huyen estén contaminados y puedan pasar a otros la enfermedad.

Esa actitud sólo demuestra una cosa: que la supuesta unión de Europa no existe todavía, que en momentos cruciales cada país actúa de manera totalmente egoísta defendiéndose a sí mismo, diciendo de ese modo que los demás se jodan.

No sabemos cómo terminará todo esto pero ya podemos ver cómo empezó: caos, pánico, y que cada cual arrime el ascua a su sardina. Sólo cabe esperar que lo hagan a conciencia, es decir que las medidas que acaben por adoptar resulten eficaces.

  II Sonrisas falsas

El 15 de marzo de 2020, al tercer o cuarto día de la lucha más o menos seria que Europa había comenzado contra el coronavirus, desde China nos llegaba una imagen emocionante: varios médicos chinos, mujeres y hombres, de la provincia de Wuhan, donde se había detectado el primer brote de la plaga, se iban quitando, delante de una cámara, las mascarillas de protección.

El rostro de cada uno mostraba alegría y satisfacción por el trabajo realizado: el foco de la enfermedad había sido extinguido, y de esa manera daban la noticia al mundo entero. Atrás quedaban meses de trabajo atroz. Todos, sin excepción alguna, eran felices y querían compartir su felicidad con el resto del planeta. Ni rastro de la crispación o de la fealdad que en nosotros, los europeos, deja el esfuerzo. Las chicas, mofletudas y risueñas, parecían alumnas de secundaria, mientras que los chicos semejaban adolescentes aficionados a los juegos de ordenador.

¡Qué actitud hacia el trabajo! —pensé— totalmente distinta de la que yo conozco, de la que me rodea cada día cuando voy al curro, mientras estoy en él y cuando regreso a casa. Los chinos sí que saben trabajar muy bien, sin cafés, ni cigarrillos, ni cháchara inútil. Más tarde, sin embargo, otro pensamiento hizo que esa impresión mía perdiera su brillo inicial, oscureciéndose poco a poco hasta transformarse en desencanto.

Y no es que dudase de la sinceridad de ese gesto ni del éxito de estos profesionales de la medicina, no. Tan sólo me acordé de que el país de Mao no es una democracia total, donde la actitud, de puertas afuera, puede exagerarse por la presión del régimen. Yo, que nací en la URSS, conozco muy bien la sonrisa de escaparate, que en realidad es una sonrisa falsa, una alegría de fachada del sistema. El ser humano podía deslomarse trabajando, podía estar cansado y descontento, pero con su expresión risueña debía ocultar los fracasos.

III. Entre una muerte y otra

Viviendo aislado en casa para evitar la expansión del nuevo coronavirus, y haciendo solamente cosas imprescindibles, es decir alimentarse y cuidarse, por un momento se te ocurre que lo que has hecho hasta ahora no era necesario, que se puede vivir haciendo solamente estas dos cosas.

Fuera, la actividad frenética que ha habido hasta ese momento, también se ha detenido: los coches, a falta de quien los ponga en marcha, están quietos; los aviones no despegan y no aterrizan; las calles de las ciudades están casi vacías. El planeta entero, mejor dicho esa parte del planeta que ocupamos nosotros, se ha parado.

Funciona solamente lo imprescindible, aquella parte que lucha por nuestra salud, la que se ocupa de nuestra seguridad y la que se encarga de que no nos falte lo más básico. Y de nuevo piensas: ¡la de cosas que hacíamos antes y que ahora no hacemos! Y que no pasa nada. Se puede vivir también así, al menos por un tiempo.

Sin embargo, eso de que todo se ha parado es una falsa impresión. Dentro de mí todo trabaja: mi corazón bombea sangre, mis pulmones respiran, mi hígado y mis riñones filtran, mi estómago se ocupa de los alimentos. Todo esto trabaja, mientras yo estoy parado, para que no me falte lo básico.

Cuando esa historia del virus se acabe, y después de habernos despedido tan tristemente de algunos de nosotros, sobre todo de nuestros ancianos, que en estos días parece que estorban y que son amenazados por el exterminio, probablemente volveremos a la locura de antes, y con más furia que hasta ahora, para recuperar un tiempo que seguramente lamentaremos haber perdido.

Los impulsos para hacer todo esto los recibiremos del cerebro, bueno, de esa parte del cerebro que se encarga del placer, de la felicidad, del éxito, que es la parte que, aunque desconocemos, valoramos sobremanera. Echaremos a correr de nuevo, probablemente con más prisa que antes para alejarnos de una muerte y para encontrarnos con otra.

IV La dictadura del virus

Cuando comenzó lo de la Covid-19 y empezamos a respetar ciertas normas, sobre todo la del alejamiento entre nosotros, en una tienda de alimentos la dependienta me pidió casi gritando que no me acercase tanto, que mantuviera la distancia.

No pensaba hacerlo, pero como no llevaba mascarilla —no las había en la farmacia— temía probablemente un escape de partículas contaminantes de mi boca. Yo procuraba mantenerla siempre cerrada al salir a comprar —lo único que hacía durante semanas— para no esparcir gotitas de saliva por el aire. Cuando tenía que abrirla para decir algo, lo estrictamente necesario, claro —gracias o hasta luego—, en los labios me salía una sonrisa culpable y estúpida, como si pidiera perdón, lo que evidentemente me ponía una cara de imbécil. Y pensaba para mis adentros: si tan fácilmente perdemos la humanidad, es que nunca la hemos tenido.

Pero la verdad es que te metían tanto miedo en el cuerpo; con las noticias de la crisis bestial que nos esperaba, con las miles de muertes que no paraban de producirse, con las alertas de que era posible que nos enfrentásemos a un ataque bacteriológico ya que el maldito virus parecía contener moléculas del sida y de la malaria, que uno ya no sabía qué pensar.

No sabía lo que decía, no controlaba los gestos ni la manera de actuar en público. Y te preguntabas qué era lo que estaba pasando, por qué estaba pasando y también si merecía la pena conocer la verdad, si es que tal verdad existía. ¿Quién quería matar a nuestros ancianos, por ejemplo? Pensaba en mis padres que tienen más de 65 años, que viven en un país pobre, falto de recursos médicos para luchar con esa clase de engendros. Pensaba en mis conocidos de esa misma edad o próximos a ella, entre ellos personas a las que respeto mucho o amigos a los que quiero. ¿Quién se los quería cargar?

¿Estamos condenados a padecer la enfermedad que el virus provoca cuando seamos mayores? ¿Tendremos que cuidar la distancia entre nosotros, no acercarnos, no darnos la mano, no reír a carcajadas porque abrimos demasiado la boca? ¿A quién le interesa tener una sociedad así, tan paranoica, tan angustiada, tan miserable?

Dicen que cuando terminó la II Guerra Mundial y el pueblo soviético, que la había ganado, se relajaba, era feliz y lo celebraba a lo largo y ancho de todo el país, Stalin, receloso de que la sociedad se quedase sin un enemigo de quien estar pendiente y contra quien combatir, intensificó la paranoia colectiva. Sé que la comparación es inapropiada y tal vez excesiva, pero así es como me sentía yo: como si alguien me hubiese inventado un enemigo a quien no dejar de temer nunca y en quien estar todo el rato pensando.

 

*ROBERT LOZINSKI (República de Moldova, 1970), es doctor en Filología Española por la Universidad de Bucarest, Rumanía, y profesor de español en esa ciudad europea. Es autor de la novela La ruleta chechena, libro premiado con el galardón literario Francisco García Pavón de Narrativa.

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