La locura de Dios

Por Nelson O. Crespo Roque

“¡Qué alegría cuando me dijeron: ‘Vamos a la casa del Señor’! Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén”.
Esta estrofa, del Salmo 122, estoy seguro que está siendo entonada en estos momentos por el entrañable sacerdote pasionista Carlos Elizalde Auzuberría quien, en la mañana de hoy, 5 de noviembre, en Málaga, España, ha partido hacia la Casa del Padre.

La causa de su partida física ha sido el COVID-19, y la noticia no la recibí desde La Habana ni desde España (desde donde también me escribieron informándome), sino desde Arabia Saudita, algo que pudiera llamar la atención de algunos, pero que en el caso del padre Carlos no resulta extraño, pues su testimonio sacerdotal, su cercanía a los fieles, el cariño que prodigó a cuantos lo conocieron, su amor y su fidelidad a la Iglesia y a la Congregación de la Pasión, hace que desde los más recónditos rincones del mundo, desde cualquier lugar donde viva alguien que haya tenido la gracia de conocerlo, no dejara de recordarlo, de seguirlo y de mantenerse en contacto con él.

Por otra parte, si bien la noticia de su muerte ha estremecido a muchos y corrido como pólvora, en su caso este estremecimiento posee sentimientos cruzados: por una parte nos entristece la partida del sacerdote, del amigo fiel, del confesor, del confidente, del servidor siempre cercano y atento a las necesidades de los pobres y los enfermos; no obstante, ante su partida física muchos tenemos un sentimiento de paz por lo que hemos ganado: un intercesor que si en la tierra no escatimó esfuerzos (incluso a costa de su propia vida) en socorrer las necesidades de muchos, ¡cuánto más ahora que desde el Cielo nos está mirando de soslayo, con la mirada fija en la Luz de la presencia Beatísima de Dios!

No es mi intención beatificarlo ni mucho menos canonizarlo (ello es algo reservado exclusivamente a la competencia de la Iglesia), tampoco pretendo hacer un panegírico cantándole loas. No es necesario. Ahí está su obra, ahí están quienes lloran su partida, ahí están todos aquellos que, desde el anonimato mayoritario, no se les puede silenciar la voz porque gritarían las piedras. Y es que no se pueden olvidar de un plumazo sus “locuras”; aquellas ante las cuales era común escuchar: “Esa es una de las locuras del padre Carlos”. ¡Bendito sea Dios por este sacerdote que supo predicar y, sobre todo, vivir la locura de la Cruz!, ¡bendita locura que tanto bien hizo!

Por otra parte, ciertamente no era “un ángel”, él era un ser humano con virtudes y defectos, con dones y limitaciones. Pero sus defectos y sus humanas limitaciones (bien conocidas por sus hermanos de comunidad e incluso por los fieles) no le impidieron vivir a plenitud su sacerdocio de un modo tal que, aun cuando soy consciente de que el reconocimiento de ello también compete exclusivamente a la autoridad de la Iglesia, me atrevo a decir que muchas veces practicó sus “virtudes en grado heroico”.

Por ello, lejos de entristecernos, damos gracias a Dios por el don que nos regaló el padre Carlos, y como ello sí lo permite la Iglesia para el ámbito de la oración privada, desde hoy (más allá de pueriles sensiblerías) podemos decir con total confianza y conocimiento de causa: “Padre Carlos, ruega e intercede por nosotros”.

Deje su comentario

Comparta su respuesta

Su dirección de correo no será publicada.


*