Mientras llega la aurora

Por José Antonio Michelena

Notas del año de la Covid

 

Hace cuatro meses que los primeros casos de SARS-CoV-2 fueron detectados en el archipiélago cubano. Hace mucho más que un ruido molesto, un zumbido desagradable, entró en nuestra conciencia, alteró nuestro ritmo de vida, movimientos, manera de relacionarnos, de conducirnos en el espacio público y hasta en nuestro hogar.

Desde la década de 1980, cuando el VIH/Sida entró en escena, un evento de salud, específicamente un virus, no provocaba tal desorden. Pero si el sida impactó en la conducta sexual y desalentó la promiscuidad, la Covid-19 nos aleja de nuestro ser social. Mientras más aislados, menos expuestos estaremos a contagiarnos. Mientras más lejos de los demás, más seguros.

Una avalancha de publicaciones se han sucedido en torno al coronavirus y sus efectos, es un estado en movimiento, un drama en desarrollo, cada jornada hay altas cifras de muertes y contagios. Es un riesgo atemorizante porque no hay terapias y vacunas efectivas, y hasta tanto no caerá el telón.

Una de las cosas que molestan en relación con el SARS-CoV-2 es el lenguaje que se emplea para referirse a él. Allí las metáforas militares predominan: es un enemigo al que deben combatir los sistemas de salud, los gobiernos, los estados. En Cuba se habla de “el enfrentamiento a la Covid-19”.

Hace cuarenta y tres años, la prestigiosa escritora norteamericana Susan Sontag, después de haber estado lidiando con el cáncer, le dedicó un libro a lo inadecuado de nombrar las enfermedades con metáforas: La enfermedad y sus metáforas. Diez años más tarde le dio seguimiento al tema y escribió El sida y sus metáforas. Sontag murió en 2004, pero de haber estado viva hubiera escrito ahora La Covid-19 y sus metáforas.

Aunque Susan Sontag dirige su mirada hacia cómo el lenguaje ha expresado los estigmas y prejuicios en torno a enfermedades como la sífilis, la lepra, el cáncer, o el sida, su estudio es muy abarcador, con multitud de ejemplos tomados de la literatura. Según ella: “Nada hay más punitivo que darle un significado a una enfermedad –significado que resulta invariablemente moralista.”

Cuando se trata de una enfermedad provocada por un virus cuyo origen es desconocido o no está claro, se desatan las controversias, tanto en el campo de las ciencias como entre estados y naciones. Así ocurrió con el VIH y así ha sucedido con el SARS-CoV-2. Pero en el caso del virus que provoca la covid-19 la polémica ha sido más enconada porque ha envuelto a una mayor cantidad de instituciones y países.

Las recriminaciones dirigidas a la República Popular China han tenido todos los colores posibles, desde los reproches a los hábitos alimentarios del pueblo chino hasta las acusaciones por ocultar, inicialmente, la información de los primeros casos y, lo que es peor, por (supuestamente) haber fabricado el virus en un laboratorio.

Por supuesto los chinos han contratacado y se han defendido de todas las acusaciones. Su respuesta más contundente ha sido la detención de la propagación del virus, la manera con que han manejado la crisis.

Justamente la gestión de la crisis es el punto más álgido y controvertido en torno a la Covid-19 porque los logros o fracasos, por parte de los estados y gobiernos, han repercutido en las vidas humanas, en la salvación o la muerte.

Hay un relato muy diverso en cuanto al manejo de la crisis que han tenido los sistemas de salud y los estados de las 186 naciones que hay –hasta hoy– en esta historia, en la cual, entre muchas otras cosas, llaman la atención las bajas cifras reportadas por un grupo de países. La falta de transparencia en la información crea espejismos que, a la larga, pueden ser muy dañinos.

La crisis de la Covid-19 ha puesto a prueba no solo los sistemas de salud de los países afectados, sino también las diferentes sociedades y estados ante los dos grandes problemas planteados: la salud y el funcionamiento de la economía. Priorizar la segunda sobre la primera ha profundizado la crisis en algunas naciones.

En el caso de Cuba, le ha favorecido un sistema de salud eficaz y articulado con las decisiones del gobierno y el estado, los cuales han tenido claro que la salud es lo más importante, aun cuando la economía esté maltrecha y sufra los embates del cierre de fronteras con sus consecuencias para la entrada de turistas, que es una de las pocas columnas de esa economía.

La estrategia que ha llevado a cabo el gobierno cubano, el aislamiento de los sospechosos por ser contactos de casos positivos –una práctica difícil de realizar en sociedades de otro tipo– ha dado sus frutos porque ha cortado a tiempo la posible transmisión del virus de esos candidatos a portadores. Su efectividad se refuerza por el hecho de que un elevado porciento de los casos positivos se mantienen asintomáticos.

Más difícil en este tiempo ha sido, para los cubanos, llevar comida a la mesa cada día. Las dificultades para comprar alimentos y productos de aseo han potenciado un ejército de coleros/as y revendedores/as que han complicado mucho más el panorama de carencias que ya existía.

Acceder a las tiendas para comprar los productos de mayor demanda, en ciudades como La Habana, es una tortura de muchas horas que puede comenzar el día anterior y conllevar la puja con una mafia organizada que pulula, no solo en los grandes mercados, sino también en las tiendas de los barrios.

Esa mafia que controla y acapara, primero, turnos en las colas, y después, los productos de mayor demanda para luego revender sus compras a precios muy elevados, se ha convertido en un serio problema social y ha disparado el mercado subterráneo.

El alza de los precios también se manifiesta en los productos agropecuarios, como consecuencia de la alta demanda de consumo para la pobre oferta existente. Para decirlo con una metáfora del béisbol: no hay para dónde virarse.

La estabilización económica, o al menos la salida de la crisis, dependerá, en todas partes, de volver a una normalidad en la salud, que a su vez está condicionada por la llegada de terapias sanadoras y vacunas efectivas. Hay noticias de que ambas están cerca. Ojalá sea cierto. Cuando eso suceda a nivel global, cada país podrá retomar su camino, aunque difícilmente la nueva normalidad sea tan normal como uno quisiera. Y siempre habrá países “más normales que otros”.

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