Entre el miedo y la realidad: un nuevo virus de escala mundial

Por: Pbro. David Gómez Valdés

Iglesia y coronavirus
26 febrero 2020, Miércoles de Cenizas, Cremona (Italia)
26 febrero 2020, Miércoles de Cenizas, Cremona (Italia)

La filósofa Mary Baker Eddy sentenció en 1875: “La prensa, sin saberlo, propoga muchas penas y enfermedades entre la familia humana. […] Un nombre nuevo para una dolencia afecta a la gente tanto como un nombre parisiense para una vestimenta de moda. Todos se apresuran a obtenerla”.[1] Salvando las distancias con este pensamiento, luego que el pasado 8 de diciembre se descubriera el Covid-19, más conocido como “coronavirus”, surgido en la ciudad china de Wuhan, inició junto a la propagación inaudita del virus la difusión explosiva de una fobia mundial. Ciertamente, es importante reconocer la seriedad del problema y no minimizarlo, pero es necesario reiterar el llamado a la calma, ya que como las otras epidemias está destinada a ser superada.

I

En la historia de la humanidad se han reportado casos de epidemias que debido a su difusión veloz se convirtieron en pandemias y provocaron la muerte de muchas personas. Basta pensar en la peste negra o bubónica que azotó gran parte de la Europa medieval y obligó a entrar en cuarentena a ciudades enteras. Tuvo su origen en Asia, pero ya en 1348 había alcanzado las costas del Mediterráneo y dada la novedad de la enfermedad, la falta de higiene y de medicinas en esa época, provocó la muerte de cerca 20 millones de europeos en seis años, una cifra enorme si consideramos que representaba una cuarta parte de la población mundial.

En tiempos de las Cruzadas, el tifus jugó un papel fundamental en estas guerras. Todavía en el siglo XIX, otra pandemia tocó Eurasia y África: el cólera. A inicios del siglo XX, precisamente en 1918, aparecieron los primeros casos de la mayor pandemia que haya sufrido la humanidad hasta hoy, hablamos de la “gripe española”, que se observó por vez primera en Kansas (USA), pero dada la extremada virulencia y una inusitada mutación del virus se expandió rápidamente a diversos puntos del orbe causando la muerte de alrededor 60 millones de personas en solo seis meses. Entre sus víctimas hubo niños, jóvenes, adultos y algunas especies animales. En esos meses fallecieron gente sencilla como san Francisco Marto y santa Jacinta Marto, dos de los tres niños videntes de la Virgen de Fátima; pero también personalidades como el príncipe Erik de Suecia y Noruega, Rodrigues Alves, entonces presidente de Brasil, el famoso sociólogo alemán Max Weber y el presidente estadounidense Woodrow Wilson.

En tiempos más recientes surgieron el VIH-SIDA en los años 80, la gripe avaria de 2003 que llevó en dos años a una pandemia y posteriormente la gripe porcina (A H1N1), que en 2009 se expandió tal y como está haciendo hoy el coronavirus. En África, en diversos períodos del año, surgen brotes de ébola, malaria y cólera. Como sabemos el mosquito Aedes aegypti en ambientes ecuatoriales y tropicales transmite enfermedades como el virus Zika, el chikungunya y el dengue (particularmente el dengue hemorrágico), que los cubanos conocemos bien.

II

Más allá de estas brevísimas consideraciones históricas que nos ayudan a tener un cuadro del drama actual, es importante puntualizar que luego de un período de virulencia feroz que provoca inevitablemente la muerte de algunas personas, se viven momentos de incertidumbre que preceden a la exploración científica en busca de una cura.

El sentimiento de impotencia del hombre moderno habituado a respuestas rápidas, a tener bajo control cualquier situación que surja (basta pensar en el evidente desarrollo científico-técnico y en los grandes avances de la medicina a escala mundial), explica el clima de miedo. Como afirma el Papa Francisco: “Es verdad que aunque estos procesos son siempre lentos, a veces el miedo nos paraliza demasiado”.[2]

Sin dudas, es comprensible el deseo innato de preservar nuestra existencia ante el peligro, de ahí la preocupación por un virus de causas desconocidas que ha provocado la muerte (hasta el momento de este escrito) de 2 810 personas.[3] Pero hay signos de esperanzas como la curación sin necesidad de medicinas de una niña china de 17 días de nacida y la cura del primer caso italiano, un joven de 29 años que luego de una semana volvió a casa sano y salvo. Son muchos los que hoy se curan en casa como si afrontaran un simple catarro, pero no es motivo para descuidar las medidas de higiene.

Cuando el mal está lejos de nuestro alcance nos conmueve, pero como “no es nuestro problema”, no nos dejamos tocar en profundidad y seguimos pensando en nosotros mismos. La economía mundial está tambaleando, sobre todo en China. Algunos se preocupan más del impacto negativo en el deporte y el turismo, que del humano que sufre y se ve atacado por algo que por ahora está fuera de su control. Pensamos en los próximos Juegos Olímpicos Tokio 2020 (24 julio – 9 agosto) o la actual Champions League que terminará este 30 de mayo en el Estadio Olímpico de Estambul, repleto de fanáticos del fútbol.

Por ejemplo, en Italia, se seguían de cerca las informaciones sobre el virus, pero cuando en febrero se reportaron 822 casos y la muerte de 21 italianos, pasando a ser el tercer país con mayor número de infectados (luego de China y Sudcorea), comenzó una histeria colectiva al norte del país: se cerraron escuelas, universidades, fábricas e iglesias. En Roma (al centro) y en el Sur se han tomado medidas para proteger la población, en especial a los ancianos y asmáticos que parecen ser un blanco fácil de la epidemia. Los animales no parecen infectarse con esta “pulmonite” como fue en el caso de la gripe española. Las medidas de prevención son ya conocidas por todos nosotros: lavarse frecuentemente las manos con agua y jabón, no tocarse los ojos, la nariz o la boca, cubrirse la boca al toser y hacer enguajes de agua con sal para eliminar posibles gérmenes. Quien tiene resfriado, con secreción nasal y esputo, no es síntoma del coronavirus, que se identifica fácilmente con la tos seca. El virus parece morir a una temperatura de 27°C, pero puede sobrevivir doce horas en determinadas superficies (metálicas o tejidos) y 10 minutos en nuestras manos, motivo que invita a intensificar la higiene de los lugares de trabajo, medios de transportes, de nuestros hogares, de nuestros teléfonos celulares y computadoras. De igual modo, es urgente y prudente buscar asistencia médica inmediatamente si se tiene dolor de garganta, fiebre alta y dificultades respitatorias, evitando el contacto con muchas personas.

El Vaticano no ha elaborado ninguna normativa, pero se recomendó en las misas en Italia, San Marino y El Vaticano tomar la comunión solo bajo la especie del pan y en la mano; que el sacerdote que preside y cualquier ministro que distribuya la sagrada comunión se lave las manos minutos antes del rito en cuestión, dar el saludo de la paz abrazando (o tocando los hombros) a quienes tenemos más cerca sin necesidad de saludar a todos los presentes y evitando en ese momento besos o apretones de manos.

III

Otro factor clave para evitar la psicosis general es la prudencia de los predicadores cristianos (sacerdotes, pastores, oradores) durante las celebraciones u otros eventos públicos para no caer en la tentación de la justicia retributiva que clasifica este virus como “un castigo de Dios”, “una señal del final de los tiempos”, “el apocalipsis ha iniciado”, “una advertencia del Cielo” u otras frases. Recordemos que Jesucristo nos aseguró: “Nadie sabe ni el día ni la hora” (cfr. Mc 13,32). Como dijera san Juan XXIII en la inauguración del Concilio Vaticano II: no seamos “profetas de desventura”.

En la novela La peste (1947) del filósofo francés Albert Camus, ambientada en una ciudad argelina bajo dominación francesa en los años 40 del siglo pasado, se expande la peste bubónica. Uno de los personajes, Padre Paneloux, un jesuita de talla mediana, de recio carácter, desde el púlpito de la catedral, a la que fue invitado a predicar a los fieles, afirma con voz fuerte, apasionada, que arrastraba: […] “Hermanos míos, habéis caído en desgracia; hermanos míos, lo habéis merecido […] Meditad en esto y caed de rodillas. […] Los justos no temerán nada, pero los malos tienen razón para temblar”.[4] Como sabemos al final de la novela, el Padre Paneloux se da cuenta que está infectado y comienza a predicar sobre el amor de Dios, que todo perdona, y días después fue encontrado muerto “medio caído fuera de la cama, sus ojos no expresaban nada”. Se inscribió en su ficha: “Caso dudoso”.[5]

Es malsano asociar la enfermedad a una especie de punición divina o corrección moral. Esto deforma la imagen de Dios, que no es un árbitro desalmado que busca cualquier excusa para expulsarnos del partido. Basta recordar como, luego del terremoto de Haití (2010) que provocó la muerte a más de 230 mil personas, algunos pastores evangélicos en Latinoamérica sentenciaban que era un castigo divino por la práctica del vudú, olvidando la presencia de cristianos católicos y protestantes en esa nación hermana. El Papa Benedicto XVI, comentando Lucas 13,1-9 aclaró que el mal no tiene origen en Dios:

 

“Jesús es interpelado acerca de algunos hechos luctuosos: el asesinato, dentro del templo, de algunos galileos por orden de Poncio Pilato y la caída de una torre sobre algunos transeúntes. Frente a la fácil conclusión de considerar el mal como un efecto del castigo divino, Jesús presenta la imagen verdadera de Dios, que es bueno y no puede querer el mal, y poniendo en guardia sobre el hecho de pensar que las desventuras sean el efecto inmediato de las culpas personales de quien las sufre, afirma: “¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas cosas? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo” (Lc 13, 2-3). Jesús invita a hacer una lectura distinta de esos hechos, situándolos en la perspectiva de la conversión: las desventuras, los acontecimientos luctuosos, no deben suscitar en nosotros curiosidad o la búsqueda de presuntos culpables, sino que deben representar una ocasión para reflexionar, para vencer la ilusión de poder vivir sin Dios, y para fortalecer, con la ayuda del Señor, el compromiso de cambiar de vida. Frente al pecado, Dios se revela lleno de misericordia y no deja de exhortar a los pecadores para que eviten el mal, crezcan en su amor y ayuden concretamente al prójimo en situación de necesidad, para que vivan la alegría de la gracia y no vayan al encuentro de la muerte eterna. Pero la posibilidad de conversión exige que aprendamos a leer los hechos de la vida en la perspectiva de la fe, es decir, animados por el santo temor de Dios. En presencia de sufrimientos y lutos, la verdadera sabiduría es dejarse interpelar por la precariedad de la existencia y leer la historia humana con los ojos de Dios, el cual, queriendo siempre y solamente el bien de sus hijos, por un designio inescrutable de su amor, a veces permite que se vean probados por el dolor para llevarles a un bien más grande”.[6]

 

El coronavirus, el cólera, el VIH-SIDA, el cáncer, la lepra, el tifus y otras enfermedades no son un “castigo de Dios” para el pecador. Luego de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 en varias ciudades de Estados Unidos, algunas naciones insinuaron que era una venganza divina ante el orgulloso estado. El entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, cardenal Joseph Ratzinger aclaró: “Dios no nos hace el mal; ello iría contra la esencia de Dios, que no quiere el mal. Pero la consecuencia interior del pecado es que sentiré un día las consecuencias inherentes al mal mismo. No es Dios quien nos impone algún mal para curarnos, pero Dios me deja, por así decirlo, a la lógica de mi acción y, dejado a esta lógica de mi acción, soy ya castigado por la esencia de mi mal. En mi mal está implicado también el castigo mismo; no viene del corazón, viene de la lógica de mi acción, y así puedo entender que he estado en oposición con mi verdad, y estando en oposición con mi verdad estoy en oposición con Dios, y debo ver que la oposición con Dios es siempre autodestructiva, no porque Dios me destruya, sino porque el pecado destruye”.[7]

IV

La correcta información juega un papel fundamental. Si “la verdad es la primera víctima en la guerra”, como decía Esquilo; en estos tiempos de miedo, la verdad es la primera víctima del coronavirus: se exageran o minimizan los efectos, se culpa a los pobres, en especial a los emigrantes, a quienes viven en la calle. Por ejemplo, en Alemania renace la xenofobia y el racismo con slogans como “corten la cabeza a cualquier chino”; grupos más “moderados” que invitan a no acercarse a restaurantes y negocios chinos, y vinculan cualquier chino a la enfermedad.

Este virus que amenaza en convertirse en un pandemia a escala global debe unirnos y no separarnos: evitemos acaparar productos que sirven a todos, no aprobemos el renacer de odios nacionales y contraposiciones políticas que aprovechan el momento para hacer campaña. Por ejemplo, el norte rico de Italia culpa al sur pobre y a la izquierda política por no cerrarle a tiempo las fronteras del Mediterráneo a quienes llegan cada semana en embarcaciones improvisadas huyendo de la guerra, del hambre y de regímenes crueles en África y Medio Oriente. Curiosamente, la infección y propagación del virus chino en Italia, vino desde el norte industrializado, residencia de los VIP y de los partidos de derecha y ultraderecha.

El virus asintomático no se descubre hasta varios días después del contagio; es más propicio en climas fríos y no significa que la infección lleve inevitablemente a la muerte del paciente (en Italia hay 46 curados). Como todo enfermedad depende del organismo de cada ser humano y de su sistema inmunológico. Los ancianos son más proclives que el resto de las personas.

Los cubanos no debemos bajar la guardia y pensar que es un problema euro-asiático, lejos de nuestro alcance. Ya en la Isla comienzan a surgir los primeros casos, cuatro hasta el día de hoy.

El cristiano del siglo XXI es un hombre global “capaz de entrar en contacto con las necesidades cotidianas de las personas que procuran una vida digna, que quieren disfrutar de las cosas bellas de la existencia, encontrar la paz y la armonía, resolver las crisis familiares, curar sus enfermedades, ver a sus hijos crecer felices”.[8] Como cristianos oremos por las personas que hoy están sufriendo por el virus para el cual posiblemente en un año se encuentre un medicamento que lo frene definitivamente. Oremos para que Dios ilumine la comunidad científica que trabaja sin descanso desde enero para encontrar esa cura. Ante una epidemia que se extiende con particular virulencia evitemos caer en el parloteo excesivo y en el espiral del alarmismo que paraliza. No cedamos al miedo que divide. Es más lamentable como en algunos se verifica hoy con más fuerza el ‘virus’ del individualismo narcisista, reflejo de la cultura de “lo mío primero”, que está desmoronando nuestra convivencia social. ¡No estamos solos!: este es el mensaje de esperanza que como cristianos estamos llamados a difundir en estos días. Con el corazón abierto y lleno de fe oremos: “Señor, tu amor es eterno, ¡no abandones la obra de tus manos!” (cfr. Salmo 138,8).

 

 

[1] Mary Baker Eddy, Ciencia y Salud con Clave de las Escrituras, The Christian Science Board of Directors, Boston 1991, p. 196-197.

[2] Francisco, Exhortación Apostólica postsinodal Querida Amazonia, (2 de febrero de 2020), n. 69.

[3] Estas cifras corresponden al 29 febrero 2020, al momento de la publicación de este artículo el lector podrá notar el cambio de números de víctimas, enfermos y curados que debido a la evolución actual del virus son datos variables y nunca exactos.

[4] Albert Camus, La peste, p. 47-48.

[5] Albert Camus, La peste, p. 116.

[6] Benedicto XVI, Angelus Domini, (7 de marzo de 2010).

[7] Joseph Ratzinger, Una entrevista de Antonella Palermo al cardenal Ratzinger luego de los atentados del 11-S para la Radio Vaticana, (12 settembre 2001).

[8] Francisco, Exhortación Apostólica postsinodal Querida Amazonia, (2 de febrero de 2020), n. 80.

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