Vivir al borde en Centro Habana

Por: Lázaro Numa Águila

Centro Habana
Centro Habana, Cuba
Centro Habana, Cuba

Toda situación epidemiológica, aunque no llegue a la categoría de pandemia, es compleja, provoca traumatismo y deja secuela. En Cuba cada año enfrentamos alguna, dígase Dengue, Zika, Chikungunya, Conjuntivitis, Meningitis Meningocócica y hasta Cólera. Ninguno de estos nombres nos resulta ajenos. Cada una de ellas tiene su forma propia de propagación, pero en todas el factor humano de transferencia está presente. La Covid – 19 se propaga así, de persona a persona, de ahí el llamado constante al distanciamiento ciudadano. Cada situación de esta índole también tiene que aportar experiencias a las entidades gubernamentales y de salud, que les permitan después crear planes de acciones que ayuden a preparar mejores escenarios desde el punto de vista social, económico y político para futuros enfrentamientos a sucesos similares, incluso peores.

Hoy me detendré en el Consejo Popular Los Sitios del municipio Centro Habana, que  se ha convertido en un verdadero Nudo Gordiano en el enfrentamiento al Coronavirus en la capital. ¿Esto es la primera vez que ocurre? No, en cada una de las situaciones epidemiológicas que afloran año tras año sucede lo mismo, solo que ahora se trata de una pandemia con un alto nivel de propagación y visualidad. Ante cada brote Salud Pública tiene que hacer grandes esfuerzos en la zona para evitar consecuencias nefastas. Dejo a un lado en esta reflexión la situación inherente al VIH, este Consejo Popular es uno de los que mayor índice de enfermos y portadores tiene en el municipio, pero no se trata de  una epidemia. Muchos pueden ser los factores que inciden en la problemática, pero sin duda, la cuestión habitacional e higiénica del área juega un papel clave en el asunto.

Los Sitios es uno de los  barrios más antiguos de la ciudad, donde se fueron asentando históricamente pobladores pobres. El solar o cuartería era la opción a la mano de trabajadores portuarios, tabaqueros y jornaleros de todo tipo. Muchos surgieron de antiguas cocheras coloniales y almacenes de tabaco divididos en cuartos para “vivir” de manera muy estrecha, casi siempre de madera. El abasto de agua siempre fue precario. Los baños y servicios sanitarios se concebían para el colectivo de inquilinos. Todo lo dejaba el dueño en las manos de un encargado que vivía en el lugar y pagaba con su trabajo.

Algunas fuentes plantean que en el Consejo Popular aún existen cincuenta y cuatro ciudadelas de este tipo, pero en una sola manzana el autor de estas líneas ha podido contabilizar hasta siete y en la calle Sitios, desde Rayo hasta Belascoaín hay 19, la mayoría verdaderos tugurios constructivos y sanitarios.

El interior de una ciudadela en Centro Habana resulta siempre un panorama entristecedor.
El interior de una ciudadela en Centro Habana resulta siempre un panorama entristecedor.

La demografía de estos lugares se ha ido multiplicando en relación con sus capacidades. Hoy viven en un mismo espacio hasta cuatro veces las cantidades de personas para los que fueron concebidos, con componentes activos de varias generaciones, gran diversidad de intereses y formas de vidas sin relaciones entre sí. Los estados constructivos son deplorables, aunque en algunos casos, con esfuerzos propios, cada vecino ha ido mejorando su espacio vital en concordancia con las posibilidades individuales, a veces las soluciones retan a la imaginación.

Cuando uno se adentra en una ciudadela encuentra un universo de individualidades. Los niveles culturales y profesionales son similares a los de cualquier segmento de nuestra población, pero por estigmas discriminatorios históricos, la mayoría de ellos lleva sobre sí el mito de la marginalidad, solo por el hecho de vivir en un solar. Se trata de viejos prejuicios no resueltos en nuestra sociedad. Es cierto que existen manifestaciones individuales de carácter y magnitud marginal, pero no todos los individuos son iguales. La mayoría heredaron el habitad de sus predecesores, que solo eran pobres y en alto número negros. Ellos han tenido que vivir bajo dinámicas muy específicas por necesidad, no por placer. Se han mantenido residiendo durante décadas en situaciones de marginación y bautizados en una fuente de eufemismos que van desde el “usufructo gratuito” hasta “población en desventaja”, cuando lo cierto es que caminan sobre indicadores de pobreza de tipo asistida y sin acciones de cambios palpables.

Vivir en una ciudadela no es sinónimo de marginal, pero tiene altos componentes de marginación.
Vivir en una ciudadela no es sinónimo de marginal, pero tiene altos componentes de marginación.

Este también ha sido el espacio de asentamiento de una amplia masa de inmigrantes, que ha rentado, comprado lo que no se puede “oficialmente” vender y formado parejas hetero y homosexual, pero que radica mayoritariamente de forma ilegal y sin control alguno, situación que ha venido a empeorar el caso. Nada de lo planteado hasta aquí es un secreto, pero sí una gran problemática poco tratada e invisibilizada, pero fácilmente palpable.

La pandemia actual destapó la caja de pandora, poniendo a las autoridades en la disyuntiva de cerrar el Consejo Popular o ir tomando medidas escalonadas que permitan un mejor control de la situación. Al parecer esta última opción ha sido la determinación, el cierre total crearía un verdadero nudo que lejos de ayudar, complicaría más la situación. Esperemos que de esta manera se logre superar el evento epidemiológico, pero ¿cómo solucionar la situación social? Ojo, existe una amplia masa de cubanos viviendo al borde en pleno corazón de la ciudad, si no se actúa en consecuencia ya, puede ser que en breve tiempo sea entonces demasiado tarde y Centro Habana se convierta en el epicentro de la despreocupación social en la capital de todos los cubanos.

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