¡Oh, La Habana!

Por: Lázaro Numa

¡Oh, La Habana!
¡Oh, La Habana!

Escribir sobre la historia de La Habana significa correr el riesgo de andar por caminos muy trillados, se puede navegar en profundos océanos de tinta de tanto que se ha hecho. Con facilidad cualquiera puede volver a repetir lo del desconocimiento del lugar exacto donde se emplazó por primera vez la villa y la fecha en que esto ocurrió, aludir a los misterios de sus traslados hasta llegar al Puerto de Carena, referirse a la fecha de la primera misa y cabildo asumida como fundacional, porque los libros que debían contener esos datos nunca han aparecido, mencionar a los vecinos precursores, la primera plaza y sus cuatro primitivas calles, en fin, la cubanísima, pero bella “historia del tabaco”, llena de especulaciones y repetida hasta el cansancio este año. ¿Cómo poder evadir entonces esos senderos y encontrar otra manera de rendirle merecido tributo a nuestra ciudad?
Hace algún tiempo me detuve a hablar sobre algunos símbolos de La Habana, esos que de solo verlos o escuchar que dialogan sobre ellos nos remiten a nuestra añeja urbe. En ese instante hice alusión a La Giraldilla y a los leones del Paseo del Prado, pero preferí dejar para otra ocasión a la verdadera reina de los símbolos de nuestra ciudad, pensé que merecía ser abordada de forma independiente. Conociendo que La Habana es una constante en Palabra Nueva y en medio de días en que celebramos su aniversario quinientos, estimo que llegó el momento preciso de hacerlo. Le dedicaré estas líneas a la Fuente de la India o de la Noble Habana. Presentar su historia será rendir el mejor tributo a nuestra querida capital, sin caer en los mismos recursos históricos de siempre, porque mencionar la Fuente de la India es casi igual que decir La Habana.
La Fuente de la Noble Habana fue una iniciativa de Claudio Martínez de Pinillos y Ceballos,1 el Conde de Villanueva, quien fuera superintendente general de Ejército y promotor de algunos proyectos importantes en la ciudad capital. Los primeros esbozos del surtidor los hizo el coronel Manuel Pastor, conocido arquitecto de la época. La Habana para ese momento histórico adolecía de obras que la embellecieran. Los dibujos los envió Villanueva a Italia y los puso en las manos de los señores Gerolamo Rossi y Antonio Boggiano, a quienes encargó dos fuentes, la de la Noble Habana y la de los Leones para la plaza de San Francisco. La que presentamos fue encomendada al escultor José Gaggini en 1835. El diseño original tuvo que corregirlo el propio artista italiano; al parecer no era buena la propuesta, pues consta que fue necesario agregarle varios relieves y algunos otros detalles. El monto total del encargo ascendió a la cantidad de cuarenta mil pesos fuertes, una suma considerable para la época.
Al llegar el encargo en enero de 1837 a Cuba, la fuente fue emplazada en La Habana, el lugar seleccionado para ello tenía notable relevancia en ese momento histórico. Se convirtió rápidamente en la más hermosa y suntuosa fuente de la ciudad, tanto que el Diario de La Habana del 1ero. de enero de 1838 señalaba lo siguiente: “En el año pasado se ha colocado una magnífica fuente de La Habana, situada a la salida de la Puerta de Tierra y frente a la principal del Campo Militar: dicha fuente es la más hermosa que se conoce, lo mejor que ha venido a América, y puede figurar en cualquier Corte de Europa”.2 Relata la prensa de la época que se formó allí, finalizando el Paseo de Isabel II, una bella rotonda arbolada, con bancos y faroles, donde torcían los carruajes para retornar al paseo. En esta cita hay un detalle importante: “se ha colocado una magnifica fuente de La Habana”. Así queda claro que la fuente era reconocida desde su colocación como representación de la ciudad.

Grabado realizado en 1848 por Federico Mialhe, se puede apreciar en él la Fuente de la Noble Habana, la rotonda y el Paseo de Isabel II.
Grabado realizado en 1848 por Federico Mialhe, se puede apreciar en él la Fuente de la Noble Habana, la rotonda y el Paseo de Isabel II.

Justo en el año de 1863, el Ayuntamiento tomó el acuerdo de trasladarla de sitio, sería colocada en el centro del espacio que se formaba en la intercepción de las calles San Rafael y la plazuela del Neptuno, en la zona del actual Parque Central. La Gaceta de La Habana correspondiente al día 15 de enero, publicó un pliego de demandas en busca de un contratista que se encargara del traslado, en el que no se escapó ningún detalle que contribuyera a preservar el buen estado de los elementos de la fuente. El acto de designación del contratista se efectuó el 28 de enero. Del período de su estadía allí refirió la revista semanal española El Museo Universal: “Sin embargo, lo que impresiona [en La Habana] de la manera más agradable […] son sus paseos […] entre estos […] el de Isabel II se distingue por el carácter de grandeza que le imprime la hermosa fuente monumental construida en su centro, obra digna del lugar que ocupa, así por el mérito de la escultura que la corona, de la cual toma nombre, como por la sencillez y acertada disposición del conjunto”.3
Estuvo en el nuevo lugar hasta que retornó al sitio la estatua de Isabel II, esta se había bajado de su pedestal en el período histórico español conocido como Sexenio Revolucionario.4 La fuente regresó a su antigua rotonda, pero en esta ocasión la india representante de La Habana quedó de frente al Campo de Marte, se giró ciento ochenta grados.
La obra escultórica, como objeto de arte en función de su representación simbólica, recibió grandes críticas en el país. La primera de ellas se dirigió a la postura de la figura principal que se encuentra sentada y sus piernas entrecruzadas presentan rigidez. Otra al hecho de que su fenotipo muestra rasgos europoides y no de una aborigen. Por último, se refieren a los atributos que porta, la mayoría tampoco tiene relación con una mujer nativa, pero en contraposición los criterios foráneos difieren de esas críticas nacionales, veamos lo que apareció en una crónica del Semanario Pintoresco Español en 1851: “La fuente de la India en La Habana únicamente puede tener alguna comparación con la de Cibeles en Madrid. Una colosal estatua de hermosa piedra recostada muellemente sobre una especie de carroza, y con el cuerno de la abundancia á su lado, representa el tipo perfecto de la raza india, cuyas formas y contornos están descritos con una limpieza y verdad admirables”.5 En materia de arte todo es muy subjetivo y depende de patrones estéticos, sin duda esta cita está hecha desde concepciones europeas, pero aun siendo así, aluden a cuestiones de características nativas y no a las de su medio natural, ellos veían algo diferente a sus patrones.

El diseño final de la fuente y su realización, hecho todo por José Gaggini, muestra armonía y sobriedad.
El diseño final de la fuente y su realización, hecho todo por José Gaggini, muestra armonía y sobriedad.

Dejando a un lado las críticas y alabanzas, es justo decir que en su conjunto sí porta el mensaje según la finalidad para la que fue creada. Es toda una reina coronada, sentada en su trono, sosteniendo el escudo de armas de La Habana, este es un objeto directo de representatividad y una cornucopia llena de los frutos del país, no otros, el resto de la fuente se compone de ornamentos realizados según los cánones artísticos del momento, arcos abocinados para dar sensación de profundidad en sus planos, mascarones y delfines que escupen chorros de agua cristalina, esos no son todos, pero sí los principales.
Criticarla desde el punto de vista estético actual no tendría sentido, lo cierto es que en Cuba, en 1837, ningún artista de la época podía hacer una obra así, para ese entonces estaban llegando al país los pintores y grabadores que, posteriormente, nos legaron colecciones de estampas fabulosas, todas constituyen documentos gráficos de primer orden cuando se afronta cualquier investigación sociohistórica de La Habana y de Cuba en la colonia, como fueron los casos de Jean Baptiste Vermay, Federico Mialhe, Víctor Patricio Landaluze, Eduardo Laplante, Alejandro Moreau de Jones, los hermanos Costas y otros. Un detalle importante que se debe conocer es que siempre fue ornamental y no de servicio, allí no se iba a buscar agua en una ciudad carente del líquido, siempre ha sido objeto de recreo.
Un aspecto curioso de la fuente es el hecho de que nunca tuvo placa que intentara hacer ver el objetivo para el que fue creada, solo posee una breve dedicatoria donde se puede leer: “Por el Conde de Villanueva”. Esto ha sido siempre motivo de señalamientos, algunos dicen que fue el propio Martínez de Pinillos quien de manera egocéntrica se lo hizo grabar. Sobre el asunto dijo Eugenio Sánchez de Fuentes y Peláez: “Esta hermosa fuente, la más bella y suntuosa de cuantas La Habana tiene, está formada de enormes trozos de mármol primorosamente trabajados, sin que en ella se encuentre, como hemos dicho, inscripción alguna que nos dé luz acerca de su origen, como no sea la brevísima citada”. Pero más adelante señala de forma tajante: “El señor Mesa y Suárez Inclán refiere que esta fuente fue regalo a la ciudad del Conde citado. No hay tal cosa, el erario público fue quien la costeó, así como otras muchas obras de ornato de aquella época”.6
Algunos aseguran que fue Antonio Rezzonico7 el primero que le realizó un daguerrotipo a la obra escultórica. Existen también innumerables grabados y litografías de ella, lo que indica su relevancia visual en la etapa colonial. Muchas de esas estampas fueron realizadas por varios de los artistas que ya se han mencionado. Nadie puede rebatir el hecho de que el sitio era en la ciudad colonial un punto clave de referencia, esparcimiento y atracción, ningún artista se toma un segundo de su tiempo en reproducir pictóricamente lo que no tenga ningún atractivo.
La Habana colonial se había expandido ya hasta la calle Belascoaín a mediados del siglo xix y continuaba creciendo en dirección sur y oeste. En el espacio que había trascendido más allá de la muralla, se iba creando una infraestructura urbana moderna donde surgían iniciativas públicas y privadas de relevancia, grandes mercados, comercios, fábricas, estaciones ferroviarias, paseos y otras.
La fuente permanecía en su sitio y continuaba siendo uno de los espacios públicos más atractivos, nadie se resistía a él, ni criollos, ni viajeros. Una muestra de esto la podemos encontrar en el criterio emitido por Samuel Hazard en su libro de 1871 titulado Cuba a pluma y lápiz…: “La fuente es una obra de considerable belleza, esculpida en mármol de Carrara y erigida a expensas del Conde de Villanueva. Es la mejor de las fuentes públicas, y hace honor al gusto y generosidad del patriótico ciudadano que la erigió”.8 Su popularidad aumentó todavía más cuando en 1892 el alcalde de La Habana decidió construir el pintoresco Parque Cristóbal Colón en los antiguos terrenos del Campo de Marte, aledaños a la fuente.
En esa dinámica social se llegó a la República y con ella, en el aspecto urbanístico, los planes de mejoramiento que vinieron a darle un nuevo aire a la ciudad. La India aguantó los embates del tiempo y de la política, hasta que, en 1928, año en que quedó inaugurado el Parque de la Fraternidad Americana o Parque de la Fraternidad y luego el Capitolio Nacional, se giró para que la dama mirara en dirección al Paseo del Prado, tal y como la podemos observar hoy.
Jean Claude Nicolás Forestier fue el encargado de hacer el diseño de la zona en la que se encuentra la Fuente de la Noble Habana, convirtiéndola en uno de los principales nodos urbanos capitalinos. El símbolo de nuestra urbe permaneció en su lugar, se integró a las reformas sin ninguna dificultad.
El hecho de que Forestier respetara la fuente y la integrara a su proyecto es importante, le estaba rindiendo culto a su significación histórica y de paso aprovechaba la propuesta estética, él era un renovador, de no haberle encontrado nada interesante, hubiera propuesto que se retirara, tal y como hizo con otras cosas.
Hoy el sitio patrimonial forma parte del primer nodo urbano del municipio Centro Habana, es uno de los más visitados y fotografiados de la urbe, pero también uno de los mejores preservados por la Oficina del Historiador de la Ciudad.
Si Italia se enorgullece de la Fuente de Trevi, Madrid de la de Cibeles y París muestra vanidosa la de Saint Michel, los habaneros tenemos la suerte de contar con nuestra Fuente de la India, menos pomposa, pero muy nuestra. En sus aguas nos mojamos bajo la luz de la remozada linterna del Capitolio en la pasada noche del 16 de noviembre, mientras contemplamos los fuegos artificiales por el aniversario quinientos de nuestra amada capital.

Notas
1 Claudio Martínez de Pinillos y Ceballos (La Habana, 1782-Madrid, 1853): Hacendado, político y economista, segundo Conde de Villanueva y Vizconde de Valvanera fue reformista y plantador azucarero, defensor del colonialismo español.
2 Véase “Noticias de La Habana”, en el Diario de la Habana, La Habana, 1ero. de enero de 1838.
3 “La Fuente de la India de La Habana”, en El Museo Universal, Madrid, 13 de mayo de 1866, Núm. 19, Año X, pp. 147-148.
4 Sexenio Revolucionario: Período de la historia contemporánea de España transcurrido desde el triunfo de la revolución de septiembre de 1868 hasta el pronunciamiento de diciembre de 1874, que supuso el inicio de la etapa conocida como Restauración borbónica.
5 “Paseo de Isabel II en La Habana”, en Semanario Pintoresco Español, Madrid, 5 de enero de 1851, p. 25.
6 Eugenio Sánchez de Fuentes y Peláez: Cuba monumental, estatuaria y epigráfica, La Habana, Imprenta de Solanas y Compañía, 1916, t. I, p. 142.
7 Antonio Rezzonico fue uno de los primeros daguerrotipistas llegados a Cuba. Su nacionalidad no se ha precisado, pues se señala indistintamente como italiano, francés y hasta canadiense de origen italiano. Consúltese http://www.opushabana.cu/index.php/articulos/36-articulos-casa-de-papel/469-cuba-sus-inicios-fotograficos.
8 Samuel Hazard: Cuba a pluma y lápiz: la siempre fiel Isla, La Habana, Editorial Cultural S.A, 1928, t. I, p. 154.

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