Vuelven Las brujas

Por: Daniel Céspedes Góngora

Conjurar, presagiar y maldecir fueron acciones que generalizaron para mal los procedimientos de la brujería. Muchos de los que acudieron por los favores de curanderas, alcahuetas y nigromantes, desconocieron luego las gratitudes de quienes preparaban también pócimas y ungüentos, componentes medicinales para curar y restaurar el orden; pues la brujería ya nombrada y temida, antes del susurro de las palabras o de la invocación en forma de conjuro ritual, cuales afirmaciones mundanas de anuncio supraterreno y después del clamor por la desesperación y aun por la venganza, fue (y es) concurrencia de cultura gracias al aprendizaje del entorno exterior y de la naturaleza humana. En principio, con el afán de resguardarse ante el mundo, el ser humano encubrió su propia incertidumbre, cuando no su desconfianza generada por lo cercano y diferente, el complemento misterioso representado por la mujer, carnalidad embaucadora, súcubo más impresionante si apetecía (el) saber.

Puente entre la vida y la muerte, aunque asociada, sobre todo, a grupos estimulantes del caos, la brujería tenía que ser controlada mediante el hallazgo, cacería y liquidación de sus fieles por la prueba “irrebatible” de ser una práctica oriunda de Satán. Hubo ahorcamientos y quemas de brujas y hechiceros por la histórica Inquisición, la cual asoció las creencias y conocimientos prácticos como otra herejía más: “[…] la representación de la naturaleza femenina que prevalece en la cristiandad medieval y moderna, que hace de la mujer un animal concupiscente, conviene para explicar, en parte, la violencia de la represión de la brujería hasta el siglo xvii”.1 Sin embargo, con el paso de épocas y personas, la inmortalidad será ganada por aquellos que han encantado a la mayoría social. La brujería no murió. Ha sobrevivido encubriéndose en las profesiones menos sospechosas.

De brujas literarias y cinematográficas están poblados muchos libros… de brujas y hechiceros. Y lo están porque de varias maneras acompañaron la condición humana desde su recorrer el mundo. Un recorrer consistente en más de un observar, anhelar e intentar un cambio –sea mejoría, castigo o la muerte en la peor de las secuelas– que pudo determinar los límites de una(s) vida(s). Por la inconformidad y miseria terrenales, junto a la apelada dosis mágico-religiosa, la humanidad ya ha creído en otros encantamientos de la existencia.

La cultura occidental nos ha legado una bruja fea o por lo menos de una belleza demasiado pasajera y falsa. Crecimos con las brujas de los cuentos infantiles “Hansel y Gretel”, “Blancanieves”, “La bella durmiente”, legada no tanto por los hermanos Grimm o Charles Perrault, sino por la Factoría Walt Disney. Hans Christian Andersen también nos contó de brujas en algunos de sus cuentos, como en el clásico “La sirenita”. El cine se ha aprovechado de los referentes literarios y, sin tapujos, ha versionado y prolongado la bruja occidental grotesca y malvada tal cual la conocemos. Se olvida que en la mitología griega la mayoría de las brujas eran bellas y ostentaron a la par la categoría de diosas. Los casos de Circe y Medea son muy representativos.

Las brujas cinematográficas que más recuerdo no son las de Stardust: El misterio de la estrella (Matthew Vaughn, 2007) o Hansel y Gretel: cazadores de brujas (Tommy Wirkola, 2013), sino aquellas de Las brujas de Eastwick (George Miller, 1987) y las impresionantes de Las brujas (Nicolas Roeg, 1990), quienes están comandadas por la aristócrata Eva Ernst, la Gran Bruja, protagonizada por la grandiosa Anjelica Huston. Esta película posee unos efectos especiales tan inolvidables que ahora recuerdo quién estaba detrás: el maestro Jim Henson. Para su largometraje, Roeg tomó como referente literario Las brujas (1983), del escritor británico Roald Dahl (1916-1990). Cuando Dahl vio la película le gustó casi todo menos el final feliz. Se dice que se paró en la entrada de algunos cines con un altavoz para impedir que vieran la película. Es sabido que desde hace tiempo Guillermo del Toro y Alfonso Cuarón querían hacer una adaptación en stop motion y más apegada al libro.

Pasaron los años y Del Toro y Cuarón decidieron hacer su sueño realidad, pero desde la producción. Se olvidaron de la animación en stop motion para Las Brujas (2020), dirigida ahora por Robert Zemeckis y escrita también por él y Kenya Barris. Si tenemos en cuenta el trabajo de los guionistas, donde está lo que decidieron o no considerar del libro, la historia está repleta de diálogos forzados, los cuales motivan que sus personajes pasen de un estado a otro de manera inverosímil, sin que el espectador quede convencido. Aquí no hablo de la trasformación de humano a ratón, sino de emociones, parlamentos y psicologías. ¿En qué tiempo el niño principal se percató de que no era tan temeroso, sino un líder con numerosas iniciativas a lo “a mí se me ocurrió solito la idea, querida abuela”? Cuando el niño deviene ratón, estamos casi en presencia de otro personaje. Por su parte, ¿por qué el gato parece un accesorio de la bruja y viene a desempeñar un papel importante solo cuando se desquita con ella hacia el final? A propósito del gato, cuando él mira por la ventana a la abuela (Octavia Spencer) y su nieto (Jahzir Bruno) para luego subir y contarle a la Gran Bruja (Anne Hathaway), queda demasiado en las sugerencias lo supuesto. ¿El felino le advierte a su dueña que encima de su habitación reside una conocedora de brujas? Cabe suponerlo. No obstante, la sospecha se queda y muere en esos minutos. Tiene que suceder un par de peripecias más para que la bruja asocie a la señora con aquella otra niña de antaño convertida en gallina. El detalle le corresponde al guion y este es muy descuidado en cómo estructurar el avance de la trama. Visualmente es una película disfrutable, si bien la atmósfera pudo haber sido más oscura para evocar lo espeluznante. Sin embargo, como también es comedia, el director optó por esa luminosidad fastuosa. Lo anterior permite que se aprecien mejor los efectos especiales.

Las brujas tiene el plato fuerte de su elenco. Pero les saca poco partido a Stanley Tucci y a Octavia Spencer. La ratona blanca Daysi/Mary (Kristin Chenoweth) es quien rivaliza en la puesta en pantalla con el histrionismo de Anne Hathaway. Resulta más de momentos divertidos y espeluznantes que de un conjunto equilibrado. Su final es muy acelerado, casi echándote en cara que la historia va a seguir. Eso sí, funciona como película para toda la familia. Ω

 

 

Nota

[1] Paul Mengal: Melancolía erótica e histeria, en eidos, Revista de Filosofía de la Universidad del Norte, Ediciones Uninorte, agosto, 20003, Colombia, pp.111-127.

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