Notas del año de la Covid (7)

Por: José Antonio Michelena y Yarelis Rico Hernández

Ilustración: Ángel Alonso
Ilustración: Ángel Alonso

Transitamos por el octavo mes del año lidiando con la Covid-19. Hubiéramos querido vivir todo este tiempo en una cápsula, en una cámara hiperbárica, en hibernación, y salir afuera solo cuando todo pasara. Pero han sucedido tantas cosas en la aldea global en estos siete meses… Y qué es la vida sin la experiencia del día a día, de lo que acontece y nos acontece.

Por muy aislados que estuviéramos, no podíamos estar sin escuchar el latir del mundo, las múltiples historias, desde el origen y la propagación del nuevo coronavirus y el seguimiento a la crisis sanitaria, hasta los efectos sociales por la asfixia de un afroamericano por un policía en Minneapolis. ¿Acaso no es todo un solo relato?

En la Isla no hemos estado ajenos a los sucesos de afuera, pero también adentro han pasado cosas. Y para todo hay criterios y posicionamientos que provocan desencuentros y choques cuando aflora la intolerancia, las voces que gritan más alto porque quieren ser las únicas escuchadas, las que se creen portadoras de la verdad.

Palabra Nueva ha querido compartir las expresiones de un grupo de voces diversas para ofrecerlas a sus lectores como una muestra de las experiencias personales y colectivas que se han vivido en este año bisiesto tan peculiar y asombroso, este veinte-veinte convertido en cuarent(en)a.

Hemos solicitado a esas personas que nos narren sus vivencias en estos meses, cómo han transcurrido sus días, de qué manera han enfrentado los desafíos y qué lectura hacen de lo acaecido, cuáles son sus ideas al respecto.

Mi árbol de la vida

Por Yasmín Sierra Montes

Siempre recibo los años con cierto recelo y este no fue una excepción; miraba hacia delante y percibía cierta niebla que me causaba aprensión. Al fin en marzo el año dos mil veinte se desnudó ante mí con todo su fiero malestar.

Cuando llegaron las noticias de la pandemia creí que se controlaría como el Ébola en África, mas ciertas naciones minimizaron lo contagioso de este virus y así, irresponsablemente, se propagó por todo el mundo a una velocidad pasmosa. Soy una mujer de familia, con ello quiero decir que soy muy apegada a mi casa, a mis dos hijas y mis cuatro nietos, también a mi esposo, y al conocer la noticia de los decesos me preocupé por todos y por mí. Mi cuerpo es el templo de mi Dios, lo cuido, lo respeto y temí lo peor.

La realidad era que una enfermedad terrible asolaba al mundo propagándose vertiginosamente y no había cura para ella, todos estábamos expuestos. Los caminos se cerraron, no habría viajes, ni diario trabajo, ni visitas a los amigos, ni Iglesia… por ello me volví hacia mi interior y comencé a realizar, como Robinson Crusoe, náufrago en una isla, pequeñas tareas que consumar para sobrevivir al tiempo. Lecturas, escritura de poesía, meditaciones, oraciones… eran comunes para mí.

Me despertaba temprano para escuchar las noticias, hacíamos el desayuno apesadumbrados por los decesos y luego volvía a mi realidad: jugaba con mi nieta Sofía de tres años, la cual hace honor al significado de su nombre pues posee una inteligencia asombrosa, y con mis dos nietos gemelos, José Antonio y José Guillermo, de dos años, a los cuales les gusta confundirnos y hacer travesuras. Mi otra nieta, Lorena, quien vive con su madre en Costa Rica, es muy centrada y estudiosa. Tiene diecisiete años y ya leyó todos los libros que de una a otra generación nos vamos pasando, esos que leí en mi juventud y he ido legando a mis hijas para que hagan lo mismo. Hacía oraciones y rezos por todos pidiendo salud y confiaba y pedía que la mano sanadora de Dios se tendiera sobre la humanidad.

Por ello añadí otras cosas a mi diario bregar: comencé a realizar con mis manos un Árbol de la Vida para celebrar, en medio del caos, una acción de adoración a lo creado por Dios. En Génesis 1, versículo 3, se lee: “Después Dios el Señor plantó un jardín en la región del Edén, en el oriente, y puso allí al hombre que había formado. Hizo crecer también toda clase de árboles hermosos que daban fruto bueno para comer. En medio del jardín puso también el árbol de la vida y el árbol del conocimiento del bien y el mal”.

Yasmín Sierra Montes
Yasmín Sierra Montes

En mis visitas a ciertos países latinoamericanos indagué por un “adorno” que se repetía. Los conocí tallados en madera, en barro, cerámica… de diferentes materiales, y resolví confeccionar uno muy simple, con un material llamado fomi o goma de Eva, muy parecido al fieltro, pero con una textura gomosa, que mi hija trajo del país donde vive para hacer manualidades. Cada vez que sentía angustia iba a mi árbol y colocaba un animal, una planta, en fin, algo creado por Dios y me decía: Si Dios creó este mundo jamás lo destruirá. Debo agasajar su obra.

El tamaño de mi árbol es aproximadamente de una cuartilla, es verde sobre un fondo negro, tiene ramas y troncos robustos, dentro de él están incrustados pequeñísimos seres de disímiles colores y ninguno pasa de un centímetro; a veces transitaba un día entero para recortar las partes de cada animal con una pequeña tijera.

Arriba ubiqué al sol (la luz como una señal del creador), luego una pareja de seres humanos y así fui descendiendo con otros animales y plantas, que para mí poseían algún significado. Un día se lo comenté a una amiga, quiso verlo y decidió construir uno, también mi hija mayor y otras personas. Cada una de nosotras festejando la creación con su propio árbol.

No pasaba el día solamente elaborando mi árbol, mientras repetía un versículo que me agrada mucho: “El Señor es mi pastor, nada me falta… aunque pase por el más oscuro de los valles no temeré peligro alguno, porque tú Señor, estás conmigo; tu vara y tu bastón me inspiran confianza”.

También en este tiempo de incertidumbres y dudas, leí libros que tenía a la espera, escribí glosas que enviaba a un grupo de amigos que nos giramos todas las semanas una cuarteta o quintilla y hacemos nuestra improvisación. Terminé una novela. Envié trabajos a concursos por email. Sembré nuevas plantas de flores en mi jardín, el cual cuido a diario. Recocí algunas prendas de vestir y transformé vestidos. Redecoré algunos rincones de mi casa. Y como es normal también enfrenté contrariedades, escaseces, decisiones oscuras de otros, y horas de desesperanza que traté de que duraran poco.

Mi árbol de la vida me ayudó a aligerar los efectos del aislamiento y las malas noticias que dejan profundas huellas en el alma. Ocupar la mente en pequeñas tareas ayuda a mitigar el recuerdo de los sucesos desagradables.

Ya mi Árbol de la vida está terminando. Invito a quien lea estas confesiones a que elabore el suyo y así festeje todo lo que Dios entregó con su creación a los hombres y mujeres de este mundo.

 

Yasmín Sierra Montes
Yasmín Sierra Montes

Yasmín Sierra Montes es poeta y novelista. Ha publicado una veintena de libros dentro y fuera de Cuba. Es historiadora de su ciudad natal, San Nicolás de Bari. Es miembro de la Iglesia Presbiteriana Reformada de Cuba.

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