Alocución domingo 11 de octubre de 2020

Por: S.E.R. cardenal Juan de la Caridad García Rodríguez

Hoy, domingo 11 de octubre, vigésimo octavo domingo del tiempo ordinario, se lee en todas las iglesias católicas del mundo el evangelio según San Mateo, capítulo 22, versículos 1 al 14.

Nuestra vida está llena de celebraciones que culminan con banquetes, almuerzos, comidas, brindis.

Cuando nacimos, nuestro papá y demás familiares hicieron un brindis por la alegría de nuestro nacimiento.

Cuando celebramos nuestro cumpleaños lo celebramos con cake, bebidas, fiestas. Cuando Isaac, hijo de Abrahán, dejó de ser amamantado, celebró un gran banquete. (Génesis 21,8).

Cuando la hija cumple quince años, hay una gran fiesta familiar extensiva a las amigas de la quinceañera.

En el oriente de Cuba, cuando nace la hija, se prepara una bebida, un aliñado, que se toma el día de los quince.

Cuando hay bodas, también hay banquetes.

Cuando el hijo viene de afuera, hay grandes celebraciones.

A Jesús le encantaban las comidas familiares.

La suegra de Pedro, una vez curada, sirvió comida a Jesús, Santiago, Juan, Pedro y Andrés. (Marcos 1, 29-31).

Jesús con la Virgen y sus apóstoles estuvieron en el banquete de Caná (Juan capítulo 2).

Jesús dijo que le dieran de comer a la hija de Jairo después que le devolvió la vida. (Marcos 5, 43).

Jesús dio de comer a cinco mil hombres sin contar mujeres y niños (Marcos 6, versículos 30-44).

En una comida en casa de Simón el leproso, una mujer derramó sobre la cabeza de Jesús un perfume muy caro, ungiendo su cuerpo de antemano para su sepultura.

También en Betania, Jesús solía comer en casa de los hermanos Lázaro, Marta y María.

Un gran banquete hubo cuando el padre recibió al hijo malo que regresaba a la casa.

En una cena Jesús instituyó la Eucaristía, en esa cena convierte el pan y el vino en su Cuerpo y su Sangre, que nos lo da como alimento y nos manda repetir este gesto.

Cuando vamos a un banquete de cumpleaños, bodas y fiestas, todos comemos. La Misa es un banquete donde se nos ofrece el Cuerpo y la Sangre de Cristo presente en el pan y el vino consagrados. A este banquete estamos todos invitados a participar bien vestidos del amor, la fe, la misericordia, la pureza.

¡Qué pena que no todos comulguemos! Estamos todos invitados.

¡Qué pena que nuestros hijos y nietos no comulguen! Todos estamos invitados.

Señor Jesús, ayúdanos para que todos participemos de este banquete que nos encamina al banquete de la vida eterna.

Quien come de este pan y bebe mi sangre, tendrá la vida eterna. Jesús resucitado come con sus discípulos en Emaús y en la orilla del lago.

Jesús nos invita a comer con Él y a Él, pan de vida eterna.

¡Qué felicidad estar al lado para siempre, en el eterno banquete del cielo, de quien nos ha alimentado en esta tierra!

(Canción)

Alfredo quería conocer a Dios y lo descubrió en un banquete. El pequeño niño Alfredo quería conocer a Dios. Él sabía que había que hacer un largo viaje hacia donde vivía Dios, entonces empaquetó su mochila con panecillos y refrescos y emprendió su partida.

Cuando había recorrido cerca de tres cuadras, se encontró con la viejita Deysi. Ella estaba sentada en el parque, observando algunas palomas. El niño se sentó junto a Deysi y abrió su mochila. Él estaba a punto de tomar su jugo cuando notó que la viejita se veía con hambre, entonces Alfredo le ofreció un panecillo. Ella lo aceptó muy agradecida. Su sonrisa era tan bella que Alfredo quería ver esa sonrisa nuevamente, entonces le ofreció a ella un refresco. Nuevamente Deysi volvió a esbozar su hermosa sonrisa. Alfredo estaba encantado.

Alfredo y Deysi se quedaron allí toda la tarde comiendo y sonriendo, pero ninguno de ellos decía palabra alguna.

Cuando empezó a oscurecer, ya Alfredo estaba cansado y se levantó para irse. Antes de haber dado unos pasos, se dio la vuelta y corrió hacia Deysi y le dio un abrazo. Deysi le dio la más grande y hermosa sonrisa.

Cuando Alfredo abrió la puerta de su casa, su mamá Rosario estaba sorprendida por la felicidad que Alfredo demostraba. Rosario le preguntó cuál era la causa. Alfredo le contestó: “He comido con Dios. ¿Y sabes qué? ¡Tiene la sonrisa más bella que he visto!”.

Mientras tanto Deysi, también con mucha felicidad, regresó a su casa. Su hija Ivón estaba anonadada por la paz que mostraba su mamá en la cara y le preguntó:
– Mamá, ¿qué hiciste el día de hoy que te ha hecho tan feliz?
Deysi contestó:
– Comí panes y bebí refrescos en el parque con Dios. ¿Y sabes qué? Él es más joven de lo que yo esperaba.

(Canción)

Como de los banquetes salen tantas cosas buenas:

-Todos los domingos almuerza o come con tu familia. En ese almuerzo o comida recordaremos las hazañas y enseñanzas de nuestros difuntos.

-Allí escucharemos la sabiduría de los abuelos.

-Allí admiraremos la valentía de nuestros jóvenes y los llenaremos de esperanza.

-Allí los niños nos enseñarán con su inocencia.

-Allí la esposa hará presente su cariño al esposo al servir con amor, allí el esposo contemplará la belleza corporal y espiritual de su esposa y la felicitará por la rica comida.

-Allí conoceremos alegrías y penas de todos y nos iluminaremos para continuar la vida por mejores caminos.

-Allí invocaremos la presencia de Dios, y su luz, para ser felices en esta vida y después de estar con Él en el banquete del cielo.

(Canción)

Padre Nuestro…

Dios te salve, María…

San Juan XXIII, ruega por nosotros.

Santa Soledad Torres Acosta, ruega por nosotros.

Y la bendición de Dios Todopoderoso que nos creó para constituir una bella familia, la bendición de Jesucristo, el camino de la felicidad familiar, la bendición del Espíritu Santo que puede lograr sueños insospechados para los que vivimos en nuestra casa, descienda sobre ustedes y permanezca para siempre. Amén.

(Canción)

 

A continuación ofrecemos íntegramente la alocución del cardenal y arzobispo de La Habana, Mons. Juan de la Caridad García.

 

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