Han transcurrido catorce años desde la visita anterior de un Papa a Cuba, y todavía queda en el corazón y la mente de muchos cubanos la huella fresca del hoy beato Juan Pablo II: sus gestos, su paso lento, su cercanía a los niños y a los enfermos que encontró, su voz, por momentos como un susurro, a veces energía desbordada para enfatizar su mensaje sobre la familia, sobre la vida, sobre la justicia. 

 

Días antes de la Semana Santa nos visita otra vez el Papa, ahora con el nombre de Benedicto XVI, quien fuera como cardenal Joseph Ratzinger cercano colaborador de Juan Pablo II. Por años esperamos la visita de Juan Pablo II, por años esperó también él aquella posibilidad. Lo esperábamos a inicios de los noventa, nos preparamos, pero no pudo ser. Un amanecer el diario Granma nos anunció la postergación de la visita. 

Tal vez la crisis en la Unión Soviética y el Este europeo, aquello que concluyó con el fin del socialismo real y el mundo soviético, tuvo que ver con la decisión de postergar. Juan Pablo II era visto por muchos como uno de los responsables del hundimiento de un sistema concebido para la eternidad. Se le responsabilizó con ello, se le alió con el neoliberalismo del momento y se le presentó conspirando con el presidente norteamericano Ronald Reagan. Ciertamente el gobierno de Estados Unidos empeñó sus esfuerzos en socavar aquellos gobiernos y precipitar el fin del bloque soviético, y bajo la presidencia de Ronald Reagan, por primera vez en su historia, los Estados Unidos de América reconocieron oficialmente la soberanía de la Santa Sede y la autoridad del Papa, y establecieron relaciones diplomáticas con el Estado vaticano. Pero quienes así todavía lo ven, simplemente no quieren reconocer que la desaparición fue consecuencia de errores propios del sistema. 

Atribuir al Papa o a la Iglesia el derrumbe soviético, fue una desmesura de la imaginación o, al menos, una lectura estrictamente política de una institución que, mientras actúa en este mundo de las maneras y modos más variados, mantiene su foco de atención en una realidad que no se puede entender en clave terrenal. En otras palabras, si la Iglesia rechaza el comunismo por su negación de la trascendencia y, debido a ello, su intento de limitar la libertad de la expresión más íntima del ser humano, no es porque el comunismo sea en sí mismo el desafío para la Iglesia, como no lo es en sí mismo el capitalismo salvaje. El desafío para la Iglesia es la fidelidad al evangelio, el reto será siempre cumplir con el mandato de Jesucristo de apacentar y cuidar al rebaño, proteger a la grey confiada para entregarla a su Pastor al fin de los tiempos y tras haberla protegido de todo intento por alejarla de ese su destino último, aunque ello implique enfrentar las fuerzas de este mundo. 

Y, ¿puede ser entendido esto en clave no cristiana? ¿Pueden los materialismos, del tipo que sean, y todo proyecto humano que tiene su comienzo y fin exclusivamente en este mundo, entender esa misión y ver a la Iglesia como ella se entiende y ve a sí misma? Difícilmente. Y sí, ya sabemos que desde la Iglesia se han cometido errores, y hasta gravísimos errores cuando desde ella se ha actuado aplicando métodos y estilos que pretenden obtener beneficios en este mundo, pero ni aun esto niega la misión aquí anunciada. De ahí entonces que, al enfrentar estos materialismos, o al optar por mantenerse en posición propia sin establecer alianzas, reciba calificativos, juicios o acusaciones que resultan de una interpretación totalmente ajena a la naturaleza misma de la Iglesia. Y si algo se ha aprendido con el paso de las centurias, es que así continuará siendo hasta el final: estar en el mundo sin ser del mundo. 

Y parte del estar en el mundo son precisamente los viajes pastorales, antes muy limitados, hasta que llegó Juan Pablo II y mundializó el papado. El mundo se acostumbró a sus viajes, a su presencia en sedes de organismos internacionales, a los discursos en varios idiomas y a las imágenes del mismo hombre vestido de blanco junto al presidente de una poderosa nación o junto a un moribundo en Calcuta. En viaje pastoral nos visitó Juan Pablo II en 1998. En viaje pastoral nos visita Benedicto XVI en la Cuaresma de este 2012. 

Somos un país y un pueblo privilegiado. Benedicto XVI viene como Peregrino de la Caridad para estar junto a nosotros en el Año Jubilar mariano que celebra cuatro siglos del hallazgo y presencia de la Virgen de la Caridad en la historia de nuestra Nación. Viene de México, un país de amplia mayoría católica. El número de católicos prácticos en Cuba es bien reducido proporcionalmente al número de católicos de México, o de otras naciones de América Latina; sin embargo, el Papa quiere estar con nosotros, con la minoría católica y con la mayoría devota a la Virgen de la Caridad que compone la nación cubana, y también quiere acercarse a quienes no están en ninguno de estos dos grupos. 

En efecto, toda Cuba celebra el cuarto centenario de su patrona, la Virgen de la Caridad, pero coincidentemente, en realidad providencialmente, tal celebración tiene lugar en un contexto social y político muy singular, puede decirse que algo indefinido como suelen ser los procesos de transformación, pero por ello mismo, un tanto diferenciado al de hace catorce años. Benedicto XVI llega a un país que está en proceso de transformación, reformas o actualización, iniciado precisamente tras un cambio de jefe de Estado y la evidencia del agotamiento del modelo del socialismo real paternalista y de callejón sin salida que tan bien había conocido Juan Pablo II. 

Por otro lado, las relaciones Iglesia-Gobierno en Cuba se encuentran hoy a un nivel cualitativamente superior al de hace catorce años. No es el nivel ideal, ni la Iglesia aspira a un nivel ideal e idílico de relaciones que no se dan en ningún sistema político. Se trata de un diálogo entre diferentes que debe tener como punto de mira el bien común de la sociedad cubana en su conjunto, que debe avanzar y madurar en un proceso flexible y permanente para ser continuado por quienes no lo iniciaron. Hay un riesgo ciertamente en este proceso, pues ante la ausencia de otras entidades, grupos o partidos independientes, algunos pueden aspirar a que la Iglesia se convierta en el catalizador de cambios radicales en Cuba, para otros se puede convertir en aliada natural del gobierno, y no faltan los que le desean su repliegue y enclaustramiento, aunque tal deseo es más bien variable según coyunturas y acomodamientos circunstanciales.  Pero lo importante es que tanto el Gobierno como la Iglesia tengan claro que nada de lo anterior es el propósito y sepan mantener el diálogo, un diálogo al servicio de la sociedad, sus necesidades y demandas naturales, sin renunciar a otros diálogos posibles. A esta realidad se acercará Benedicto XVI. 

En días pasados, y precisamente como preparación de la próxima visita de Benedicto XVI a nuestro país, tuve la oportunidad junto a un grupo de sacerdotes cubanos de visitar nuevamente la Capilla Sixtina, donde se reúnen los cardenales para elegir al sucesor de Pedro bajo la obra portentosa de Miguel Ángel. Esta vez nos guiaba Luca, un gentil empleado del lugar. Tras explicarnos los detalles de las pinturas, Luca retiró uno de los cordones que limitan el paso a los turistas allí extasiados y nos invitó a seguirle detrás de la puerta que abrió, a la izquierda del altar de la Capilla y bajo las miradas y gestos de los personajes del “Juicio final”. Entramos en un pequeño salón, de planta irregular y hasta poco atractiva: “Esta es la sala de las lágrimas” –nos dijo Luca–, aquí vienen los papas tras ser elegidos por los cardenales en la Capilla Sixtina y más de uno ha llorado aquí”. Descendimos por una pequeña escalera que nos llevó a la Capilla de la Consolación, donde el elegido reza y pide la intercesión, de rodillas ante el altar de Nuestra Señora del Consuelo; finalmente, a la izquierda de esta Capilla está la sacristía papal, donde se reviste el nuevo pontífice antes de dirigirse hacia la Logia de San Pedro para dar el saludo a la ciudad y al mundo. Allí, en aquella sacristía, se guardan las vestiduras y objetos de varios pontífices: el pectoral del cardenal Joseph Ratzinger al ser elegido Papa, una casulla de Juan Pablo II, la capa pluvial de Juan XXIII, el reclinatorio de León XIII, el silicio de Pío V… 

Benedicto XVI traerá consigo a Cuba toda la historia del papado, desde Juan Pablo II hasta el mismo Pedro. Trae consigo el mismo mandato dado por Jesucristo a Pedro a orillas del lago Tiberíades: “Apacienta mis ovejas”. Así deberíamos recibirlo, como el pastor que se interesa por las ovejas, las cuida y va a su encuentro conociendo sus anhelos y aspiraciones naturales, pero que viene a presentarnos el único mensaje auténtico: la Verdad de Jesucristo. Si así lo entendiéramos, entonces seríamos capaces de entender también su presencia y su palabra cuando en la Plaza de la Revolución José Martí de La Habana, el próximo miércoles 28 de marzo, se proclame el evangelio de san Juan para ese día: “…serán verdaderamente mis discípulos si guardan siempre mi palabra; entonces conocerán la Verdad y la Verdad los hará libres”.