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dp11. Y no os parezca mucho todo esto, que voy entablando el juego, como dicen. Pedísteisme os dijese el principio de oración; yo, hijas, aunque no me llevó Dios por este principio, porque aún no le debo tener de estas virtudes, no sé otro. Pues creed que quien no sabe concertar las piezas en el juego de ajedrez, que sabrá mal jugar, y si no sabe dar jaque, no sabrá dar mate. Así me habéis de reprender porque hablo en cosa de juego, no le habiendo en esta casa ni habiéndole de haber […] Aquí veréis la madre que os dio Dios, que hasta esta vanidad sabía; mas dicen que es lícito algunas veces. Y cuán lícito será para nosotras esta manera de jugar, y cuán presto, si mucho lo usamos, daremos mate a este Rey divino, que no se nos podrá ir de las manos ni querrá.
2. La dama es la que más guerra le puede hacer en este juego, y todas las otras piezas ayudan. No hay dama que así le haga rendir como la humildad. Esta le trajo del cielo en las entrañas de la Virgen, y con ella le traeremos nosotras de un cabello a nuestras almas. Y creed que quien más tuviere, más le tendrá, y quien menos, menos. Porque no puedo yo entender cómo haya ni pueda haber humildad sin amor, ni amor sin humildad, ni es posible estar estas dos virtudes sin gran desasimiento de todo lo criado.
3. Diréis, mis hijas, “que para qué os hablo en virtudes, que hartos libros tenéis que os las enseñan, que no queréis sino contemplación”. -Digo yo que aun si pidierais meditación pudiera hablar de ella y aconsejar a todos la tuvieran, aunque no tengan virtudes; porque es principio para alcanzar todas las virtudes, y cosa que nos va la vida en comenzarla todos los cristianos, y ninguno, por perdido que sea, si Dios le despierta a tan gran bien, lo habrá de dejar, como ya tengo escrito en otra parte, y otros muchos que saben lo que escriben, que yo por cierto que no lo sé; Dios lo sabe.
4. Mas contemplación es otra cosa, hijas, que éste es el engaño que todos traemos, que en llegándose uno un rato cada día a pensar sus pecados (que está obligado a ello si es cristiano de más que nombre), luego dicen es muy contemplativo, y luego le quieren con tan grandes virtudes como está obligado a tener el muy contemplativo, y aun él se quiere, mas yerra. En los principios no supo entablar el juego: pensó bastaba conocer las piezas para dar mate, y es imposible, que no se da este Rey sino a quien se le da del todo.

Usted no se ha equivocado, amigo lector. Esta es la sección de deportes y el texto leído corresponde a los primeros cuatro puntos del capítulo 16 de Camino de Perfección, escrito por santa Teresa de Jesús entre 1564 y 1566, y por los que, entre otras razones, fue nombrada patrona de los ajedrecistas.
A propósito de que la Iglesia celebra en este 2015 el V Centenario del nacimiento de la Santa, creí apropiado dedicarle este espacio para tratar una de sus facetas menos conocidas.
En los párrafos leídos al principio, Teresa se muestra como una mujer que sabe de lo que está hablando cuando utiliza la terminología ajedrecística. Se deduce entonces que lo jugó desde la infancia.
Que Teresa de Cepeda y Ahumada jugara ajedrez no es extraño, pues era, hasta cierto punto, algo normal en la corte real a comienzos del siglo XVI. La práctica del también llamado “juego ciencia” formaba parte de la educación en los sectores más pudientes.
Sus alusiones al juego cuando explica el camino que debe recorrer un alma para llegar a Dios, fueron determinantes para que el 2 de febrero de 1941, el señor Juncosa de Zaragoza y otros aficionados aprovecharan una sesión de la Federación Española de Ajedrez para pedir que se nombrara a santa Teresa como patrona de los ajedrecistas.
La Junta Directiva aprobó la petición y tres años después, el 14 de octubre de 1944, víspera de su Fiesta, el arzobispo de Zaragoza aceptó el nombramiento y declaró celebrar la conmemoración el 13 de octubre. Desde entonces, santa Teresa es la patrona de los ajedrecistas en España, aunque poco a poco su patronato se ha extendido al mundo entero.
En materia de ajedrez, los católicos somos afortunados, pues el sacerdote Ruy López de Segura fue una de las figuras más influyentes en la segunda mitad del propio siglo XVI. La historia recoge que en 1560 llegó a Roma para la elección del Papa Pío IV y durante el tiempo libre ganó muchas partidas de ajedrez a los mejores jugadores italianos. Fue tal la repercusión de su juego que el Rey Felipe II le asignó un beneficio vitalicio como Mejor Jugador de Ajedrez del Siglo. Aún en la actualidad una de las aperturas más utilizadas es la que lleva su nombre.
Sin embargo, la historia no es totalmente halagüeña con respecto a la relación de la Iglesia con el ajedrez. Se sabe que en el siglo XI el Papa Alejandro II lo prohibió en su momento, atendiendo a un reclamo del cardenal Pedro Damiani, quien le comunicó que había castigado a un obispo de Florencia por dedicarse al ajedrez descuidando sus deberes religiosos. El propio Damiani consideraba que el juego podía llegar a ser muy violento y que proliferaban las partidas por dinero. Todo ello ejerció tal influencia que aún en 1128, cuando san Bernardo de Claraval dictó las reglas de los Caballeros Templarios, dejó clara la prohibición del juego de ajedrez.
Por si fuera poco, en 1425 se cita un sermón de san Bernardino de Siena en Perugia correspondiente al domingo 23 de septiembre en el que no solo criticó al ajedrez, sino a otros juegos, al extremo que muchos hombres llevaron a la Plaza dados, cartas, tableros y piezas para que fueran arrojados a la hoguera.
Pasado ese período “gris”, muchos líderes apoyaron su práctica. Entre ellos merecen destacarse el arzobispo de Canterbury, Tomás Beckett, el obispo de Milán, Carlos Borromeo, el cardenal Richelieu y los Papas Gregorio VI, Inocencio III, León X, León XIII, Juan Pablo I y Juan Pablo II, a quienes muchos citan como autor de problemas y composiciones ajedrecísticas.
La historia recoge que san Genadio (conocido así, pero nunca fue canonizado) dejó como legado, además de sus grandes virtudes, las piezas más antiguas de ajedrez que se conservan en Europa. Son de marfil y se conocen como las Piezas de san Genadio y pueden ser apreciadas en Ponferrada. Se asume que con ellas disputó muchas partidas en aquel Valle del Silencio, donde eligió permanecer los últimos años de su vida.
Como se aprecia, grandes hombres y mujeres de la Iglesia mostraron su predilección por el ajedrez, incluso aquí en Cuba el Gran Maestro Leinier Domínguez Pérez ha repetido más de una vez: “creo que mis resultados son mejores cuando estoy más cerca de Dios”.
Ojalá y el V Centenario del nacimiento de Santa Teresa sea motivo para organizar en nuestras parroquias y capillas torneos con su nombre, en el que todos puedan ejercitar la mente con las piezas en el tablero. A fin de cuentas, el gran Enmanuel Lasker dijo una vez: “¿Hay que tener inteligencia para jugar? No, el ajedrez hace a la gente inteligente”.