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En algún lado escuché un chiste “soviético”, creo que de la era de la perestroika. Era más o menos así: Ante la grave crisis económica, el camarada jefe del Partido en la región decidió abrir un nuevo centro nocturno para recaudar divisas, la oferta incluiría también bailarinas ligeras de ropa. Transcurrido algún tiempo, se convoca una reunión de evaluación y se comprueba que los resultados no eran los esperados, los turistas se retiraban enseguida y las recaudaciones eran mínimas. “¿Han hecho los análisis de rigor, de la calidad del servicio ofrecido y de las bailarinas?”, preguntó el camarada jefe y convocante de la reunión al camarada del Partido encargado de poner en práctica el experimento: “Ya lo hemos hecho camarada –respondió el inquirido–. Ofrecemos el mejor caviar y los mejores vodkas, y las camaradas bailarinas han sido seleccionadas de entre las más veteranas y confiables del Partido en el territorio. No entiendo por qué no logramos cumplir nuestro plan”.

Se trata del viejo dilema que surge con frecuencia al intentar aplicar métodos nuevos en estructuras viejas. “Nadie pone un remiendo de tela nueva en un vestido viejo –dice Jesús en el evangelio–, porque entonces el remiendo al encogerse tira de él, lo nuevo de lo viejo, y se produce una rotura peor” (Mc 2, 22). O como dice la sabiduría campesina: “No se puede amarrar mulo en ventana vieja”.

Actualizado (Miércoles, 26 de Noviembre de 2014 19:32)

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