Vidas diferentes

Por: Armando Núñez Chiong

Actores de la novela "Vidas Cruzadas"
Actores de la novela "Vidas Cruzadas"

Aunque afortunadamente en Cuba los audiovisules seriados guardan distancia de determinados procedimientos y esquemas banalizadores, lo cierto y sabido es que en la telenovela existen una serie de cánones y estereotipos que algunos de nuestros realizadores utilizan con más o menos fortuna, en tanto constituyen patrones de recepción establecidos, así sean de manera inconsciente, por parte de la teleaudiencia.

Quiérase o no, la telenovela es un producto de masas, y el afán lúdico (intriga, suspense, divertimento…) es garante de que se cumplan cualesquiera de las otras funciones que se le confíen. En otras partes, las casas productoras exigen que así suceda, sobre todo porque es garantía de ganancia y supervivencia.

Ignorar hábitos de recepción puede generar incomprensión, indiferencia e incluso rechazo. Otra cosa es transgredir a conciencia, lo cual en estos casos supone estudio previo, novedad y frescura para superar mecanismos “desgastados” o simplemente caminos muy trillados, siempre que a la postre sean bien recibidos por “el respetable”.

Parece ser que Vidas cruzadas logró la aprobación de una parte no despreciable del público, aunque solo las investigaciones pertinentes deben tener una idea exacta al respecto. Y es curioso, porque tanto la guionista como la realizadora se atrevieron a asumir riesgos que tal vez resultaron demasiado transgresores o, cuando menos, indiferentes con resortes dramatúrgicos y fórmulas de probada eficacia.

Así, por ejemplo, los antagonismos no partieron de pasiones más o menos intensas o hiperbolizadas, relacionadas con los clásicos arquetipos de personajes positivos-negativos, sino de errores muy humanos, casi todos enmendables. En general, faltó énfasis en los trazos psicológicos. Nótese que hacia el final los conflictos, casi todos, en lugar de chocar se diluyeron, lo cual no encontró alivio en la forma, también predominante –no absolutamente uniforme– en que los actores concibieron a sus personajes.

Es curioso, porque en el equipo de realización estuvo, esta vez encargado de la dirección de actores, Fernando Hechavarría, con todo lo que su nombre implica de buena experiencia y probado talento. Tal vez se permitió proponer una manera de actuar intencionalmente discreta, pausada, que quiso más insinuar que asumir con la intensidad que suele prevalecer en ese tipo de obra, para lograr sutilezas no necesariamente bien apreciadas por todos.

En general, el nivel de actuación no mostró descalabros ni altibajos notables. Lo que aquí se trata de decir es que, además de mucha calma, hubo demasiados personajes parecidos, desde el mismo origen dramatúrgico. Si algo funciona en la telenovela es la presencia de caracteres fuertes, incluso no convencionales. Puede que este muchacho fuera un tanto (solo un tanto) díscolo, o aquel otro algo introvertido, y aquella muchacha pasara por frágil y este señor mostrara un poco (solo un poco) más de genio. Pero al final, faltaron fuerza, individualidad, bríos. Incluso el joven que intenta intimar con la novia, no es “salvado” al final por razones que no se entienden bien, porque violencia no mostró, y arrepentimiento sí.
Fueron varias “cadenas amorosas” planteadas, que pudieron desarrollarse más, por creíbles y potencialmente interesantes, sobre todo si el guion no se hubiera permitido tantas “mesetas” en el discurrir de los acontecimientos, lo cual impidió agilidad al desarrollo, a veces tan lento como Marcos para decidirse a enmendar su testamento (¡quince años!) y hacerle justicia a su hija menor, fruto del que durante todo ese tiempo había sido su matrimonio legítimo, oficial.

Claro que están bien, muy bien, la reconciliación y el arrepentimiento, al igual que los matices que en definitiva nos caracterizan como seres humanos susceptibles de errores y redenciones. Pero en todo caso se trata de concebirlos con credibilidad y, en una telenovela, con ardides que mantengan el interés. No es aconsejable la especulación del que opina, pues acaso esos mismos conflictos, despojados de lo prescindible, hubieran sido un excelente punto de partida para una serie que condensara en menos capítulos lo que de valioso había en la idea original.

La música de Alejandro Falcón, por atípica en este tipo de audiovisual, fue una solución audaz y funcional, bien imbricada en la trama. Y el equipo técnico logró un trabajo digno, coherente, muy bien acoplado a esa mesura que, en el ejercicio de su más plena “soberanía creadora”, parece haber sido deliberadamente buscada tanto por la directora Heiking Hernández como por la guionista Yamila Suárez, dos jóvenes que, sobre todo lo dicho, tienen a su favor, con Vidas cruzadas, el mérito de haber intentado distanciarse de convencionalismos y vías fáciles, telenoveleramente hablando. Si algo está claro, es que ambas sabían a dónde querían llegar y cómo.
La pregunta estaría, incluso para quien firma estas líneas, en dilucidar si realmente bombardearon zonas vulnerables y sustituibles, o enfilaron la artillería contra los cimientos, incluso con el siempre loable propósito de conservar el edificio. Ω

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