Desde el Seminario: Líbranos del mal

Conocer a cristo
External view of the new Catholic Seminar of Saint Charles and Saint Ambrose in Havana, inaugurated on November 3, 2010. Cuban cardinal Jaime Ortega thanked Cuban former President Fidel Castro and Cuban President Raul Castro, for the state support for the construction of the first Catholic Seminar in Cuba. AFP PHOTO/ADALBERTO ROQUE (Photo credit should read ADALBERTO ROQUE/AFP/Getty Images)

Las cenizas marcan la frente de los cristianos al comenzar la Cuaresma. Tiempo intenso para la oración, el ayuno y la limosna. Un tiempo para entrar profundamente en el misterio de la Salvación que anunciaron los profetas y que se ha realizado plenamente en Cristo Jesús. Los cuarenta días de este tiempo especial nos invitan a contemplar el rostro del Señor bajo el manto firme de la esperanza resucitada y resucitadora.
El número cuarenta nos hace recordar el largo camino transitado por el desierto, camino matizado por dolorosos desencuentros del pueblo con su Dios, pero sobre todo por la gran misericordia de Aquel que se deja encontrar para permanecer fiel a la promesa hecha a nuestros padres, a Abraham y a su descendencia para siempre (Cf. Lc 1.55). Israel es un pueblo que camina guiado por Dios, la nube y la columna de fuego anuncian y custodian el andar de los israelitas, no están solos, pero se sienten desamparados. El Señor los cuida, pero eso no les es suficiente, el recuerdo de la esclavitud se vuelve quejido constante por la falta de agua o de alimento. Entonces exigen de Dios una intervención patente, un milagro. El reclamo del pueblo no es más que un deseo insatisfecho en el corazón del hombre que no quiere creer sino bajo pruebas tangibles de la existencia de Aquel.
En Cristo, el nuevo pueblo de Dios camina en el desierto otra vez. Un hombre solo, en tierra seca y desolada, contrapartida de aquel primer hombre solo, rodeado de animales y preciosos árboles. El desierto es el Edén del hombre que no se contenta con la presencia misteriosa de Dios y lo tienta. El Nuevo Adán camina por el nuevo jardín para asumir aquella realidad vital que ha venido a redimir, pero el jardín no deja de gritar: danos un signo (Cf. Mc 8.12), ¿eres Tú o tenemos que esperar a otro? (Lc 7.19), baja de la Cruz. (Cf. Mc 15.30).
El pasaje de las tentaciones en el desierto condensa en un solo texto todas las quejas de los que no quieren creer en el Trascendente. El hambre de Jesús nos recuerda tanta hambre en el mundo, la tragedia de la existencia que se extingue por falta de pan, pero “no solo de pan vive el hombre sino de cada palabra que sale de la boca del Señor” (Mt 4.4) y ante la falta del alimento, Cristo se hace Pan de vida eterna multiplicado para todos, que alimenta a una multitud innumerable, enseñándonos a compartir lo poco que tenemos.1
La exhortación para lanzarse desde la altura del Templo (Cf. Mt 4.6), es la confirmación de que en muchas ocasiones jugamos con la voluntad de Dios y la sometemos a nuestros caprichos, a nuestros vanos deseos de sabernos los bendecidos por Dios, los perfectos, los honorables. También nosotros guardamos en nuestras vidas experiencias tan fuertes y dolorosas que rompen los pedestales donde colocamos nuestros ídolos y sin ellos quedamos al borde del despeñadero, tentadores del único Dios, y solos. ¿Qué hacer? Lo ha dicho ya el maestro, “no tentarás al Señor tu Dios” (Mt 4.7).
Él, muriendo en la cruz, se abraza a ella y por ella abraza al nuevo pueblo que sigue tentándolo constantemente. Él mismo es el verdadero Cordero que se ofrece sobre el altar de la cruz y se levanta en el templo que es el universo entero. Hace un silencio obediente, aquel quien es la palabra omnipotente.
Finalmente, el poder mal interpretado, mal entendido, que corrompe corazones fieles, que frag-menta sensibilidades de quienes son sometidos, que arroja a la basura al pobre y enaltece al poderoso, es la propuesta del maligno al Señor: te ofrezco poder, ofréceme tú adoración. Sucio intercambio y penosa realidad que muchas veces nos aqueja y envicia. El poder del Hijo es la voluntad del Padre. El poder verdadero es el que respeta siempre la dignidad del hombre en la totalidad de su existencia y no el que maltrata a quienes debería cuidar y proteger. El Señor vuelve a decirnos: solo adorarás al Dios de la Verdad, solo ante Él te postrarás y le ofrecerás culto (Cf. Mt 4.10).
Son las tentaciones de Jesús, tentaciones para todos en cualquier tiempo y circunstancia. La oración que Cristo nos enseñó a rezar nos advierte: “no nos dejes caer en la tentación, líbranos del mal” (Mt 6.13). Esta es la súplica diaria de la Iglesia al Padre. Las tentaciones son reales y están presentes en nuestra vida cotidiana. Ellas nos recuerdan que no estamos lejos del Reino de los Cielos pero que tenemos que ser fieles hasta la muerte. Carguemos la cruz y sigamos al Maestro, partícipes de su paciencia, porque la paciencia de Cristo es nuestra salvación (Cf. 2P 3.15). Ω

Nota
1 Benedicto XVI: Jesús de Nazaret I, Vaticano, 2007, pp. 20-21.

71 Comments

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