Un poco de verdad y una aspirina

Por: Teresa Díaz Canals

Teresa Díaz Canals

“Soy uno, pero en mí hay multitudes”.
Zenón

“Di la verdad.
Di, al menos, tu verdad”.
Heberto Padilla
Poética

“…Oh ventana sorda a lo de fuera,
oh puertas cerradas con cuidado;
costumbres venidas de antiguos tiempos
[…] jamás enteramente comprendidas”.
Rainier María Rilke
Los cuadernos de Malte

El muro pintado
con cal de mi secreto
El 13 de agosto de 1961, el entonces presidente de la República Democrática Alemana Walter Ulbricht, declaró por televisión que un muro separaría la parte oeste de la parte este de Berlín. La inmensa pared, concebida para impedir el éxodo masivo de los que abandonaban el segmento socialista, inauguraba de esta manera un trágico período de tensión entre ambas partes. Hubo quien lo denominó –con mucha razón– “Muro de la Vergüenza”. Esta acción tangible constituyó un horrible dentro-fuera, que a su vez expresaba un conjunto de palabras no formuladas, de intenciones inconclusas y, sobre todo, de sufrimientos indecibles, de espacios que perdían su claridad, porque mucha gente se quedó al margen de la posibilidad. Atravesar esa extensa muralla les costó la vida a unas cuantas personas.
Hoy somos testigos de otra irracionalidad más, en este caso por parte del presidente norteamericano, empeñado en detener la oleada de desesperación que llega a la frontera de EE. UU. por medio de otro siniestro muro. Ese mismo dinero que pretende invertir en un símbolo de desprecio y egoísmo, pudiera servir para mitigar la pobreza que amenaza.
Es lamentable que Cuba, aún en su condición de Isla, en esta maldita circunstancia de agua por todas partes, como escribiera el poeta Virgilio Piñera, también construyera su propio muro invisible. ¿Cuántos cubanos murieron en el empeño de buscar un mundo lejano a la oficoda y los derrumbes, de soñar un espacio donde poder libremente levantar la mano en contra de la falsa unanimidad? Dudo que aparezcan datos verídicos sobre este fenómeno de huida a través del mar de muchos cubanos, ¿se han contabilizado los desaparecidos, los que fueron devorados por tiburones?

Acaba de abrirse otra dimensión:
la dimensión de intimidad
Tal vez a alguien le parezca pedante que narre alguna experiencia personal como ejemplo para analizar una determinada situación contradictoria. Sin embargo, la sociología, una ciencia que a veces incomoda, utilizó muy bien en su desarrollo los documentos personales, las historias de vida y la observación participante.1 La vida privada de un individuo y su obra se interrelacionan, esta última incluye el conjunto de su vida además del texto.
En el 2011 pedí un documento a las autoridades correspondientes donde constara que mi abuelo materno había sido residente permanente de este país. Deseaba acogerme a la ciudadanía española. Me dieron un papelito –como a miles de cubanos– en el cual se indicaba que la recogida de esa petición sería posible solo cuando transcurrieran dos años. Para obtener un simple papel me hicieron esperar esa inmensa cantidad de tiempo. Pensé con esa respuesta en los versos de Rilke: “El mundo es grande, pero en nosotros es profundo / como el mar”.
Cuando llegó el momento, me presenté en el lugar donde se suponía tenían preparado el documento. Venga dentro de un mes, me dijo con cara de pocos amigos una funcionaria. Me quedé con la boca abierta, comprobé que no habían hecho absolutamente nada. Pero la gran sorpresa fue que cuando me lo entregaron decía que no constaba en ningún lugar que mi abuelo fuera residente permanente en esta Isla. Es decir, me impusieron una larga espera por gusto, evidencia de un desprecio terrible al derecho de cualquier ser humano a ser quien quiera ser. Tuve que obtener la tarjeta de residente en Cuba y la licencia de conducción de mi abuelo por un pariente. La verdad me fue negada de una manera horripilante. ¡Ah! ¡De cuántos silencios, en la vida que envejece, no hay que acordarse! ¿Cuál es la verdadera calma humana? Es la calma conquistada sobre uno mismo.
Tuve que aprender a sumergirme en el abismo azulado del olvido cuando mi padre estuvo postrado alrededor de un año por padecer de cáncer. Antes, por el maltrato de un médico se había negado rotundamente a recibir atención sistemática. No hubo manera de convencerlo de ir a otro. No hago el cuento del lobo y la caperucita. Un día llegó el médico de la familia y me preguntó: ¿por qué su papá tiene en unos documentos una edad y en otros aparece con otra, en unos con 85 y en otros con 90? Ante esa pregunta le dije la pura verdad –sabía que la policía no vendría a buscarlo, estaba muriendo–: “Ahí donde Ud. lo ve, doctor, mi padre es un farsante, falsificó sus papeles para retirarse cinco años antes”. El caso es que ya estaba en un estado deplorable, con intensos dolores, pues el cáncer de próstata lo atacó por los huesos e incluso llegó a la lengua. Le pedí al médico que le suministrara morfina. Me acompañó hasta la farmacia para adquirir tal calmante, imprescindible para casos críticos como ese. “No, no se lo puedo vender”, explicó la dependienta. El producto estaba ahí, pero necesitaba una planilla que el médico no llevaba consigo por una sencilla razón: el policlínico no tenía recursos para imprimirla. Una vez más puse cara de alucinación. No podía creerlo. Una persona gritando de dolor, y los siniestros burócratas no podían resolver el problema.
Llamé al policlínico, hablé con la secretaria de la dirección. “Cálmese, le vamos a enviar un médico para evaluar la situación”, fue su respuesta. Le dije –mejor, grité con alguna que otra mala palabra– que cómo era posible que Cuba en esos momentos salvara la vida de los africanos contra el Ébola y no podía mitigar el dolor de un cubano por culpa de un maldito papel. Llamé a la provincia de salud, me quejé con el mismo argumento. Sin querer, condené a mi padre a una agonía indescriptible. A la semana, me enviaron a una especialista en ultrasonido, quien evaluó al paciente y dictaminó que tenía buen estado de ánimo, porque contestó que sí a alguna pregunta con la cabeza, tenía la lengua completamente podrida. En ese momento la doctora se dio cuenta de que ya tenía una pierna desprendida también, pero el dictamen fue el mismo. No necesitaba la morfina. Todavía siento sus gritos de madrugada en mi memoria. Dos o tres días después de la generosa visita, prendí una velita por la noche, me arrodillé y pedí con fervor y desesperación: “Llévatelo ya, Dios mío, te lo imploro”. Falleció al día siguiente a las 8:00 a.m.

Todo comienzo efectivo
es un segundo momento
Los cubanos padecemos del mal de las puertas cerradas. En las guaguas, obligan a entrar por una y salir por la otra. En unos cuantos mercados hay puertas cerradas y alguna que otra abierta. De manera caprichosa a alguien se le ocurrió que cerrar una puerta es sinónimo de orden para un rebaño obediente. En la misma Universidad de La Habana han permanecido accesos completamente cerrados desde mi entrada a trabajar allí hace más de treinta y cinco años. Sería muy amplia la descripción de todas las puertas que hemos cerrado, abierto, de todas las puertas que quisiéramos volver a abrir. Tengo curiosidad por saber si las puertas que se han entreabierto, son para el mundo de los seres humanos o para el de la soledad.
No es mi intención ser vocera de nadie, ni adherirme a ningún grupo, por suerte, y a ningún partido que no sea el de la honestidad y la inconformidad con lo que considero injusto y desleal a uno mismo.
Aspiro a que Cuba sea algún día esa nación que aún no somos; a que la familia no sea un triste portarretrato, solo símbolo de nostalgia; a que no aparezcan palabras falsas, hipócritas y hasta descaradas por los medios de comunicación; a que los cubanos todos tengamos el derecho de circular libremente y no estar obligados a regresar a los dos años, porque el que nace aquí, será siempre de aquí; a que no nos impongan medidas deleznables, absurdas, ridículas; a que todos, absolutamente todos, los de bien arriba y los de abajo, tengamos la obligación de rendir cuentas de nuestros actos, de nuestros bienes y propiedades; que nadie esté exento, ni por méritos históricos ni hereditarios, de ser juzgado ante la ley y la historia.
La vida demostró que la fe ciega en una teoría no es una virtud intelectual, al contrario, es un crimen intelectual. La fe pertenece al espacio de la religión, no al de la política.
Otra cosa es el estímulo constante a un nacionalismo excluyente, altamente peligroso y estrecho, proclamado por revolucionarios de quincalla, a quienes el argentino Mallea calificara: “…los que se llenan la boca con la vacua proclamación de su verbal nacionalismo sin pensar que son los más incapaces de hacer nada, nada verdadero, nada honestamente profundo […] los que se agrupan en vociferantes comparsas, que gritan vivas sin llevar ellos en su espíritu una mejor patria sustancial, como no sean sus gestos, sus arrebatos, sus exacerbadas ignorancias […]”.2 Antes de hablar, hay que oír, es necesario hace mucho tiempo desarrollar el arte de escuchar.
Como dijera el mexicano Alfonso Reyes “solo se puede ser provechosamente nacional, si se es generosamente universal”. Esta idea apunta a la necesidad de aceptar y enriquecerse con todo, para, al fin, estar en un país donde nos gustaría vivir. Ω

1 Comment

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