María Magdalena, ¿prostituta o apóstol?

Por: diácono Orlando Fernández Guerra

María Magdalena
María Magdalena

Desde que fue estrenada, hace pocos meses, la película sobre María Magdalena, de los realizadores Rooney Mara y Joaquín Phoenix, ha llamado la atención de muchas personas y despertado múltiples interrogantes sobre este personaje tan interesante de los evangelios. El guion ha tenido en cuenta sobre todo el evangelio apócrifo de origen gnóstico de María Magdalena que fue encontrado en Nag Hamadí, Egipto, en el año 1945.
De este evangelio tenemos apenas dos fragmentos, en dos lenguas distintas, que sugieren cierta rivalidad entre la Magdalena y Pedro; y algún conocimiento especial de las cosas de Dios reveladas únicamente a ella, que la harían la preferida de Jesús entre los apóstoles. Leamos ambos fragmentos:

“Pedro dice: ¿Pero es que, preguntado el Señor por estas cuestiones, iba a hablar a una mujer ocultamente y en secreto para que todos la escucháramos? ¿Acaso iba a querer presentarla como más digna que nosotros? Leví dice a Pedro: Siempre tienes la cólera a tu lado, y ahora mismo discutes con la mujer enfrentándote con ella. Si el Salvador la ha juzgado digna, ¿quién eres tú para despreciarla?” (Evangelio de María Magdalena, fragmento griego).

He aquí el otro:

“Pedro dijo: Marian, hermana, nosotros sabemos que el Salvador te apreciaba más que a las demás mujeres. Danos cuenta de las palabras del Salvador que recuerdes, que tú conoces y nosotros no, que nosotros no hemos escuchado. Marian respondió diciendo: Lo que está escondido para vosotros os lo anunciaré. […] Después de decir todo esto, Marian permaneció en silencio, dado que el Salvador había hablado con ella hasta aquí. Entonces, Andrés habló y dijo a los hermanos: Decid lo que os parece acerca de lo que ha dicho. Yo, por mi parte, no creo que el Salvador haya dicho estas cosas. Estas doctrinas son bien extrañas. Pedro respondió hablando de los mismos temas y les interrogó acerca del Salvador: ¿Ha hablado con una mujer sin que lo sepamos y no manifiestamente, de modo que todos debamos volvernos y escucharla? ¿Es que la ha preferido a nosotros? Entonces Marian se echó a llorar y dijo a Pedro: Pedro, hermano mío, ¿qué piensas? ¿Supones acaso que yo he reflexionado estas cosas por mí misma o que miento respecto al Salvador? Entonces Leví habló y dijo a Pedro: –Pedro, siempre fuiste impulsivo. Ahora te veo ejercitándote contra una mujer como si fuera un adversario. Sin embargo, si el Salvador la hizo digna, ¿quién eres tú para rechazarla? Bien cierto es que el Salvador la conoce perfectamente; por esto la amó más que a nosotros” (Evangelio de María Magdalena, fragmento copto).

Cierta prensa que gusta del feminismo más radical y anticlerical ha levantado sospechas sobre una supuesta conspiración de la Iglesia católica para ocultar deliberadamente su verdadero protagonismo en el colegio apostólico, ya que este podría eclipsar la figura y el primado de Pedro entre los Doce; y así poder legitimar la fundamentación teológica del papado y sostener una estructura eclesial machista y patriarcal durante siglos.
Dejando a un lado las pasiones, opiniones y posturas ideológicas, es saludable acercarse a los evangelios canónicos, que son los únicos normativos para la fe cristiana y aclararnos qué dicen ellos sobre esta mujer, y cuál ha sido el origen del error histórico que la ha estigmatizado en la doctrina, la liturgia y la iconografía cristiana.
Todo parece indicar por su nombre que María Magdalena era oriunda de Magdala, un pueblecito cercano al mar de Galilea. Los cuatro evangelios hacen mención de ella en treinta y dos ocasiones. Su nombre aparece entre las mujeres que acompañan a Jesús durante su ministerio público (Mt 27, 56; Mc 15, 47; Lc 8, 2). Marcos y Lucas son los únicos que dicen que Jesús había expulsado de ella “siete demonios”, que no significan un gran número de pecados entre los que estuviera la prostitución, sino, como bien aclara el propio evangelista, “espíritus malignos y enfermedades” (Mc 16, 9; Lc 8, 2). En la pasión está al pie de la cruz junto a María, la madre del Salvador (Mc 15, 40; Jn 19, 25). Marcos dice que observa de lejos cómo sepultan al Señor (Mc 15, 47). Y en la mañana de Pascua llega al sepulcro antes que Pedro (Jn 20, 1-2), por lo que es la primera testigo de la resurrección (Mt 28, 1-10; Mc 16, 9; Jn 20, 14), aunque no lo reconoce inmediatamente en su diálogo con el hortelano (Jn 20, 15). Jesús resucitado la hará apóstol entre los apóstoles, cuando la envía a sus hermanos con esta buena noticia (Jn 20, 18).
Otra María que se ha confundido con la Magdalena es María la de Betania, hermana de Marta y de Lázaro, a quien Jesús sacó del sepulcro en presencia de todo el pueblo (Jn 11). Esta es la discípula que, sentada a los pies del Señor, “se lleva la mejor parte” (Lc 10, 38-42) mientras que Marta, su hermana, trabaja. Probablemente la mezcla entre María Magdalena, María de Betania y la pecadora pública tenga que ver con el famoso pasaje de la unción de Jesús por una mujer. Los relatos de Mateo y de Marcos son muy similares. Hallándose Jesús en Betania, en casa de Simón, el leproso, se le acerca una mujer, quien trae un frasco de alabastro con un perfume muy caro que derrama a los pies del Maestro. Los discípulos “protestan por tal despilfarro” ya que se hubiera podido vender para dar a los pobres el dinero, a lo que Jesús responde que “siempre tendremos” entre nosotros y que ella “se había adelantado para embalsamar su cuerpo” (Mt 26, 6-13; Mc 14, 3-9).
Por su parte, Juan nos dice que esta unción tuvo lugar en casa de Lázaro y que María, su hermana, había sido quien ungió al Señor, manteniendo los mismos detalles que los dos sinópticos sobre la oportunidad de ayudar a los pobres y la preparación para la sepultura (Jn 12, 1-8). En el caso de Lucas, no se menciona en qué ciudad se produce este hecho, ni cómo se llama la mujer pecadora que se acerca a Jesús, tan solo identifica a Simón el fariseo, a quien amonesta con una parábola (Lc 7, 37-50).
Cuando se leen los cuatro relatos, uno no puede dejar de preguntarse si se trata de un mismo hecho que cada evangelista ha narrado de la manera en que lo recuerda la tradición oral de su comunidad, o si hubo dos unciones de Jesús, una realizada por María la hermana de Lázaro, en su casa de Betania y otra realizada por una pecadora pública, en casa de Simón, el fariseo, en la misma ciudad, o si María, la hermana de Marta y Lázaro era una pecadora pública. Quizás nunca tendremos respuestas certeras a esta cuestión, porque disponemos de estas únicas fuentes para ello. En cualquier caso, en ninguno de los relatos se nombra a María, la Magdalena.
Muy probablemente la confusión tenga que ver con la cercanía –en el evangelio de Lucas–, de este episodio con el capítulo siguiente, que comienza anunciando que Jesús recorría ciudades y pueblos proclamando la buena noticia y entre las que lo seguían estaba María Magdalena, de la que había expulsado siete demonios (Lc 8, 1-3).
El caso es que san Gregorio Magno, quien fuera Papa entre los años 540 y 604, en una de sus homilías, pronunciada en el año 591 dice: “la mujer descrita por Lucas como pecadora, llamada María por Juan, es la misma que Marcos atestigua que fue liberada por Jesús de siete demonios. Por lo tanto, estos tres personajes son la misma persona: María Magdalena ¿Y qué si no todos los vicios significan esos siete demonios? Pues como en siete días se presenta todo el tiempo, así el número siete representa la universalidad. María tuvo siete demonios, porque había cometido toda clase de pecados […] Por cada placer, entonces, ella misma se ha inmolado. Convirtió sus crímenes en virtudes, para servir a Dios en completa penitencia, tanto como equivocadamente despreció a Dios” (Homilías 33; Patrologia Latina, vol. 76, 1188). Siempre se la tuvo por santa por su seguimiento del Maestro, pero una santa penitente. Esta opinión del Papa Gregorio dejó una huella por los siglos siguientes en la doctrina cristiana, la liturgia católica y el arte.
Tanto es así, que en el período preconciliar se celebraba la memoria de “Santa María Magdalena, penitente” el 22 de julio. Y en la liturgia abundaban las referencias a su pecado perdonado por Jesús y a su condición de hermana de Lázaro. El evangelio que entonces se proclamaba era el de la unción de Jesús por una pecadora pública de la ciudad (Lc 7, 36-50). Es bueno también saber que su memoria se celebraba en la liturgia de la Iglesia oriental desde antes del siglo x; mientras que en occidente el culto se difundió alrededor del siglo xii, reuniendo equivocadamente en una sola persona a las tres mujeres del evangelio que los orientales consideraban distintas y veneraban en diversas fechas. A partir de la contrarreforma, el culto a María Magdalena, “pecadora perdonada”, adquiere aún más fuerza.
Y así se mantuvo hasta que, en 1969, el Papa Pablo VI reivindica su nombre, y desplaza del calendario, durante la reforma litúrgica, el adjetivo de “pecadora” con que se catalogaba a santa María Magdalena. Algunos años después, en el 2012 el Papa Benedicto XVI asiste a la presentación de la película María de Nazaret sobre la vida de María y en la que aparece la Magdalena. En su siguiente catequesis, en la Sala Clementina del Palacio Apostólico Vaticano, comenta la figura de la Magdalena y dice de ella que “después de experimentar el encanto de una vida fácil”, encuentra a Jesús, “que le abre el corazón y cambia su existencia”.
Por supuesto que no hay que asociar la expresión “una vida fácil” con la prostitución que, si bien siempre ha estado mal vista, cualquiera que sea la sociedad en que ella se practique, ha sido la única manera en que estas mujeres han podido alimentar a su familia de forma rápida y con el uso exclusivo de su cuerpo. La prostitución entraña un gran sufrimiento para la prostituta, tanto psíquico como físico, además de la terrible oportunidad de contraer múltiples enfermedades. Pienso que el Papa tendría en mente, más bien, la superficialidad en que una vida de abundancias y riquezas podría haber sumergido a la Magdalena, quien por el contexto advertimos que era amiga de Juana, mujer de Cusa, uno de los administradores de Herodes, de Susana y de otras mujeres que felizmente ayudarían con sus bienes a Jesús (Lc 8, 3).
Por lo que sabemos a través de los evangelios, hoy no se sostiene la idea de que ella fuera ni “pecadora pública”, ni “adúltera”, ni “prostituta”, sino una fiel discípula de Cristo. Por esta razón, desde la reforma litúrgica del Vaticano II se han cambiado los textos bíblicos que se proclaman en la celebración de santa María Magdalena. En la primera lectura se lee un texto del Cantar de los Cantares, donde se ensalza la búsqueda del “amado de mi alma” (Cant 3, 1-4a). La segunda lectura se corresponde con la segunda Carta del apóstol san Pablo a los corintios, que nos habla de la muerte y resurrección de Jesús como misterio de amor que nos apremia a vivir para “Aquel que murió y resucitó” por nosotros (2 Cor 5, 14-17). Y el evangelio que se proclama es el relato pascual en que la Magdalena aparece como la primera testigo de la resurrección de Jesús (Jn 20, 1-2, 11-18).
En los textos propios del misal, tenemos tres preciosas oraciones donde se pide la intercesión de santa María Magdalena a quien el Hijo de Dios le “confió, antes que a nadie […] la misión de anunciar a los suyos la alegría pascual” (Oración Colecta). Ella es aquella “cuya ofrenda de amor aceptó con tanta misericordia tu Hijo Jesucristo” (Oración sobre las Ofrendas) y modelo de “aquel amor que la impulsó a entregarse por siempre a Cristo, su Maestro” (Oración Postcomunión).
A petición del Papa Francisco, desde junio de 2016 el calendario litúrgico romano celebra con la categoría de “Fiesta” y no de “Memoria” a santa María Magdalena. La Pontificia Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos mantuvo, como era costumbre por siglos, el día 22 de julio en el calendario y dijo que con ello se quería: “ensalzar la importancia de esta mujer que mostró un gran amor a Cristo y que fue tan amada por Cristo y para resaltar la especial misión de esta mujer, ejemplo y modelo para toda mujer en la Iglesia”.
Ya no se hace ninguna referencia a los pecados de María Magdalena o a su condición de “penitente”, ni a ninguna de las demás características que le provendrían de ser erróneamente identificada con María de Betania, la hermana de Lázaro y Marta. La Iglesia ha considerado oportuno atenerse únicamente a los datos que provienen de los evangelios canónicos. Por ello, se considera que la identificación entre María Magdalena, María la hermana de Lázaro y la pecadora pública es una lamentable confusión que carece de fundamento bíblico.
El resto de su historia más allá de los evangelios hasta su muerte es legendaria. Algunos relatos la sitúan viviendo en Éfeso, con el apóstol Juan y la Virgen María hasta el final de su vida, y sus restos habrían sido llevados a Constantinopla. Otros dicen que, junto a Lázaro y Marta, se fue a Marsella, al sur de la actual Francia, donde vivió hasta su muerte. Se cuenta que ante su tumba se postraron cinco reyes: Felipe de Valois, rey de Francia; Alfonso IV rey de Aragón; Hugo IV, rey de Chipre; Juan I de Luxemburgo, rey de Bohemia y Roberto de Anjou, rey de Sicilia; y también que fue visitada por siete papas: Juan XXII, Benito XXIII, Clemente VI, Urbano V, Gregorio XI, Clemente VII y Benedicto XIII. Ω

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