El sueño

Por: Jesús Arencibia Lorenzo

Las diferencias nos complementan, nos enriquecen. Pero solo son beneficiosas cuando provienen de la natural diversidad, no de la distinción que artificialmente se erige sobre posesiones.
Las diferencias nos complementan, nos enriquecen. Pero solo son beneficiosas cuando provienen de la natural diversidad, no de la distinción que artificialmente se erige sobre posesiones.

Casi al final de su viaje, después de atravesar peligros descomunales para cumplir su sagrada misión, cuando estaba a punto de destruir el anillo maligno del poder, Frodo Bolsón, el hobbit, sintió que debía quedárselo. Entonces, gracias al mordisco de Sméagol (Gollum), el anillo y el dedo de Frodo fueron a dar a las entrañas hirvientes de la montaña del destino. Sin embargo, aquella perversa reliquia, que encumbraba a su dueño por encima de los demás seres, había ganado finalmente la apuesta a la bondad.
La magnífica parábola de la saga El Señor de los Anillos, de J.R.R. Tolkien, define como pocas la eterna batalla entre el ser y el tener, entre la asunción de la existencia como servicio a los otros y como dominio de ellos. Ningún ser humano, ni siquiera los gemelos homocigóticos, es idéntico a otro. Las diferencias nos complementan, nos enriquecen. Pero solo son beneficiosas cuando provienen de la natural diversidad, no de la distinción que artificialmente se erige sobre posesiones.
“Países en desarrollo es el nombre con que los expertos designan a los países arrollados por el desarrollo ajeno”, apuntó, con su mirilla teleirónica, el uruguayo Eduardo Galeano. Personas en desarrollo, valdría la paráfrasis, son aquellas que han servido de hombros y brazos al desarrollo ajeno.
Podrían citarse cifras, nombres, naciones… Pero es lo menos importante. Cada vez que el individuo deja crecer en sí el individualismo, muere el ángel que nos hace humanos, en la estricta comunión de la palabra. Y el sueño de igualdad, es decir, de iguales oportunidades para respirar, se aleja más en la noche de los tiempos.
La obsesión por tener, deslumbra; el brillo de lo fatuo, encandila, y este turbión apasionante entre dos llantos –la vida– se despeña entonces en la carrera sin fin de la diferenciación, que sobrepasa credos, regiones, militancias.
De tecnología es el arma que empuñan los menos para sojuzgar a los más; de tecnología, también, es el resquicio que encuentran los preteridos, para hacerse escuchar. La mano enguantada de precisión milimétrica que aprieta en una píldora las sustancias de la salvación, asimismo oprime, sin el menor remordimiento, el detonante de un explosivo.
Con prejuicios se cubren tantas y tantas inequidades. Hombre-Mujer, Blanco-Negro, Norteño-Sureño, Heterosexual-Homosexual, Rico-Pobre, Intelectual-Ignorante, Arriba-Abajo… la lista de dicotomías, tristemente polarizadas, pende sobre nuestras cabezas cada segundo. Y otra vez, el instinto animal de conservación olvida que en el otro extremo alienta de igual forma una esperanza, un sentido sublime más allá de los míseros fluidos corporales.
¿Adónde vamos si el pensamiento radica más en el estómago que en el cerebro? ¿Cuándo comprenderemos que las personas gramaticales no se reducen a la primera del singular? ¿Qué efímera sangre esta de los sueños, que no logra oxigenar las ideas de la hermandad?
José Martí, el Apóstol cubano, quería edificar una patria, que para él era sinónimo de humanidad, “con todos y para el bien de todos”. Allí la ley primera debía ser “el culto a la dignidad plena del hombre”.
Aún palpita, en el horizonte lejano, ese telúrico anhelo. Ω

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